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Navegar o tuitear no es suficiente Destacado

Si usted es estudiante de la UNAM,  del Poli o de la UAM, es muy posible que no sea lector de esta columna. Más allá de lo mal o bien escrita, de lo interesante o  no que resulten los temas que aquí se tratan, me apoyo (justifico, sería mejor)  en una generalización para explicar el “desdén”: las actuales generaciones de estudiantes tienen otras preferencias en materia de lectura.
¿Vemos con frecuencia a jóvenes en un café leyendo un periódico, sea este el suplemento Campus de MILENIO un jueves por la mañana, o cualquier día de la semana algún otro diario?  No tengo datos específicos, pero MILENIO y un diario como La Jornada, tienen lectores maduros y muy politizados, por lo general de izquierda, críticos.


Pero a los jóvenes en su mayoría les cuesta mucho soltar el teléfono. Y eso si podemos verlo en un transporte, en una antesala. En todas partes.
Muchos coinciden que estamos ante un asunto generacional.  Nuestra generación (la que pomposamente llamamos del 68), respecto de las actuales, no tiene muchas cosas en común; las diferencias son muy notorias, en gustos, habilidades y, sobre todo, el entorno en que hemos crecido unos y otros, que tanto nos aleja en  los juicios de valor.
La globalización y los cambios en el mundo tienen  que ver, claro, pero lo cierto es que para nosotros tratar de abarcar y controlar los alcances del mundo de las tecnologías es un desafío. En el manejo de tantas aplicaciones y usarlas de manera óptima para que nos ahorren tiempo en la vida cotidiana,  necesitamos a un hijo que nos auxilie. Y los hijos no siempre están a la mano ni tienen porque estar.
Los jóvenes de hoy tienen esas habilidades intrínsecas y mayor tiempo disponible, lo cual les proporciona enormes ventajas. Puede ser que dichas destrezas las utilicen en cuestiones superfluas y no  profundicen como es debido en lo que pasa y se ocupen menos de las ideas.
Pero esas destrezas son importantes herramientas de ayuda en sus estudios y en su vida cotidiana. Para muchos jóvenes de hoy el inglés es ya prácticamente su segundo idioma.  A lo cual hay que añadir que su acceso a más información los ha vuelto más universales y menos inhibidos que los mexicanos de ayer.
A finales de siglo pasado, en una visita a Hamburgo, descubrí con enorme gusto y sorpresa que en la bella ciudad alemana vivían cerca de cuatrocientos mexicanos. Debí de suponer entonces que el fenómeno de la emigración iba a ser un fenómeno también mexicano. En la actualidad hijos de amigos míos trabajan y viven en Australia, en Chile y en Estados Unidos. Otros en Inglaterra y no se diga en España. El espíritu de aventura, la búsqueda de nuevos horizontes, el quitarse complejos y prejuicios, el saberse iguales a los otros jóvenes del mundo, son rasgos que los hacen diferentes a las generaciones del pasado.

Sin acento y con uv
Muchos profesores remarcan lo que aparentemente pueden ser una diferencia: la mala escritura o los errores ortográficos de algunos estudiantes de licenciatura, en los que revelan no solo esas fallas, sino la evidencia de que leen poco.
El fenómeno, sin embargo, es relativo y no se puede generalizar. A veces nos dejamos llevar mucho por el terrorismo periodístico de algunos medios con los resultados negativos de nuestros educandos de básica y media superior en el PISA y con la prueba Enlace. Pero hay que considerar que los estudiantes que cursan la licenciatura no son más del 35 por ciento de los jóvenes, a diferencia de los casi 80 que cursan bachillerato y casi 100 la enseñanza básica. Los que acceden a licenciatura son un grupo que podemos decir privilegiado y llegan con una mejor educación. Esto no quiere decir que el problema no recorra todos los niveles educativos, pero tendríamos que considerar otros factores que influyen en ello y que abordaremos en otra ocasión.  
No es tan válido o al menos se vuelve discutible la afirmación de que es contrario a su educación, que los jóvenes propendan al uso desmesurado de un buscador como Google para resolver dudas académicas o culturales. Nosotros mismos, al recurrir a Google o a otro motor de búsqueda, hemos comprobado que tiene otras ventajas; nos hemos dado cuenta que al escribir el nombre de  alguna ciudad en búsqueda de hoteles, además de que nos dará una lista larga y suficiente de ellos, sabremos también quien la gobierna, su historia, hechos recientes, etc. Sabremos más de lo que buscábamos, si queremos.  
Pongo el ejemplo contrario ya citado por otros: si en una reunión de jóvenes (y de adultos y viejos, ciertamente) se tiene una duda o se discute sobre algún hecho o un nombre, la discusión se acorta con un consulta en Google que tiene la respuesta. Asunto resuelto y fin de la discusión.  
Por es frecuente que se diga que las generaciones  de hoy leen y debaten menos.
A la mano  de los jóvenes (de adolescentes y niños), la red es muy aprovechable en muchos aspectos. Pero lo que a todos nos preocupa y nos atañe, es que la red está plagada de frivolidades y de información basura, de tal forma que la problemática alcanza temas como la pederastia, remite asimismo a páginas vandálicas y violentas,  lúdicas y consumistas,  que se ha probado generan efectos nocivos en la formación de las nuevas generaciones.
Hay muchas evidencias que revelan que la insolidaridad, el individualismo  y la falta de respeto a la ley, se deben  a la ofensiva cibernética y mediática que incentiva el consumismo, la importancia de las cosas, de lo material, del dinero.
No los culpo, pues, de que no lean esta columna o alguna otra. Fue una boutade para comentar que es lamentable que se ofusquen a causa del uso irracional de sus dispositivos, y de que lean menos libros de los que podrían leer para ayudarlos a formarse como personas igualitarias y  generosas,  como ciudadanos autónomos y del mundo, que como nunca en la historia, tienen al alcance de su mano.  

Posdata uno. Siempre que  llegamos a este punto, es normal que insistamos en la necesidad de una buena educación. No obstante, es muy de los posmodernos menospreciar su importancia social y política. Esta posición —o como quiera llamarla— solo ayuda  a aquellos que persisten en mantenerla a la deriva, y por supuesto que me  refiero a gobernadores negligentes y a grupos irresponsables como la CNTE.  

Posdata dos. Tal vez lo siguiente sirva para matizar algunos de mis juicios al principio de este texto expresados: en los sepelios de Gabriel García Márquez, de Carlos Monsiváis, de José Emilio Pacheco y de Carlos Fuentes, pudimos ver en las largas filas para despedirlos, que jóvenes y adultos compartían su tristeza agradecida.

Posdata tres. Ian McEwan es uno de los escritores ingleses más solventes. No es un hombre joven, tiene 68 años, pero en una entrevista para El País Semanal, nos da otra pista a propósito del abuso del teléfono, cuando se le pregunta —¿Qué pide como lector?  
“Estamos muy distraídos. Consultamos el móvil una media de 120 veces al día, y una novela requiere tiempo. Hay una tendencia a pensar que si estás leyendo un libro es que no tienes nada que hacer. Como lector busco autoridad: si lees la primera página, casi de inmediato puedes saber si estás en buenas manos. La inteligencia es clave. No solo la imaginación. Me gusta leer a alguien preparado para decir algo sobre el mundo”.
El  teléfono celular es un distractor. Está claro que en esta apreciación tampoco tenemos diferencias. 

Jorge Medina Viedas

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