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La lectura posible en la escuela “imposible” Destacado

Los fanáticos de las verdades librescas  se reirían en la cara de Sócrates, quien jamás escribió libro alguno, si apareciera hoy en alguna feria del libro. Los fanáticos de las verdades librescas se reirían en la cara de Sócrates, quien jamás escribió libro alguno, si apareciera hoy en alguna feria del libro. Especial/ Shutterstock

Al referirse a la necesidad de repensar la reforma y reformar el pensamiento, Édgar Morín ha dicho que el objetivo de la educación no debe ser el dar al alumno conocimientos cada vez más numerosos, sino ayudarle a construir una mente bien ordenada que permita un modo de pensar abierto y libre. El grave problema de la educación es creer que la reforma es tan sólo una cuestión meramente técnica para la “competitividad”, palabra ésta que es la primera que asoma en el vocabulario de los especialistas y los funcionarios en educación.
No se equivoca Ernesto Sabato cuando afirma que “nada de importancia puede enseñarse si previamente no se es capaz de suscitar el asombro”, cosa que no consigue, por supuesto, una enseñanza repetitiva y chata que cree más en el saber que en la sabiduría y que pretende enseñarle al alumno a creer en lo que sabe, en lugar de facilitarle el proceso de dudar en lo que cree, ese proceso del que nacen todas las preguntas que no tienen una Respuesta Única y Verdadera, sino multiplicidad de posibles respuestas tan válidas unas como las otras, o tan probablemente equivocadas unas como las demás.


Ya lo decía Séneca: “Nuestro defecto es aprender más por la escuela que por la vida”, y creer que los libros sustituyen la experiencia íntima, personal, siempre más rica por cuanto a que en ella nos abismamos y nos elevamos, cuando lo que en realidad hacen los libros es ayudarnos a pensar. Desdeñar la sabiduría de los no lectores ha sido y es muy frecuentado porque nadie se atreve a discrepar de lo políticamente correcto, aunque pueda ser (y de hecho lo es) una incongruencia y una grave contradicción en los propios desdeñadores cultos que no ignoran a Montaigne ni a Cervantes.
Montaigne diría, de manera diáfana, en sus Ensayos: “He visto en mis tiempos a mil artesanos, a mil labradores más sensatos y felices que los rectores de la universidad”. (Y creo que esto sigue siendo igual: a la luz de la actualidad, nosotros también podríamos decir lo mismo, aunque no suene cortés.) Montaigne no decía esto por falsa modestia o por inversa pedantería, sino por justicia y convicción.
Otro ejemplo: todos (incluidos los eruditos) elogiamos, en el Quijote, la sabiduría natural y proverbial de Sancho Panza; la inteligencia, el buen sentido y la sensatez que despliega cuando en la segunda parte de la novela lo hacen gobernador de la ínsula Barataria. Sin embargo, todos los lectores de la novela sabemos que el escudero de Don Quijote es analfabeto.
Cuando Sancho Panza refiere a la duquesa que tiene escrita una carta, que enviará a su mujer Teresa Panza, y que desea que aquélla la lea para darle su opinión acerca del modo en que deben escribir los gobernadores, la duquesa le pregunta: “¿Y escribístesla vos?”, a lo que Sancho responde: “Ni por pienso, porque yo no sé leer ni escribir”. Y cuando el duque le dice que deberá tomar una indumentaria de acuerdo con su oficio y dignidad (vestido parte de letrado y parte de capitán) para asumir el gobierno, Sancho acota con gran filosofía: “Vístanme como quisieren: que de cualquier manera que vaya vestido seré Sancho Panza”. Y respecto de ir con disfraz de letrado, argumenta: “Letras, pocas tengo, porque aún no sé el A.B.C”.
Recordemos que ya antes, en el capítulo décimo de la primera parte de la novela, cuando Sancho reitera ante Don Quijote su derecho al gobierno de la ínsula prometida, el caballero andante le pide paciencia, ya que aún faltan otras batallas, y le pregunta: “¿Has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar?” A todo esto, el escudero responde: “La verdad sea que yo no he leído ninguna historia jamás, porque ni sé leer ni escrebir”; respuesta con la que insiste, al final del capítulo, cuando su señor le reprocha el no entender bien las costumbres de los caballeros andantes.
A pesar de ser un analfabeto, Sancho Panza hace gala de virtudes y de sabiduría en su efímero gobierno. Como juez es salomónico y reparte sentencias que no admiten presunción de necedad o ignorancia. Y, cuando deja el gobierno, sus razones no pueden ser más sabias: prefiere su libertad, a la sombra de una encina, que la sujeción al gobierno entre sábanas de holanda, pues “bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido”. La lección es extraordinaria: no se precisan lecturas para ser sabio y justo, pero también no son suficientes todos los libros del mundo para dejar de ser necio, despótico e infame, porque en el ser humano habitan muchas perversidades difíciles de curar incluso por toda una biblioteca.

