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Viaje a todas partes con Marcelino Destacado

Viaje a todas partes con Marcelino Octavio Hoyos

La mañana del domingo 6 de agosto, estaba ensimismado. La semana había sido casi de encierro y mi estado era una fuga subconsciente.
Estaba ausente, afectado por una “ansiedad extraña”.  
Repentinamente recordé que tenía una cita con Marcelino Perelló. Me emocioné.  Pero casi enseguida volví a la realidad, sentí el golpe de su muerte.
El día anterior, el mensaje de Rito Terán había sido estremecedor: “con enorme pesar....”.


Habían pasado mis horas de incredulidad, mi pasmo del miedo a la verdad, como cuando las muertes de Colosio, de Monsiváis, de Fausto Burgueño, de Liberato Terán, de Eduardo Franco, de amigos que dieron mucho a la vida de los demás, vidas dignas, almas buenas, arrebatadas a este mundo tan invadido de seres perversos.  
A partir de ese momento no fui capaz de pensar en otra cosa. Los recuerdos se me atropellaban. Lo veía en Barcelona, lo recordé presidiendo una conferencia de prensa en 1968 (¿o era una foto?); saliendo de la puerta del avión la noche que regresó a México después de su auto exilio; lo recordé en sus apartamentos de México, Culiacán, Barcelona, siempre rodeado de amigos; en las largas conversaciones en mis casas de México, Culiacán, en comidas y cenas en decenas de restaurantes; nuestras entrevistas para Campus; otra vez cuando me escribió una opinión para mi tesis doctoral.
Marcelino, un amigo, un ser irrepetible.
Pero esa mañana que desperté, repito, estaba ausente, Hasta el momento en que me acordé de la cita con Marcelino. Sí, la cita era cierta. Con su cuerpo yacente, más no con su espíritu. De algún modo estaba equivocado. En la funeraria, Marcelino estaba rodeado de amigos. Recibía su calor, su amistad, su amor. Ahí, Mercedes su hermana y Verónica Pérez, su inconsolable pareja, cargaban con tristeza su partida; Joel Ortega, Rito Terán, Chela y Cristina Gómez, Raúl Moreno, Edgar Morales,  Manuel Morales, Gerardo Estrada, Marcos Gutiérrez, Rafael Pérez Pascual, muchos están ahí. La llegada de Carlos Marín atrajo las miradas; había estado el periodista Carlos Puig, sobrino de Marcelino.
Tal vez sea incorrecto decir que los que estábamos ahí lo evocábamos sin pensar en que había muerto. Es común que eso pase. La gente en los sepelios ríe o habla de muchas cosas ajenas a la razón de su presencia ahí. Tal vez eso sea lo normal.
Pero cuando Marcia Gutiérrez, delegada de Odontología al Consejo Nacional de Huelga, frente al féretro empezó a hablar del movimiento y de lo que había sido para ella la experiencia de escuchar a Marcelino —y a Guevara, dijo— en las asambleas, pensé en por qué estábamos ahí y por qué no podíamos hablar más que de Marcelino.
Las consecuencias de todo lo que había provocado en México el movimiento de 1968 tenía que ver con el hombre que estaba dentro de ése féretro.

Rito Terán Olguín lee una carta
Como si lo hiciera en nombre de él y de su hermano Liberato,  Rito Terán, leyó una carta después de Marcia.  
Otra vez ya estábamos sumergidos en ese túnel del tiempo del que no puede o no quiere salir toda una generación.  
“Querido Marcelino:
“Te conocimos hace 50 años, cuando en enero de 1967 mi hermano  Liberato y yo asistimos a Ciudad Universitaria para participar en aquel seminario por la democratización de la enseñanza, organizado por la CNED.
“Desde entonces la amistad y la camaradería entre nosotros creció siempre…
Nunca tuvimos dudas; el histórico movimiento de 1968 del que fuimos parte, nos confirmó tu genialidad y las propuestas atrevidas y visionarias en aquellas jornadas de fiesta y rebeldía. Te convertiste en el ícono de aquel gran movimiento; y como bien  lo dicen mis hijos, herederos de aquellos sueños libertarios:  ¡En el máximo líder del movimiento del 68!, pésele a quien le pese!
“Son esas imágenes y esa personalidad las que perdurarán, por sobre las pequeñeces y las infamias esparcidas por algunos.
“Los camaradas y amigos que te acompañamos siempre, guardaremos tu inclaudicable tesón de lucha libertaria, de generosidad y solidaridad plenas, de lo que significa vivir intensamente la vida, sea esta larga o corta, como afirmabas, pero siempre con congruencia y honestidad.
…quienes tuvimos el privilegio de conocerte y acompañarte en el camino, te despedimos con banderas rojas y exclamamos:¡Hasta siempre camarada!”

