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Adiós a Marcelino Destacado

Un hombre con una mentalidad diferente, siempre transmitió una enorme energía vital. Un hombre con una mentalidad diferente, siempre transmitió una enorme energía vital. Especial

Eran los días previos a la marcha del silencio del 13 de septiembre de 1968. La Facultad de Ciencias de la UNAM, situada prácticamente en el corazón de Ciudad Universitaria, era uno de los principales centros de operaciones del movimiento estudiantil que en aquella etapa vivía horas cruciales. Estudiantes y profesores iban y venían por sus pasillos y las oficinas eran dormitorios de los dirigentes y de muchos de los activistas.
Las mesas de la cafetería de la Facultad se veían ocupadas por jóvenes, hombres y mujeres a la moda de entonces, ellos con el pelo largo, fumando frenéticamente; ellas, delgadas, algo desaliñadas en su guapura natural de la juventud; en el conjunto de voces dispersas se alcanzaban a escuchar debates sobre las “líneas políticas” que debía seguir el movimiento, las anécdotas que los brigadistas vivían en las calles y los enfrentamientos con la policía.
Los días grises y lluviosos de agosto y septiembre, combinados con otros de transparente luminosidad, hacían que Ciudad Universitaria luciera mayestática. La belleza de los edificios, las “islas”, las zonas pedregosas, el estadio Olímpico, la biblioteca, la torre de rectoría provocaban un efecto especial.


En las facultades, en los auditorios, en las cafeterías las voces de los estudiantes del movimiento se escuchan como un coro afinado; son las notas perfectas en el pentagrama de una generación en rebeldía, en el orden deseado de un momento único que cada uno encarna y está dispuesto a vivirlo en toda su intensidad. Es la armonía metafísica de una generación en la edad perfecta para la fusión de la inocencia y la pasión sincera, la edad del revolucionario animado por la creencia compartida de cambiar el país, el mundo.
En una de las oficinas ocupadas por los estudiantes desde que empezó el movimiento, detrás de un mostrador, sentado en el sillón de un escritorio secretarial, que supongo era la dirección de la Facultad, descubrí a Marcelino Perelló. Veinteañero, delgado, blanco su rostro, su nariz aguileña, la mirada chispeante, escribía con lápiz sobre una hoja de papel. Redactaba un volante dirigido a los pobladores de Topilejo adonde iría más tarde una brigada estudiantil. Rodeado de estudiantes, divertido, lo leía en voz alta conforme lo iba escribiendo. Lo recitaba como una arenga, su voz clara, fuerte. De lejos se notaba que era un líder.  

Vitalidad y coraje
A Marcelino lo vi siempre como un hombre feliz. Lo fue a pesar de no haber tenido la infancia como la mayoría. De adolescente sufrió un grave accidente, y la secuela lo hizo pasar semanas, hasta meses, en cama. En varios momentos de su vida, tuvo que usar muletas y andar en silla de ruedas.
No obstante, poco hablaba de ello. Sólo sus íntimos como Raúl Moreno Wonchee, Joel Ortega o Felix Goded, sabían de sus dolencias.
Pero ellos como yo, no lo vimos quejarse nunca. Al contrario: irradiaba alegría y coraje.
Así lo vi siempre, así trabé amistad con él en Barcelona, en un viaje en el que acompañé a Félix Goded en 1980. No recuerdo si ya entonces le hice la invitación para que regresara a México, concretamente a la Universidad de Sinaloa. Varios años después ese sería su destino de regreso. Los grupos de izquierda lo esperaban con ansia. Sus viejos amigos comunistas custodiaban el aeropuerto de la capital. Querían  incorporarlo pronto al partido. No se dejó atrapar. Venía más libertario que nunca. Habían pasado casi tres lustros después de su fuga rocambolesca hacia Europa, volando desde los Estados Unidos, habiendo salido de México por la frontera estadounidense con otra identidad, con el pasaporte de Eduardo Blastein.
Desde 1968, con Marcelino Perelló y con otros dirigentes de aquel movimiento estudiantil, establecí una especie de relación icónica, cuya única deriva podía ser una admiración acrítica.
En una velada sobria en su apartamento de Barcelona en el que Félix Goded y yo nos amanecimos hablando con él del movimiento mexicano, descubrí mucho de lo que había sido la esencia de éste, nos llevó a las partes ignotas del movimiento; lo más importante para mí aquella noche, fue que también descubrí al mismo Marcelino, al catalanista irredento. Habían pasado doce años del 68 en aquel momento de la plática de duermevela. Para los que vivimos esa etapa, eran pocos.  No doy detalles de la conversación, pero esa noche me convencí de que detrás de su visión sobre muchos hechos del 68, discutibles o no, había un ser humano con una mentalidad diferente, uno de esos seres en los que cabe el heroísmo humanitario, extravagantes, capaces de provocar entusiasmo en sus amigos o en sus alumnos y seguidores, como lo demostró siempre.
Marcelino, divulgador científico y escritor brillante, políglota, transmitía una energía vital. Esa noche de Barcelona no me convenció. Me embrujó.
Fueron muchos años de amistad, con lagunas de alejamiento, nunca de distanciamiento. Con Marcelino eran difíciles los encuentros. Había que pactarlos con mucha anticipación y bajo determinadas condiciones. Y los encuentros eran a tope y había que atenerse a que terminarían a altas horas de la noche. Sin términos medios. Se hablaba con él como si hubiéramos hablado un día anterior y sin agenda. No lo recuerdo haciendo nostalgia del pasado. Con los años, tengo la impresión de que se volvió más tolerante con sus críticos y con sus adversarios políticos. Supo siempre de mi amistad con Gilberto Guevara Niebla y jamás me hizo un comentario adverso. Estoy seguro que no lo hacía con nadie.
Eso sí, no le agradaban algunos de los intelectuales mexicanos. Los tildaba de frívolos. Y no a cualquiera de ellos. Abría un libro de Octavio Paz al azar y demolía la frase escogida. En una entrevista en 1985, le dijo a la periodista Nidia Marín que Paz y Fuentes eran “Judas de semana santa”. Eran pirotecnia literaria, afirmaba provocador.
Para Marcelino su vida fue el movimiento de 1968, del cual hablaba menos de lo que verdaderamente le significó.  
Mi respeto, admiración y afecto por él no varió nunca. Cuando supe de su enfermedad tuve temor de enfrentarme con él. No por Marcelino sino por mí, puesto que él era un ser humano incapaz de sentir miedo a la muerte. Como Ravelstein, el personaje de Saúl Below, seguramente diría que “No hay nada más burgués que la muerte”.

Jorge Medina Viedas

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