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Insistencias sobre la universidad lectora Destacado

Insistencias sobre la universidad lectora Shutterstock

En estos días comenzará a circular la segunda edición, corregida y aumentada, de mi libro Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto Ediciones / Universidad Juárez Autónoma de Tabasco / Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2017). La primera versión de este libro apareció coeditada por la UJAT y Laberinto en 2015. Para esta segunda edición, bastante ampliada, se ha sumado la Universidad Autónoma de Aguascalientes.
A lo largo ya de varios meses Campus ha dado acogida a una serie de ensayos que hoy encuentra su lugar natural en la nueva edición de Por una universidad lectora. Sobre este tema, que es para mí algo más que un tema (una “pasión crítica”, para decirlo con palabras que tomo prestadas a Octavio Paz), no he dejado de escribir en los últimos dos años, y una breve selección de estos textos, publicados originalmente en este suplemento, complementan hoy el libro.


De esta nueva edición del libro reproduzco algunos fragmentos que pueden interesar a los lectores, en un ejercicio de insistencia, pues es verdad que hay cosas en las que es necesario insistir (repitiéndolas) para que tengan alguna probabilidad de obtener atención.
Es innegable que un amplio sector académico ha invertido la importancia de los valores en la obra literaria y ha transmitido esta confusión (esta inversión de valores) a los estudiantes universitarios. En el tema de la lectura, por ejemplo, dicho sector cree sin duda que lo más importante de la literatura está en el lenguaje y en la técnica, sin tomar en cuenta que la literatura (salvo excepciones) no tiene como tema el lenguaje ni la técnica literaria, sino la vida misma.
Privilegiar lo adjetivo en detrimento de lo sustantivo es lo que ha hecho que el estudio de la literatura se convierta, muchas veces, en una ocupación aburrida y sin alma, a lo cual se suma, en no pocas ocasiones, la mala escritura, es decir la escritura tediosa y desapasionada.
En una entrevista de José Ramón López Rubí Calderón (Este País, febrero de 2015) con el sociólogo e investigador de El Colegio de México, Fernando Escalante Gonzalbo, éste, con su gran experiencia de lector, abomina de “los textos mal escritos, o sea, escritos en ese español burocrático, agramatical, pedregoso, insulso, que es habitual en las revistas académicas” y que, por ser lo que son, “inmediatamente me previenen en contra del contenido y del autor, porque veo de entrada lo peor del ‘profesionalismo’ de la ciencia”, todo ello a pesar de que “la universidad es impensable sin la cultura del libro, sin la circulación de la letra impresa”.
Es necesario y urgente devolverle a la lectura su fuerza espiritual regeneradora e incluso su poder redentor, por encima de consideraciones accesorias cuando no superfluas que tienen el propósito de suplantar lo principal. Es importante que la lectura, en su sentido más amplio (y no únicamente académico), pase por la universidad y regrese al ámbito social, más fortalecida, dialógica y comunicante.
Con frecuencia se olvida que una universidad sin auténticos lectores es una grave contradicción y, peor aún, una terrible incongruencia, del mismo modo que lo es una universidad sin humanidades. Y hoy, cuando un amplio sector de la industria editorial comercial y otro no menos amplio de autores comerciales ―y cada vez más insustanciales― conspiran contra la edición cultural, contra el libro formativo y contra la lectura crítica e inteligente, es necesario decir algo al respecto.
Si optamos por la verdad y la decimos sin ambages, habría que afirmar que si la inversión en las universidades públicas no consigue, entre otras cosas principales, formar lectores autónomos, el gasto no deja de ser, en una buena proporción, un desperdicio, pues, siendo así, los universitarios tendrían que regresar, a aprender a leer, a la escuela primaria.
Pero lo dramático es que tampoco la primaria (ni la secundaria, ni la preparatoria) forma lectores. Para esto (piensan los profesores, acordes con el “pensamiento” del sistema educativo), las personas tendrían que ir a la universidad. Y, si ahí tampoco se lee, el círculo vicioso nunca se rompe. Por eso no queda otra alternativa que romperlo.
¿Universidades lectoras? Sí. No existe otra solución que cambiar el esquema, en las universidades, para que los universitarios lean. Crear y alentar programas de lectura en las universidades, como ya se hace en algunas, más allá de las reacciones de los susceptibles que exclaman extrañados cuando no ofendidos: “¡Pero si sabemos leer y leemos! ¡Es lo único que hacemos! ¡Todo el tiempo estamos leyendo!” Es fácil probar que muchos de ellos no saben leer: basta con ponerlos a leer.
Que lean para aprobar los exámenes no es lo mismo que lean para añadir algo más a su vida, para agregar a su existencia (y a su profesión) mayores capacidades y experiencias. No hay nada más contradictorio que un universitario que no lee o que únicamente lee cuando hay que hacer tarea o cuando tiene que examinarse.
En este sentido, quienes leen El Libro Vaquero y el Sensacional de Traileros les ponen la muestra: apenas son alfabetizados, pero leen porque se les antoja, porque les gusta, porque disfrutan y se complacen y se solazan en la palabra y en la imagen; porque necesitan otras experiencias que no sean los deberes, pero no porque tengan que hacer tarea o presentar exámenes. Por supuesto, en general, no son universitarios. Bueno, en el mejor de los casos, ojalá que no lo sean, pues el mayor fracaso de la educación mexicana sería comprobar que se ha preparado a las personas que han pasado por las aulas universitarias, por los “estudios superiores”, sólo para que alcancen la plenitud de sus expectativas culturales e intelectuales con el El Libro Vaquero y el Sensacional de Traileros.

