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Lectura y pasión crítica por la universidad Destacado

En su libro Pasión crítica por la universidad (Universidad Autónoma de Sinaloa, 2015), Jorge Medina Viedas, director de Campus, aborda en más de un ensayo temas relacionados con el libro y la lectura, tales como el libro y la universidad; la universidad, el libro y el humanismo, y el falso dilema de “leer o no leer”, entre otros. Debo decir que, en nuestras conversaciones, Jorge y yo hemos llegado a la inevitable conclusión de que así como las tabernas no pueden existir sin bebedores, las universidades no pueden existir (y no tienen razón de ser) sin lectores.


Esta conclusión a la que, seguramente, debió llegar muchísimo antes que nosotros ese filósofo popular dueño del sentido común llamado Perogrullo, se refleja a lo largo de su libro, pero especialmente en algunos ensayos donde aborda el tema de una manera directa y radical, justo como es necesario abordarlo ante la realidad, innegable, de que el analfabetismo funcional es hoy también asunto (y, desgraciadamente, peculiaridad) de universitarios.
Retomo algunos momentos significativos de la reflexión de Medina Viedas en este libro. En su ensayo “El libro y la universidad” leemos: “Siempre he creído en la lectura como el acto de conciencia más revelador y extraordinario. En un texto se encuentra la vida como es, pero también como se la imagina y algunas veces como la desea. [...] Siempre he creído, además, que buena parte de la ausencia de civilidad política, la falta de respeto a las normas de convivencia, el histórico desapego a la legalidad de muchos ciudadanos, así como los comportamientos abominables de nuestras élites, obedecen a la falta de educación y de lectura”.
Ni más ni menos. Su aserto posee verdad aforística. Y aquí cabe insistir, encima de la insistencia, en lo que más de una vez hemos traído a cuento en estas páginas de Campus. Debemos saber que leer no es únicamente decodificar un texto. Leer a fondo es cuestionar lo que leemos, y disfrutar también el aprendizaje, a la manera de un diálogo socrático con el libro y con el autor. Y es importante también, importantísimo, lo que se lee y cómo se lee. No es lo mismo leer un cómic elemental que leer a Homero o a Shakespeare.
Si un universitario se conforma, digamos, con El Libro Vaquero, la universidad y toda la escolarización que le precedió se derrumban bajo el peso de un terrible lastre, porque evidencian que fueron insuficientes sus recursos para educar, esto es para transformar el espíritu, para ampliar y agudizar el intelecto. En el mejor de los casos, la escuela y la universidad tan solo escolarizaron; en el peor, hubo indolencia y timo. Indolencia del estudiante; timo del sistema educativo. A veces, ambas cosas.
No sería extraño que alguien crea que, cuando nos referimos a un universitario que tiene como lectura preferida el cómic popular, estemos haciendo una extrapolación hipotética y atípica. Sin embargo, lamentamos decir que no es un caso hipotético y suele no ser atípico. Existe un caso real, plenamente documentado. Si el ingeniero agrónomo Jaime Heliodoro Rodríguez Calderón, gobernador de Nuevo León, se enorgullece al mencionar como su “libro favorito” ese cómic que ni siquiera es un libro, la educación universitaria deviene en un desperdicio. Que no le hablen a él de Kant ni de Schopenhauer, ni de Platón ni mucho menos de Aristóteles; que tampoco le hablen de Rulfo ni de Alfonso Reyes. Para él lo más alto en emoción y en inteligencia es El Libro Vaquero. Es el gobernador de Nuevo León, que antes fue presidente municipal, y ahora quiere ser Presidente de la República. Así están las cosas.
