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De la errata y lo perfecto Destacado

De la errata y lo perfecto

En el principio era la palabra… y ahora lo sigue siendo. Desde los incunables tiempos de Gutenberg la palabra tiene un acompañante muy especial: la errata. Y es que el ser humano pasa por la vida coleccionando, además de triunfos y fracasos, pequeños y grandes errores que algunas veces le ayudan a mejorar, aunque otras no. Hoy a eso le llaman “oportunidades”, se les mira desde una ventana y se les ubica en un área particular. Pero en un libro impreso, en una publicación periódica, en un examen, estas criaturas saltarinas créanme que no son nada oportunas. Dice el lexicógrafo, filólogo y lingüista Manuel Seco que las erratas siempre han sido “las últimas en abandonar el barco”. Para el escritor Machado de Assis, el hombre “es una errata que piensa… Cada etapa de la vida es una edición, que corrige a la anterior, y que será corregida también, hasta la edición definitiva, que el editor obsequia graciosamente a los gusanos”.


En la erudita opinión de Alfonso Reyes la errata es una “viciosa flora microbiana siempre tan reacia a los tratamientos de la desinfección”. “Erratas a juicio del lector”, antepuso a uno de sus libros con la certeza de que no saldría inmune. De hecho, nos cuenta José Esteban en su Vituperio (y algún elogio) de la errata (Ediciones Espuela de Plata, Sevilla, España, 2013, 120 p.) que el peruano Ventura García escribió: “Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos”.
La errata es universal y además de ponzoñosa puede ser formidable. Erratas divertidas reemplazan una palabra por otra dándole a la frase un nuevo sentido. José Esteban recoge algunas magistrales: “Al emplear el aparato de mi invención para pecar a distintas profundidades, conviene poner un termómetro en el punto de amarse” (por pescar y amarre). “Ayer fue extraído del río, por medio de un rancho, el cadáver del joven que días pasados tuvo la gracia de ahogarse casándose” (por gancho, desgracia y bañándose). “Para maestra, basta un botón” (muestra).
Como cuando una persona se cae de súbito y la situación instintivamente provoca risa, así la errata dispara hilarantes disparates. En Vituperio… hay varios ejemplos: “El joven crudito” (erudito), “cuentos de habas” (hadas); “doña Rara” (Sara). Pero el asunto llega al colmo cuando se toman los de la prensa diaria: “Necesito secretaria con ingles” (inglés, de ahí la importancia de acentuar bien), “Vendo apartamento a 200 km de la playa” (metros).
Estas erratas literarias no tienen desperdicio: “Dedico estos artículos sobre estética de vanguardia a la Condesa de, cuyo exquisito busto conocemos muy bien todos sus amigos” (gusto). Dicen que este yerro le costó el puesto y una paliza al periodista: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tonta” (tinta). “Por eso siempre he dicho a los jóvenes, adelante con vuestra jumentud” (juventud). “Memorias de un desvergonzado” (desmemoriado).
Dicen que el duro golpe de la errata pega más a poetas que a prosistas. Ésta se la propinaron al cubano Emilio Ballagas: “Yo siento un fuego atrás que me devora” (atroz). En palabras de Pablo Neruda, “jacarandoso autor y culpable impresor tomaron juntos una lancha y sepultaron los ejemplares en medio de la bahía de La Habana”. Otro poeta, Garciasol, fue azotado con ésta: “Y Maruca (su mujer en realidad) se duerme y yo me voy de putillas” (puntillas). No menos grave fue la que le tocó a Blasco Ibáñez: “Aquella mañana, doña Manuelita se levantó con el coño fruncido” (ceño).
Ni citando a Manrique deja de saltar el sapo alado del [t]error. Un autor deseaba que sus páginas “avivaran el sexo de los lectores españoles” (por seso). Y hay más: “Los Reyes Católicos despidieron a Colón a Palos”; “Los supervivientes de los Andes tuvieron que hacer antropología”...
Los correctores de estilo del Ceneval, como porteros, son buenos atajadores. En la Dirección del Programa de Medios Editoriales han logrado detenerse, a lo largo de los años, erratas que al compilarlas pueden darnos un rato de diversión. Nunca —aclaro— rebasaron la luz del quinto piso de las oficinas centrales de Altavista (al menos éstas). Aquí algunos botones de muestra que son obra maestra: “El cerebro se orina en el mesodermo” (origina); “A) El conducto excretor de menstruación y secreciones, el órgano de la cúpula y el conducto del parto” (cópula); “…aplicar el análisis cuentitativo de las oscilaciones electromagnéticas” (cuantitativo); “Se espera que en Ciudad Obregón el tiempo sea: A) despojado” (despejado); “La formación de la corriente demográfica del PRI...” (democrática); “El aparato unitario presenta disuria desde hace dos años...” (urinario); “…en las secciones de examen que miden la habilidad de razonamiento virtual…” (verbal); “En la exploración física se observa vello axilar y público escaso...” (púbico); “…con base en el nuevo mareo jurídico” (marco); “Anita, una chica universitaria de 109 años” (19); “Las condiciones metodológicas adversas impidieron el despegue del transbordador Endeavour” (meteorológicas); “e) Claudia se metió a una cueva donde había murciélagos con cubrebocas”.
No podría terminar este artículo sin citar la emblemática fe de erratas de la fe de erratas: “Donde dice dice debe decir debe decir y donde dice debe decir debe decir dice”. A fin de cuentas, como me decía un amigo y excompañero de oficina, “Nadie es perfecto. ¡Y tú menos!”.

Sergio Macías
Director editorial del Ceneval

Sergio Macías

Ceneval

Modificado por última vez enJueves, 24 Agosto 2017 02:28
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