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En nuestro país, los exámenes estandarizados se aplican en prácticamente todos los niveles educativos. Estudiantes de primaria, secundaria y bachillerato participan anualmente en pruebas del Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes (Planea); jóvenes de 15 años de los niveles secundaria o bachillerato presentan el examen del Programa Internacional de Evaluación de los Alumnos (PISA por sus siglas en inglés); asimismo, el ingreso a la educación media superior o superior en muchas instituciones está determinado por sustentar y obtener cierto puntaje en un examen estandarizado.


Más allá de la crítica, este tipo de evaluaciones arroja resultados confiables. Cada año más de 300 mil estudiantes de la Ciudad de México y su zona metropolitana participan en una evaluación estandarizada para ser asignados a una institución de educación media superior, entre ellas las preparatorias y los Colegios de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México o los Centros de Estudios Científicos y Tecnológicos del Instituto Politécnico Nacional. En los exámenes para la acreditación del bachillerato o una licenciatura mediante el Acuerdo 286 de la SEP, una serie de reactivos —se les denomina así porque no necesariamente son preguntas— y algunos otros instrumentos de evaluación permiten determinar si se poseen los conocimientos y las habilidades que, en el caso de una licenciatura, lleva cuatro o cinco años adquirir.
No cualquier pregunta o reactivo se incorpora a un examen estandarizado; para ello debe pasar por un largo y sinuoso proceso que inicia con la definición misma de lo que se quiere evaluar, los criterios con los que se evaluará, el uso que se dará a los resultados, y efectuar diferentes tipos de análisis al propio reactivo.
Supongamos que se quiere contratar a un especialista con amplio vocabulario para la sección de cultura de un periódico. Podrían hacerse entrevistas a los candidatos e inferir la riqueza de su lenguaje durante ésta. Para que existiera igualdad de condiciones, los candidatos tendrían que ser entrevistados por la misma persona y el resultado dependería, muy probablemente de factores ajenos al propósito de la entrevista: la empatía, la edad, el rumbo que tomó la entrevista… Es decir, el resultado estaría sujeto a factores subjetivos del entrevistador.
También se les podría aplicar un examen para saber si conocen el significado de algunas palabras, e inferir de ese modo su riqueza de vocabulario. En este caso, el meollo radicaría en la selección de la muestra de palabras empleada. Se dice que una persona utiliza alrededor de 300 palabras diferentes para comunicarse; el Quijote está escrito con 23 mil palabras distintas, el diccionario de la Real Academia de la Lengua compendia 93 mil entradas y el de americanismos alrededor de 70 mil más; es decir, el idioma español tiene al menos 150 mil palabras. ¿Cuántas y qué palabras permitirían identificar a la persona con mejor lenguaje si el dominio “riqueza del lenguaje” traducido en palabras existentes en español es de 150 mil?
Supongamos que se hace una lista de palabras, sin considerar criterio alguno y que las primeras palabras fueran mesa, florero, canción… Es muy probable que todos los candidatos conocieran su significado; en este caso, nuestros reactivos —las palabras— no tendrían ningún poder de discriminación, es decir, no servirían para el propósito: identificar a la persona con mayor riqueza de lenguaje, con un indicador definido como “la cantidad de palabras cuyo significado conocen”. Si las palabras elegidas fueran de uso muy poco frecuente: batán, heñir y resma, por ejemplo, sucedería lo mismo; si nadie las puede definir tampoco son útiles.
Si se eligen aguamanil, estéril y filántropo, cuya frecuencia de uso es mayor que las tres anteriores, pero no tan frecuentes como las tres primeras, podríamos acercarnos a nuestro propósito: que los resultados de la prueba permitan identificar al mejor candidato, que sería quien conozca el significado de mayor número de palabras.
En este caso, la prueba arrojaría más información sobre el conocimiento que tienen los examinados de gran número de palabras, lo que en evaluación se le conoce como dominio. Con sólo algunas palabras, 30 tal vez, sería suficiente para distinguir a los aspirantes más aptos para el puesto, de acuerdo con el criterio seleccionado.
Para saber si esas palabras (reactivos) tienen la capacidad de discriminación adecuada, se hace una serie de análisis estadísticos. Pero también se analiza si tienen sesgo, es decir, que no resulten injustas para un grupo particular. Si hubiéramos incluido la palabra crinolina, por ejemplo, es más probable que la identificaran más mujeres que hombres, entonces, sería injusta para un grupo de las personas examinadas.
En el ejemplo anterior se encierra uno de los muchos secretos de los exámenes estandarizados: una muestra adecuadamente seleccionada y piloteada es suficiente para evaluar un dominio. No importa la palabra o el reactivo seleccionado para la prueba, lo que importa es la estimación que proporciona sobre los conocimientos del dominio, en este caso conformado por cientos de miles de palabras.
Otros secretos de un examen estandarizado son la definición de los constructos por evaluar, la elaboración misma de los reactivos, los procedimientos estadísticos para determinar si un reactivo es un elemento adecuado de la muestra, la manera de aplicar el examen, la forma de calificación, las conclusiones que se puede obtener de los resultados y un largo etcétera. Y claro, la rigurosidad y el control de los procedimientos técnicos utilizados para asegurar que los parámetros de respuesta correspondan con lo que se pretende medir.
Los exámenes estandarizados han contribuido a construir la cultura de la evaluación en el país; su vigencia en el tiempo así como la amplia utilidad de sus resultados radica, entre otros aspectos, en que se han ajustado a los cambios que acontecen en el contexto de la educación media superior y superior y, sin duda, en el mediano plazo su proceso seguirá fortaleciéndose para atender con efectividad a la evaluación de los conocimientos, habilidades y capacidades de los sustentantes y las instituciones usuarias de estos instrumentos de evaluación.

Ceneval

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