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Recordando a Marcelino Destacado

Un joven Marcelino Perelló durante un discurso pronunciado por Heberto Castillo. Un joven Marcelino Perelló durante un discurso pronunciado por Heberto Castillo. Especial

La vida de las figuras públicas casi nunca se acomoda a las imágenes que la gente construye sobre ellas y, en estos tiempos de redes, los prejuicios, las descalificaciones y los linchamientos mediáticos son casi inevitables. Estas premisas valen para recordar las críticas que recibió Marcelino Perelló en el momento de su muerte. Algunas de esas críticas, no lo pongo en duda, pueden tener fundamento, pero pierden de vista lo que fue, en su conjunto, la existencia de Marcelino. No puedo en estas líneas ofrecer su biografía, pero trataré de evocar algunos episodios que compartí con él durante nuestros años estudiantiles.


Me encontré con él en el seno del Nuevo Grupo, asociación estudiantil que organizaba eventos académicos y culturales en la facultad de Ciencias (UNAM). Perelló destacaba por su presencia física (era alto), por la inteligencia de sus planteamientos (rompía esquemas) y por su voz engolada y varonil. Una vez que hicimos amistad, me enteré de algunas circunstancias decisivas en su vida (fue hijo de un anarquista catalán, sufrió un accidente a los 16 años que le dañó los pies, pasó varios años en una librería de sus padres —circunstancia que aprovechó para leer todo tipo de literatura).
Era, en cierto sentido, muy español, aunque él se decía catalán (siempre simpatizó con el nacionalismo catalán). En nuestras reuniones, cantaba tonadas célebres de la guerra civil española, como el himno del Frente Popular:
Hoy como ser humano
El hombre lo que quiere es su pan
Las habladurías le bastan ya
Pues éstas nada le dan
Pues, un dos tres… etc.
Era muy alegre, sonreía casi siempre y te observaba con atención meticulosa. Si descubría un ángulo débil de tu persona, de manera natural salía su boca una ironía o una broma. Aunque Marcelo era un animal político, en el sentido de que la política le incumbía esencialmente, no se adhería con seriedad a ninguna ideología (ni al marxismo) aunque insistía en que sus posiciones de fondo eran anarquistas. Yo no le creía, aunque en su vida personal era un auténtico anarco, en el sentido vulgar del término, es decir, no le importaba para nada su vestimenta, despreciaba los bienes materiales, se dejaba el pelo largo, carecía de aprehensión por las normas —tanto jurídicas como morales—y descuidaba su salud física a veces hasta extremos que alarmaban a sus amigos. Pero tenía ciertas ideas fijas: por ejemplo, defendía hasta la testarudez el nacionalismo catalán.
Un rasgo virtuoso de Marcelo era su extraordinaria capacidad para contar chistes. En nuestras reuniones, a veces pasábamos horas escuchándolo pues su repertorio era inagotable. Recuerdo un “clásico” de Marcelino donde narraba el desarrollo de una regata en la bahía de La Habana y, al final de la competencia, el ganador de la regata cruzaba la meta, pero no se detenía y seguía y seguía navegando hasta que, de repente, el coordinador de la regata se daba cuenta de lo que verdaderamente ocurría y comenzaba a gritar:
—¡Deténganlo! ¡Deténganlo! ¡Que se va para Miami!
Cuando estalló el movimiento estudiantil Marcelino fue elegido naturalmente como miembro del comité de huelga de nuestra facultad. Pero algo nos separó: yo decidí abandonar la Juventud Comunista y él, en cambio, decidió permanecer en esa organización. En los primeros días del movimiento, al parecer por problemas personales, Marcelino estuvo un poco distante del movimiento, pero, cuando se incorporó de lleno, de inmediato, sobresalió entre los miembros del Consejo Nacional de Huelga. No obstante, sus problemas de salud, en 1968 tuvo un papel decoroso y digno: fue uno de los principales líderes del movimiento; por eso mismo sufrió persecución y se vio obligado a abandonar el país.
Mi amistad con Marcelino fue muy estrecha antes de 1968, una relación que duró años y en la cual compartimos muchas cosas. Pero las querellas, a veces absurdas —pero muy serias—, del movimiento estudiantil nos separaron y en esos pleitos descubrí un aspecto de su personalidad que durante años había permanecido oculto: sus accesos de odio. Eran arranques de furia que lo obnubilaban y le llevaban a precipitar sus decisiones. Perdía toda objetividad. Su alegría y su sentido del humor eclipsaban cuando el caía en esos arrebatos.
Marcelino, en realidad no necesita defensa alguna. Él nunca gustó de depender de los otros, la autonomía era rasgo esencial de su personalidad, era un hombre tan libre que frecuentemente, al hablar, desafiaba las convenciones, los usos y costumbres. Nunca escuché su programa de radio, pero puedo imaginarme su evolución como comentarista. Seguro lo disfruto mucho. Él amaba las palabras, el lenguaje y gustaba mucho de desafiar al interlocutor —en este caso anónimo—, de sorprenderlo y, si se podía, escandalizarlo.  En ese afán, no lo dudo, Marcelino no tuvo recato de acercarse una y otra vez con osadía a la frontera que linda entre la decencia y la obscenidad.   

Gilberto Guevara Niebla
Profesor del Colegio de Pedagohttp://campusmilenio.mx/administrator/index.php?option=com_k2&view=item#gía de la UNAM; Consejero del INEE.

Modificado por última vez enJueves, 10 Agosto 2017 01:28
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