La educación que no vemos a menudo
William Ospina, el poeta, narrador y ensayista colombiano, al referirse al legado del pensador Estanislao Zuleta (su compatriota y maestro), formula algunas de las reflexiones más estimulantes sobre la necesidad de reformar la educación. Explica: “La educación formal suele producir en nosotros la sensación o la convicción de que todo saber es un aparato de conceptos, de informaciones, de datos eruditos o de fórmulas que otros han adquirido y que simplemente se transmiten a través del lenguaje. Educar, ya se sabe, es apartar a un ser de lo que originalmente era, para inscribirlo en una tradición ilustre. Se piensa que antes de la educación y antes del saber sólo hay en nosotros error e ignorancia, y así se justifican los rigores cuartelarios de la educación formal, la incorporación más o menos severa o violenta de una disciplina. Por otra parte, uno de los mayores esfuerzos de la educación convencional que conocemos consiste en combatir nuestra singularidad e inscribir nuestra conducta en unos cánones uniformes”.
Esta crítica de Ospina, que proviene de Zuleta, coincide con el lúcido alegato de Ernesto Sabato, cuando afirma: “En el sentido etimológico, educar significa desarrollar, llevar hacia afuera lo que aún está en germen, realizar lo que sólo existe en potencia. Esta labor de partero del maestro muy raramente se lleva a cabo, y tal vez es el centro de todos los males de cualquier sistema educativo”.
Y es otra vez Ospina quien, siguiendo el ejemplo de su maestro Zuleta, nos advierte que la escuela no dejará de ser una experiencia de fracaso y frustración en tanto no modifique sus métodos de transmisión mecánica del conocimiento: autoritarios, arrogantes, jerarquizados y excluyentes. Explica:
“Lo primero que habría que abandonar es la pretensión de saber por mera vanidad, por el mero deseo pueril de ser superiores a los demás, o por el deseo de adquirir un poder sobre los otros. Sin embargo, muy a menudo la educación nos es propuesta como una manera de superar a los demás o de imponernos sobre ellos; como una forma de la competencia y como la búsqueda de una supremacía”.
En efecto, la formación se caracteriza, en prácticamente todo el mundo, por esa búsqueda desaforada de supremacía (sea del intelecto o de la fuerza deportiva), muchas veces envuelta en el manto chauvinista del orgullo patrio. Y éste parece ser el propósito fundamental del desarrollo educativo.
Con la lectura en la escuela, el asunto no es diferente. Desde hace algún tiempo he venido insistiendo, tal como lo hago ahora, en el hecho de que el problema de la lectura no puede verse aislado de los demás problemas estructurales de un país: económicos, políticos, sociales, laborales, educativos, etcétera.
Por mucho voluntarismo que pongamos los promotores y los fomentadores del libro, muy poco conseguiremos hacer si el sistema educativo no cambia. Seguiremos siendo proselitistas del libro en abstracto o bien promotores en concreto que sólo podemos influir en un pequeñísimo círculo, mientras todo lo demás (incluida la enseñanza) se mantenga igual.
¿Por qué los medios y el poder político encumbran en las máximas alturas los logros deportivos y los retribuyen tan espléndidamente que alguien que tira patadas y golpes con los puños puede olvidarse para siempre, si tiene éxito olímpico, en trabajar y en pensar?  (Algunos deportistas, después de obtener una medalla olímpica, quedan incluso becados de por vida.) Por una sencillísima razón: se convence a una nación de su supremacía en algo trivial que parece relevante, para que nadie se pregunte sobre el propio fracaso de su existencia. Lo que nos venden con imágenes y discursos triunfalistas (sobre cosas nada ilustres y me temo que ni siquiera mínimamente nobles) es la idea de que nos toca un fragmento de gloria chauvinista y de artificial sentimiento patriótico para que nos olvidemos de lo realmente importante: nuestra propia desdicha, nuestra íntima felicidad.
¿Cómo conseguir lectores verdaderamente convencidos por medio de la escuela? No tenemos fórmulas para lograr esto, porque ni siquiera tenemos un mínimo esbozo de lo que podría hacerse. ¿Leer y escribir en la escuela? Ya sabemos cómo se lee y cómo se escribe en ella: a golpes de autoridad. ¿Leer después de la escuela? Ya lo dijo Vizinczey: únicamente los lectores de sensibilidad indestructible consiguen sobrevivir a la educación literaria.
¿Qué hacer entonces? Lo que estamos haciendo ahora, entre lectores. Dialogar, discutir, impugnar y proponer algo sensato en medio de tanta insensatez burocratizada. Porque, si existe un verdadero problema del libro, la lectura y la escritura, éste está fundamentalmente en la escuela, y casi nada puede hacerse para resolverlo en tanto el sistema educativo siga inalterable institucionalmente, como el ejército o la Iglesia; si a los muchachos, renuentes a leer se les sigue obligando, en tercero de secundaria, a despacharse el Quijote en edición íntegra (que es como si los obligáramos a tragarse un libro, como bien advierte García Jiménez); si a mi hijo y a los hijos de los demás, alumnos de secundaria, se les sigue obligando a la glosa, al reporte de lectura y, después de leer de mala o de buena gana el bellísimo poema de Rafael Alberti de Entre el clavel y la espada [“Se equivocó la paloma./ Se equivocaba./ Por ir al norte, fue al sur./ Creyó que el trigo era agua./ Se equivocaba./ Creyó que el mar era el cielo;/ que la noche la mañana./ Se equivocaba./ Que las estrellas, rocío:/ que la calor, la nevada./ Se equivocaba./ Que tu falda era su blusa;/ que tu corazón, su casa./ Se equivocaba./ (Ella se durmió en la orilla./ Tú, en la cumbre de una rama)”], se les aplica un examen donde se les preguntan majaderías como las siguientes: “¿Cuáles son los versos que anuncian el tema principal de este poema?”, “A lo largo del poema, ¿qué versos reiteran el tema principal?”, “La paloma, personaje del poema, comete diversas clases de errores: unos totales, otros parciales, ¿qué versos señalan errores totales?”, “¿Qué versos señalan errores parciales?”, “¿Qué versos otorgan un sentido especialmente simbólico a la paloma?”.
Ante tales preguntas, que exhiben su despropósito, lo más sensato es callarse, ¡pero se trata de un examen! Y, en su momento, mi hijo cometió en él no sólo errores parciales sino también errores totales. Y lo comprendo, porque yo tampoco hubiera podido responder acertadamente (según la Verdad Única de los profesores examinadores) un interrogatorio tan absurdo como ese. Y la conclusión es simple: mientras los profesores sigan sin saber leer y sin saber cuál es el fin de la lectura, seguirán haciendo esta misma clase de exámenes que no sirven absolutamente para nada, salvo para una cosa irrefutable: odiar para siempre la lectura y alejarse de los libros “como si estuvieran encuadernados en la piel del diablo” (la afortunada frase es de Salvador García Jiménez, autor del libro El hombre que se volvió loco leyendo El Quijote).
Muchos de nuestros hijos se volverán locos leyendo el Quijote y respondiendo exámenes para volverse aún más locos y rechazar todo lo que tenga que ver no sólo con el Quijote sino con los libros en general. La educación literaria en la escuela es una absoluta locura, un ejercicio demencial, alejado de la realidad, con el agravante de que ni funcionarios ni asesores ni profesores podrían pronunciar, sensatamente, la afirmación esencial de Alonso Quijano el loco: “Yo sé quien soy”.