Es Joel quien lo dijo: “Marcelino, Messi del 68”
Marcelino es imposible resumirlo en una cuantas palabras, dice Joel, a quien Mercedes Perelló  le interrumpe: “Joel, no se nos olvida que  tú, hace ocho años, le salvaste la vida  a Marcelino y te hiciste de cargo de todo”.
Joel habla de las facetas de su amigo por más de cincuenta años: “una la tengo aquí, (Joel apunta al féretro cubierto por la bandera catalana). Su catalanismo era de una fortaleza inmensa, a veces sorprendente, Marcelino no era inteligente, era algo que no se puede ocultar, era un genio, un hombre de una cultura enciclopédica, recitaba a Baudelaire, hablaba, catalán, inglés, portugués, francés, italiano, rumano, y se expresaba con la misma habilidad que lo hacía en castellano.
“Esa combinación de talento, de rebeldía, de creatividad, se reflejó en el movimiento de 1968. Es, y esto se lo dije la última vez que hablé con él —y ahora sí se puede decir, tristemente, “la última vez”, eres el Messi del 68. Eso sí, dejó una deuda: el libro del 68 que debió escribir”.
Al referirse a los críticos de Marcelino, Joel dijo de los “los enanos del tapanco que no le llegan ni a las botas”, que era lamentable la actitud de la prensa, salvo las excepciones de Milenio y Excélsior, pero es actitud tiene que ver con cómo era Marcelino, era una “ave de las tempestades”, él no podía ser alguien desapercibido. O lo amabas o lo odiabas, y por eso generaba ese torbellino de pasiones y emociones; y era un hombre complejo.
“Otra cosa que me asombró fue su fuerza física, Como a pesar del accidente, que es lo que finalmente lo llevó a dónde está,  jamás utilizó eso para pedir  clemencia.
A Marcelino no lo podrá suplantar nadie, ni en mi vida,  ni de la vida de los que  estamos aquí.
Al final Joel exclama, vibrante, alterado: “¡Ya Marcelo, esperamos para seguir conversando allá¡”

Celada a un hombre bueno: Raúl Moreno
“Tengo un par de cosas que decir”. Es Raul Moreno Wonchee el que habla ahora. “Marcelino nació, vivió y murió de madrugada, en los momentos en que las buenas almas, las buenas conciencias descansan para levantarse para despertarse al otro día a cometer canalladas. Él velaba sus noches haciendo alarde de su genio y de su generosidad porque nos lo daba, no los ofrecía todos los días, en sus artículos de Excélsior en sus conversaciones.  En los berrinches en las noches que pasábamos discutiendo. Ese hombre excepcional ha muerto, fue quien nos guio a una generación entera, a esa generación que tenemos una deuda enorme con este país; él fue quien mejor la pagó con su trabajo, con su tesón indeclinable de luchar por la justicia; era un hombre justo, sabio, bueno, yo no conozco a nadie que se pueda quejar de que Marcelino le hizo un mal; era un hombre profundamente bueno; y en eso basaba la razón de la convivencia, su visión de la vida, de la muerte. Marcelino murió plenamente consciente; él hacía alarde eso, de ser un hombre absolutamente consciente.
“Vivió un momento muy difícil en los últimos tiempos. Fue víctima de una injustica mayúscula, de una celada que le pusieron y lo atropellaron, lo incordiaron con mucha gente que lo quería y, sobre todo lo contrapuntearon con la Universidad; pero él era profundamente universitario, entrego sus mejores esfuerzos no solamente a las lucha universitaria, sino al trabajo del día a día;, sus clases eran una maravilla, un torrente de sabiduría, de ingenio y de generosidad, de disposición de darles a los muchachos su bien más preciado que era su conocimiento.
“Lo que le pasó nos debe de alertar a todos porque por esas razones van a hacer pilas de libros y ahí van poner a quien sea, al Marques de Sade, a Almudena Grandes, a todos aquellos que se han atrevido, con el atrevimiento de Marcelino, a decir cosas que todos pensamos pero que todos nos las guardamos. Y las pensó y las dijo no para regodearse con ellas sino para vivir con ellas, para hacernos cargos de esas cosas y salir adelante. Esa era su profunda convicción, para los que dicen que decía cosas indecentes y que ponía en riesgo la salud física y moral de nuestras hijas y de nuestras mujeres.
“Lo que sí, es que la UNAM debería hacer un alto en el camino y decir, en efecto: Marcelino fue un gran universitario, un hombre que le dio lo que debió de darle a la Universidad y que se le trató injustamente, y con ello, los universitarios nos tratamos injustamente con nosotros mismos, porque anulamos la última etapa que iba a ser igual de brillante de lo que fue el resto de su vida.
“Comparto con todos ustedes, un profundo dolor, pero Marcelino no va a descansar en paz, va a seguir luchando, tiene  luchas palpables como las de la independencia de Cataluña, las del pueblo mexicano por su liberación social, como la de la lucha de la humanidad por su redención completa, y esas no lo van a dejar descansar en paz,  lo van a mantener inquieto, y nos va a esperar —y espero que todos estemos con él.  en esa lucha que no se acaba y que no se va a acabar, porque nacimos para luchar como nos enseñó Marcelino”.

El cisne que quería seguir siendo pato
Cristina Gómez Álvarez conoció a Marcelino siendo apenas una adolescente. Él y su hermano Pablo militaban en la Juventud Comunista, Pablo estudiaba Economía y Marcelino Ciencias. Los veía y los oía. Cristina, se hizo historiadora. Sus remi-
niscencias son cristalinas; recuerda y revela datos, detalles de momentos históricos de la lucha universitaria. Narra con alegría los momentos de brillantez de Marcelino. Se indigna cuando describe la provocación que le montaron en Radio UNAM.
Poco se supo. Cristina lo cuenta con coraje: lo hicieron que se pensionara.  Lo hicieron renunciar a todo. A su trabajo en Chopo. A sus clases en Ciencias, por supuesto al programa de Radio.  
Para ella, como para muchos de los que están ahí, sin Marcelino vivo se pierde algo de nosotros. Ella, Cristina, hace memoria de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que fue Marcelino.  
No olvida la respuesta que le dio  Perelló al periodista cuando éste le preguntó cuál fue la razón por la que quiso regresar del autoexilio en Europa.
Marcelino contestó, recuerda.
—“Porque en Europa era un cisne y yo quería ser pato”
Cristina interpreta con los ojos llenos de lágrimas: “se vino porque el confort de Europa no era para él. Quería ser pato porque quería seguir siendo mexicano, continuar en la lucha social, que fue su razón de vivir”.
Nunca un cisne. Nunca se equivocó de la fila donde debería ir, recordó Cristina Gómez.

Jorge Medina Viedas

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