¿Censuramos, acaso, a los lectores poco alfabetizados, sin acceso a la gran cultura y que no pasaron por la universidad, por el hecho de que sean lectores asiduos de El Libro Vaquero? No, de ningún modo, porque entendemos sus contextos sociales, económicos y culturales, y en todo caso más bien lamentamos que esos lectores poco alfabetizados y casi no escolarizados hayan carecido de los horizontes que la cultura y la educación superior les hubiesen brindado. Lo que sí es necesario cuestionar es que un gobernador, que pasó por la universidad, que se graduó en ella, evidencie que la educación universitaria haya sido un fracaso con él.
Pero también con otros muchos. No nos engañemos. ¿Qué función debe cumplir la universidad? Medina Viedas responde a esta pregunta de modo enfático en su ensayo “La universidad, el libro y el humanismo”. Sostiene: “La universidad cumple la función de racionalizar el conocimiento; tiene una misión civilizadora y desempeña el papel de formadora de individuos pensantes y progresistas y de constructora de proyectos que abran horizontes de justicia y progreso a la sociedad”.
En “Leer o no leer no es el dilema”, Jorge Medina Viedas formula las siguientes preguntas: “¿Se puede gobernar a México sin haber leído los libros fundamentales de la historia nacional? ¿Se puede gobernar sin haber leído mínimamente unos cuantos clásicos de la literatura y la historia nacional?”. Las preguntas tienen una deliberada intención retórica. No hay, por supuesto, ingenuidad en ellas. Ya sabemos (y el autor lo sabe) que se puede gobernar éste y otros países sin que el gobernante en turno haya leído siquiera lo que pudiese darle una cultura media o al menos epidérmica.
Entre los políticos y gobernantes (aunque haya habido algunos grandes lectores como Churchill y Václav Havel), leer o no leer no es el dilema, sino gobernar mal o gobernar bien. Y tendríamos que admitir que puede haber buenos gobernantes no muy lectores, pero lo más frecuente es hallar malos y pésimos gobernantes que, además, son malos, pésimos o nulos lectores, incluso si se graduaron con honores en la universidad. El fracaso es doble: no se hicieron buenos lectores y sí, en cambio, se convirtieron en malos gobernantes. Habrá quien diga que ni los mejores libros hacen necesariamente buenos gobernantes. Es probable, pero lo que no admite duda es que los mejores libros, leídos a fondo, comprendidos, asimilados, integrados al espíritu, no harán jamás peores gobernantes.
Medina Viedas, lector, lo tiene perfectamente claro: “Los libros, la lectura —no cualquier libro, no cualquier lectura— son importantes para todos, pero para los políticos más. Se argumenta en favor de la lectura no sólo por el placer estético o por la alegría que nos puede proporcionar la imaginación o la inteligencia de los autores, sino porque, además, a través de ellos se pueden encontrar el pensamiento, las ideas, las historias, la información que a los políticos les permite tomar decisiones que van a afectar a millones de seres humanos”.
Esta es la razón principal para que los políticos sean lectores, y no de cualquier libro, no de cualquier cosa, sino de los libros que han abierto brecha en medio de la ignorancia para situar, por encima de cualquier juicio o prejuicio, la inteligencia, el saber, el conocimiento, que son las cosas que mueven a la universidad o que, en todo caso, aunque a algunos se les olvide, deberían moverla. Si esos que toman decisiones que afectan a millones de personas creen que bastan y sobran los cómics populares para enriquecer sus capacidades intelectuales, no hubiera sido necesario que pasaran por la universidad, y si pasaron por ella y siguen creyendo que los cómics son más que suficiente alimento espiritual y reto intelectual, entonces casi todo está perdido.

¿Garantía de civilización?
Viene a mi mente el razonamiento de un personaje en un espléndido relato de Chéjov. Se trata de una argumentación lógica y congruente para evitar que dos individuos obren de manera irracional, dejándose llevar por impulsos reptilianos en un duelo de “honor” ocasionado por alguna insignificancia. Les dice el mediador: “Son ustedes personas instruidas, salidas de la Universidad, y con toda seguridad, no ven ustedes en el duelo más que una vana formalidad caducada”. Y, sin embargo, este razonamiento, que pone como elemento central la inteligencia que debe adquirirse en la formación universitaria, no evita que uno de ellos, de profesión zoólogo, se empeñe en llevar el duelo hasta las últimas consecuencias pese a que su adversario le haya expresado lo siguiente: “No tengo resentimiento alguno contra Nicolás Vassilich. Si se siente ofendido conmigo, estoy dispuesto a presentarle mis excusas”.