¿Superioridad moral del lector?
Estudiar y leer son dos cosas distintas, pero que pueden llegar a ser complementarias. Lo verdaderamente importante es que la educación superior y la denominada “lectura de calidad” confluyan en un espíritu superior y en una auténtica calidad humana. De otro modo seguiremos pensando que las destrezas y las habilidades técnicas, la información y el saber abstracto, el dominio de una disciplina y la acumulación de letra muerta, son suficientes para considerarnos superiores, incluso moralmente, en nombre de la universidad y de los libros.
En los ámbitos culturales y universitarios es frecuente que nos encontremos con personas autosatisfechas que creen de veras que el máximo objetivo de esta vida es lo que ellos mismos denominan, con orgullo, la “superioridad intelectual”. Pero de muy poco sirve este atributo, para la felicidad, si se carece de alegría, tolerancia, sensatez, un poco de humildad y sencillez, algo de cortesía y unas pizcas, aunque sea, de generosidad y solidaridad hacia el prójimo, cosas que se consiguen más frecuentemente en el diálogo con la realidad que únicamente en medio de las aulas y en el contacto exclusivo con los libros.
La tragedia de la cultura, como lo atisbó Jacques Maritain hace muchos años, reside en la inversión que hemos hecho de los valores y los fines: en creer que el saber es un fin en sí mismo, que el dominio y la competencia son autosuficientes y que los libros equivalen a la Idea y a la Inteligencia, olvidando que todo ello siempre está subordinado a la vida y a la búsqueda de felicidad que es el motor de todo lo que hacemos. En otras palabras: si el saber y la cultura escrita no tienden a una existencia más humana, de muy poco sirve la apología que de ellos hagamos.
Y no olvidemos lo que en sus escritos Sobre pedagogía señalaba Kant: “La buena educación es justamente aquello de donde proviene todo el bien que hay en el mundo”. Por ello aconsejaba no educar para el presente sino para el futuro, es decir para que los seres humanos educados “produzcan un estado futuro mejor”. Para Kant, la educación no consiste únicamente en el dominio de habilidades, sino también, y sobre todo, en el desarrollo de la inteligencia y en la formación del espíritu, “a fin de que los seres humanos educados elijan solamente los buenos fines”.
Con ello, planteaba que la educación y la instrucción no debían reducirse a cuestiones meramente técnicas y mecánicas. El objetivo, decía, es sobre todo enseñar y aprender a pensar, y enseñar y aprender rectos procedimientos morales. Con ironía, expresaba: “El hombre puede ser, o solamente adiestrado, amaestrado, instruido mecánicamente, o realmente ilustrado, pues así como se amaestran perros y caballos, se pueden amaestrar también hombres”. Para Kant, la educación no era simple adiestramiento, sino sobre todo cultura: “el hombre tiene que ser cultivado”. En este sentido, educación y cultura son una y la misma cosa.
Si alguien pasa por las aulas y en ellas no se transforma esencialmente su concepto del mundo, ese alguien será sin duda un escolarizado, pero es también, y al mismo tiempo, un deseducado. Para decirlo con palabras de George Steiner, “el libro y la educación ejercen un extraño, contundente señorío sobre nuestra imaginación y nuestros deseos, sobre nuestras ambiciones y nuestros sueños más secretos. Un gran poema, una novela clásica nos acometen; asaltan y ocupan las fortalezas de nuestra conciencia. [...] Quien haya leído La metamorfosis de Kafka y pueda mirarse impávido al espejo, será capaz, técnicamente, de leer la letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta”.
De este mismo modo, por analogía, quien haya pasado por las aulas universitarias y no haya transformado su visión del mundo, su percepción de la realidad y el conocimiento de su propia persona, tendrá escolarización y podrá incluso ser, quizá, el más capaz, técnicamente, en el desarrollo de su profesión (porque “se quemó las pestañas”), pero es un deseducado “en el único sentido que cuenta”.

