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Una enfermedad moral Destacado

Las noticias frecuentes sobre corrupción se han convertido en materia de atención morbosa. Cada suceso es motivo de habladuría. Si el funcionario X dejó las arcas vacías, si el otro se fugó, o si el juez Y fue sobornado, etc. Esos son los temas públicos que atraen poderosamente nuestra atención.  
El tema de la corrupción permea la política. Aunque Maquiavelo hizo bien en distinguir entre ética y política, no es fácil desprender nuestras inclinaciones éticas de nuestras representaciones políticas. Por ejemplo, mucha gente juzga a López Obrador por su supuesta honestidad y no por sus cualidades políticas.
La honestidad es un valor moral. La honestidad no hace a alguien competente para gobernar o para dirigir a una comunidad, sin embargo, esta tendencia ilustra el hartazgo social con la corrupción. En la Encuesta Nacional de Corrupción y Cultura de la Legalidad de 2015 el 92  por ciento de la población opinaba que en México había corrupción y el 70 por ciento la identificaba entre los tres principales problemas de México.


La protesta social contra la corrupción, más que otra cosa, es la fuerza que puede propulsar a la presidencia a López Obrador. No es posible medir la corrupción, sin embargo, se le atribuyen dimensiones absolutas. Los ciudadanos perciben que la corrupción socava todas las esferas del sector público, que crea privilegios, que hace ricos a los poderosos, que va en aumento creciente y que no tiene solución.
Se sobreentiende, desde luego, que la democracia y la transparencia han dado mayor visibilidad a los problemas de corrupción y es posible, por lo mismo, que la proliferación de hechos delictivos de esta índole se explique por la mayor atención que reciben de los medios y por la creciente atención que éstos prestan a los órganos judiciales.  
Hay, desde luego, una dimensión mítica en la percepción popular de este cáncer social, pero eso no impide que domine el imaginario colectivo. No se trata, desde luego, de un problema simple. Según un autor la corrupción puede ser entendida como un intercambio clandestino entre dos mercados: el mercado político o administrativo y el mercado económico y social. Ese intercambio es oculto porque viola las normas legales y éticas y también porque sacrifica el interés general en aras de intereses privados (Marván et al, 2015).
Acusar a los políticos de corruptos es práctica frecuente entre personas que por regla tienden a culpar a los demás de los males que ocurren.  Ese es un recurso deleznable. La corrupción no es sólo un vicio que cunde entre los políticos, es también una enfermedad moral que afecta a los empresarios, a los comerciantes, a los trabajadores y, en general, a los ciudadanos de a pie. Sin embargo, el conformismo y la apatía nos inducen a caer en el estereotipo y a regocijarnos —sintiendo que estamos libres de toda culpa— cuando acaece un nuevo hecho de corrupción (6-05-2017). 

Gilberto Guevara Niebla
Profesor del Colegio de Pedagohttp://campusmilenio.mx/administrator/index.php?option=com_k2&view=item#gía de la UNAM; Consejero del INEE.

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