Desde las épocas más lejanas de la universidad (hay algunas no centenarias sino milenarias como la de Bolonia, Oxford y París), la formación universitaria se entendía como garantía de civilización, inteligencia, sensibilidad y tendencia al bien común. Hoy este principio está en crisis, y lo está desde hace muchos años, en todo el mundo. Y esta crisis se debe en gran medida al desprestigio del libro cultural y del pensamiento, frente al ocio banal, la trivialidad como principio y el consumismo y la comodidad como ideales de vida. También por supuesto a la falta de escrúpulos, consustancial a la ausencia de ética.
Queda claro en el libro de Medina Viedas que la universidad en crisis tiene que ser rescatada por los universitarios, pero no por cierto por los universitarios que se han alejado de la formación humanista (que confieren el libro y el sólido desarrollo intelectual) y del compromiso social (es decir la tendencia al bien común), sino por aquellos universitarios (estudiantes y docentes) que devuelvan a la universidad su categoría de ámbito transformador frente a los que creen, y asumen, con una lógica fundada en el cinismo, que “sin leer se puede tener dinero y ser presidente de un país”. Bajo esta lógica, lamenta Medina Viedas, es obvio que no tiene sentido perder el tiempo en la lectura de los grandes espíritus, en tanto los demás, sin leer, triunfan y hacen dinero, sean universitarios o no.
Que Charles de Gaulle, para gobernar, tuviera entre sus libros de cabecera las obras de Chateaubriand parece hoy una ridícula anomalía, porque los gobernantes, en una enorme proporción universitarios, leen si acaso cómics y novelitas de entretenimiento, y tienen como guías espirituales e intelectuales a los gurús del liderazgo, la ganancia económica, la “superación personal” y la “autoayuda”, las adaptaciones oportunistas y chapuceras de El arte de la guerra, de Sun Tzu, entre otras “maravillas” como ¿Quién se ha llevado mi queso?, sin la menor noción de la existencia de Marco Aurelio, el emperador pensador que dijo: “Lo que no es conveniente para la colmena, tampoco lo es para la abeja”; “El fin para los seres racionales es seguir la razón y la ley de la ciudad y de la más venerable ciudadanía”.
Si un borracho es un hombre que bebe en exceso, un universitario tendría que ser alguien que lee, y no por fuerza excesivamente, pero sí alguien que lee siempre, y que tiene al libro por compañero, no nada más para pasar el rato (aunque con los libros se pueden pasar muy buenos ratos), no nada más pasar exámenes (aunque los libros ayuden a ello), no nada más para formar currículum (aunque haya mucha gente con más currículum que libros leídos), sino porque el libro es la base de la universidad, del conocimiento que transmite la universidad, del saber que debe cultivar la universidad en quienes pueblan sus aulas. Un universitario sin lecturas importantes es la mayor incongruencia de la universidad.
Aquí debemos recordar a Juan José Arreola, escritor y educador autodidacto, profesor universitario que una vez dijo, con entera razón, que la universidad podía ser el mejor lugar para educarnos o, en su defecto, el mejor sitio para la holganza. Es verdad. Hay quienes salen de la universidad sin que se note en ellos algo que evidencie que son universitarios, y no porque la evidencia tenga que ser un libro en sus manos, sino porque incluso si llevaran el libro podrían pasar por vendedores de él y no por lectores. Tal es el drama de una escolarización (incluida la universitaria) cada vez más refractaria al libro cultural.