Tesis inútiles
Hacia 1915, en una serie de ensayos que conforman el libro Patria mía, Ezra Pound advirtió que las tesis en las universidades resultaban cada vez más inútiles si no alentaban la creación y la investigación o servían, al menos, para ampliar y profundizar los conocimientos del graduado al tiempo que se constituían en “una nueva contribución a una suma de conocimientos preexistentes”. Lo que Pound proponía era un trabajo más creativo y menos circunstancial; menos un requisito y más una producción.
En realidad, la tesis es sólo un requisito, decía Pound, impuesto por la tradición académica, después del bachillerato, pero incluso, “por lo general, las tesis doctorales son tediosas, están mal escritas, el candidato tiene que pagar la impresión de las copias requeridas, dado que ni las publicaciones especializadas se interesan por ellas”. Los únicos que las consultan, concluía Pound, son los propios estudiantes, para hacer otras tesis o para ya no hacer una más sobre un tema demasiado atendido por los tesistas.
Uno llega a pensar que nadie se aburre tanto como el que escribe una tesis (y se desespera y se jala el pelo porque no sabe redactarla). Pero siempre hay alguien que puede aburrirse más: el que la lee (aun si sólo lo hace para corregirle el estilo).
Asimismo, todos sabemos que las tesis de grado, en un porcentaje abrumador, están condenadas a no publicarse jamás, puesto que no están dirigidas a un público en general. Para que tengan una posibilidad de publicarse, el tesista tendría que sustraerle (luego de haberla presentado y después de haber recibido el título y los honores) todo ese estilo árido para ponerlo en un buen español que pueda comprender e incluso disfrutar cualquier cristiano. No se trata de banalizar el conocimiento, sino de conseguir que sea mucho más transmisible, es decir comunicable. Lo que no se entiende bien a bien es por qué se insiste en preparar a académicos que se dirijan única y exclusivamente a otros académicos.
Un estudiante universitario, al egresar de su carrera (y especialmente de una carrera de humanidades, aunque también de las otras), debería saber escribir perfectamente y poder transmitir sin jeroglíficos, sin sofismas, sin galimatías, las ideas que muy claramente puede pensar pero que, sorprendentemente, muchas veces no es capaz de transmitir ni de manera oral ni de manera escrita. Es preocupante.
La prosa académica tiene, además de su carácter técnico (que suele volverla árida cuando no aburrida), el enorme peligro de no saber diferenciar lo propio de lo ajeno. Y esto se debe, sin duda, al uso excesivo de las citas textuales que, por lo demás, ni siquiera se entrecomillan, sino que sólo se glosan, parafrasean e incluso se parodian cuando no simplemente se transcriben de manera literal y luego se les pone un número voladito que remite a un libro y a un autor que, probablemente, también citó y re-citó esa misma expresión de otro libro y otro autor que se han ido borrando a lo largo de las citas de múltiples re-citadores.
Una lectura formativa y crítica, una educación sentimental e intelectual: esto es lo que necesitamos para que la cultura y la educación recobren o vayan poco a poco recuperando su perdido esplendor.
Por fortuna, muchas universidades ya se dieron cuenta de que el problema de la lectura no está sólo entre los no profesionistas, sino también, y muy alarmantemente, entre los profesionistas que hoy son ejecutivos de empresas, funcionarios de la administración pública y directores generales de esto y aquello. Gente que no lee ni la tapa de su caja del cereal. Lo cierto es que nunca les gustó leer, y que si leyeron algunos libros o capítulos de ellos fue, básicamente, para sacar la carrera.
Los universitarios padecen los mismos problemas que los estudiantes de preparatoria, secundaria y primaria: en una enorme proporción, no leen y no les gusta leer porque, en cuanto a libros, les basta con memorizar autor, título, tema, trama, personajes, género, corriente, época, etcétera, sin tener que leer los libros. Son fruto de los mecanismos tradicionales, vacíos y repetitivos con los que se enseña lengua y lectura en los niveles escolares previos a la matrícula profesional.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016) y Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2017).

Modificado por última vez enMiércoles, 16 Agosto 2017 21:56
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