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Hay convergencia de puntos de vista sobre el desmoronamiento de la sociedad. La pérdida de valores se ha dado junto con el aumento de la violencia. La anomia, la falta de energía política y los desaciertos del Estado nos han dejado una sociedad civil que se siente vulnerada y que está desorganizada para poner resistencia y romper los nudos que nos atan a una historia de desigualdad social persistente.
La distancia que guarda el Estado, o más preciso, el gobierno, de lo que pasa en la sociedad, es un hueco que se hace más profundo a medida que crece la anomia entre los ciudadanos. Sin valores no vamos a ningún lado, dijo hace unos días el Dr. Juan Ramón de la Fuente. Tiene razón. Los valores democráticos no anidaron en el México profundo, porque ni en la familia ni en la escuela fue prioritario enseñarlos y practicarlos: solidaridad, tolerancia, respeto, colaboración, responsabilidad, jalar juntos.


Las clases de civismo perdieron importancia en la escuela. Se dejó de formar a los estudiantes con cultura cívica. Sin cultura cívica es más difícil que exista credibilidad y legitimidad en las instituciones del Estado y en la clase política. Se sepultaron los valores que emergieron de la revolución del 17. Los que llegaron en su lugar no los sustituyeron, sirvieron como soporte del modelo fincado en el mercado.
Dada la situación política en el país, hoy, más que en otros tiempos, es importante el diálogo y el acuerdo para recuperar los valores y recrear una cultura que nos permita avanzar. Las relaciones sociales no pueden seguir basadas en la lógica de ganar dinero. Que es una lógica estimulante de la corrupción de todos, el agandalle desde cualquier posición que se tenga en la sociedad.
En un país donde el lema cotidiano es sálvese quien pueda, deja a la sociedad sin defensas. A la gran mayoría de la población mexicana no le va bien y no puede salir de esta situación. La información a la mano habla del fracaso del modelo. El país no crece lo suficiente, la distribución del ingreso no se ha modificado sustancialmente desde la segunda mitad del siglo pasado ( eg. Cortes,2013; A. Tuirán, 2005, Esquivel, 2017,2015) y hoy el nivel de desigualdad está provocando tensiones sociales insoportables y una mayor ruptura del tejido social, para decir lo menos.
Los mexicanos deberíamos convocarnos para cambiar el rumbo y abrirnos perspectivas de largo alcance. La transformación es una tarea ineludible, difícil y toma tiempo. Necesitamos recuperar valores históricos, y combinarlos con los democráticos, para perfilar un destino común en medio del acontecer internacional. La recuperación y transmisión de valores no puede quedar asentada en aquellos   medios que comunican  contenidos para reproducir el sistema de dominación imperante e inmovilizar los esfuerzos colectivos para el cambio.
La enseñanza y la práctica de nuevos valores orientados a vigorizar la nación recae en la escuela, y muy particularmente en las universidades. Necesitamos, ante todo, entender a los estudiantes en el proceso de convertirse en buenos ciudadanos, y enseñarles a ser capaces de reflexionar y elegir las mejores opciones para ellos y para la sociedad, respecto a las prioridades del país y a nivel global.
En este sentido, las universidades públicas seguirán jugando un papel de primera importancia. En el futuro inmediato tendrán que formar ciudadanos comprometidos con la nación, científicos productores de conocimiento para impulsar el desarrollo y la tecnología, con una actitud innovadora. Universidades que se comuniquen más directamente con la sociedad. Que le tomen el pulso y que aparezcan en la esfera pública.
En los tiempos por venir, la universidad necesaria requerirá renovarse en medio de políticas educativas que tengan las siguientes tres prioridades: reducir las desigualdades sociales y territoriales con el aumento de la cobertura, y estimular que se instauren nuevas instituciones públicas que gocen de prestigio. Las jóvenes generaciones deben de encontrar un escenario con oportunidades de ingresar al nivel superior. Minimizar el peso de la posición social y el ingreso de los padres, o el lugar donde se vive, para acceder a la educación universitaria.
El segundo eje es brindar una buena educación profesional. En la universidad los estudiantes deben adquirir conocimientos, capacidades, valores y capital cultural que les permitan actuar en la sociedad con creatividad y razonabilidad ciudadana. El tercer eje consiste en impulsar el posgrado junto con la reproducción ampliada de la ciencia, la tecnología, la cultura y la difusión del conocimiento.
Las coincidencias sobre la importancia de la educación superior deben estar contenidas en un plan general de restructuración social. Hay que aprovechar los cambios educativos para articular a la sociedad e impulsar su avance. Y, apoyar que existan políticas de asignación presupuestal, suficiente y oportuna, para alcanzar los propósitos del sector educativo.

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UNAM. Seminario de Educación Superior, IIS. Profesor de la FCPS.

Modificado por última vez enJueves, 07 Septiembre 2017 02:40
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