No cualquier libro, no cualquier lectura, no cualquier autor, insiste Medina Viedas en Pasión crítica por la universidad. Que las masas poco alfabetizadas (con las que el Estado tiene una gigantesca deuda de siglos) lean cualquier cosa, entre ellas El Libro Vaquero y el Sensacional de Traileros, se comprende, porque nuestro deber es entender, analizar la realidad. Pero que los universitarios, que incluso gobiernan en este país, se enorgullezcan de sus falencias y sus carencias intelectuales es casi como decir que Vasconcelos y Torres Bodet nunca existieron y son tan solo fantasías o fantasmas en una historia cultural y educativa de la que no tiene ni la más remota idea gente que, en México, es universitaria gracias a que Vasconcelos y Torres Bodet existieron.

El lujo de leer
Una buena parte de su libro Pasión crítica por la universidad, en las penúltimas páginas, las dedica Medina Viedas al “lujo” de la gran lectura, pues un lujo es lo que todavía no se convierte en un derecho común, en un bien para todos. La gran lectura es justamente aquella de los grandes libros, de los grandes autores con los que dialoga de manera natural un universitario; un universitario que, además, gracias a ese “diálogo con los hombres más honrados” (para decirlo con una feliz frase de Rosario Castellanos), advierte que lo peor que hoy vivimos en una sociedad deseducada e iletrada “delata el vacío espiritual y cultural de nuestros jóvenes, adultos y viejos, y la gran derrota de nuestro sistema educativo frente a una televisión que patrocina las modas impuestas por una modernidad engañosa y pueril, y que quiere a la gente viviendo eternamente en la minoría de edad”.
Efectivamente, puerilidad y adultescencia caracterizan hoy a la sociedad del consumismo que Vargas Llosa ha identificado como “la civilización del espectáculo”. En el libro que lleva justamente este título (La civilización del espectáculo), su autor se pregunta y a la vez responde: “¿Qué quiere decir civilización del espectáculo? La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo”.
Esta “civilización del espectáculo” afecta también a la cultura y a la educación, conduciendo todo al “ideal” de pasar el tiempo “divertidamente”. Las humanidades se han depauperado en todo el mundo, pero más aún en los países más pobres donde jamás fueron sólidos bastiones. Explica Vargas Llosa: “No es por eso extraño que la literatura de nuestra época sea la literatura light, leve, ligera, fácil, una literatura que sin el menor rubor se propone ante todo y sobre todo (y casi exclusivamente) divertir. Atención, no condeno ni mucho menos a los autores de esa literatura entretenida pues hay, entre ellos, pese a la levedad de sus textos, verdaderos talentos. [Pero] si en nuestra época es raro que se emprendan aventuras literarias tan osadas como las de Joyce, Virginia Woolf, Rilke o Borges no es solamente en razón de los escritores; lo es, también, porque la cultura en la que vivimos inmersos no propicia, más bien desalienta, esos esfuerzos denodados que culminan en obras que exigen del lector una concentración intelectual casi tan intensa como la que las hizo posibles. Los lectores de hoy quieren libros fáciles, que los entretengan, y esa demanda ejerce una presión que se vuelve poderoso incentivo para los creadores”.
Tal es el diagnóstico de nuestro mal. Lo peor es que muchos de esos lectores y de esos autores de literatura banal, de simple entretenimiento, de diversión como ideal absoluto, de facilismo como exigencia y de producto comercial por excelencia, sean justamente universitarios, no sólo satisfechos, sino también orgullosísimos, felices en extremo de lo que leen y escriben, o de lo que dejan de leer, sin haberse topado jamás con Balzac, Chéjov, Baudelaire, Tolstói, Flaubert, Faulkner, Pessoa, Benjamin, Wittgenstein, Russell, Whitman y tantos más cuyos nombres parecen estar escritos sobre tumbas vacías. 

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Laberinto Ediciones, 2015), Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos
y escribimos en español (Ediciones B, 2016) y El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016).

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