La falsa redención del lector
Con reforma educativa o sin ella, lo que puede hacerse es muy poco si no se modifica la educación misma; si los profesores siguen sin saber leer, si los funcionarios siguen sin saber que los profesores no saben leer, y si las máximas autoridades educativas del país siguen creyendo que leer es un verbo que debe conjugarse siempre en imperativo (“¡lee!”) para que todo el mundo lea y se haga lector, a fin de alcanzar supremacías patrióticas lectodeportivas.
Poco podemos hacer si la creencia ilustrada del libro como fetiche nos deslumbra hasta cegarnos, y esa ceguera que invoca todos los lugares comunes culturales es incapaz de razonar cuando establece que el libro por sí mismo nos redime, cuando, para decirlo pronto, confundimos el continente con el contenido y atribuimos al objeto libro valores finales en lugar de virtudes intermediarias.
El libro tiene el mérito de ser un intermediario del pensamiento propio, pero el pensamiento propio puede estar más allá de los libros, como perfectamente lo demostró, y lo encarnó, ni más ni menos que Sócrates. Pobre Sócrates, ¿qué sería de él si hoy, astroso e impresentable, ante nosotros, los ilustrados librescos, hiciera acto de presencia, en la FIL de Guadalajara, por ejemplo, donde se dan cita las figuras literarias “ilustres”? ¿Lo tomaríamos en serio los que creemos que sólo el libro tiene el poder de la redención humana? ¿Escucharíamos acaso lo que tuviera que decir él que no fue autor de libro alguno? Dudo mucho, incluso, que lo dejaran filosofar en alguna facultad de Filosofía y Letras de la universidad menos prestigiada.
¿Por qué no podemos comprender, nosotros los ilustrados librescos y, no pocas veces, los zoquetes inteligentes, que un libro es sólo un soporte y que lo que importa es lo que contiene, lo que soporta, lo que tiene de letra muerta que sólo podemos revivir al preguntarnos y al cuestionarnos ante sus páginas?
Hemos hecho del libro un fetiche y, ante las verdades librescas, que nos parecen absolutas, sin relatividad ninguna, hemos relegado el pensamiento propio, la duda, la desconfianza y todas nuestras capacidades autónomas. El libro es, sin duda, un extraordinario invento y, como decía Jorge Luis Borges, una extensión del pensamiento, pero no tiene por sí mismo el poder supersticioso de transformación que le atribuimos producto de nuestra pereza para pensar, inquirirnos y comprometernos.
Ernesto Sabato lo dice lúcidamente: “También el fetichismo del programa [escolar] pertenece a ese conjunto de males universales, que no por ser universales dejan de ser males. Este último responde a esa tendencia a conferir valor mágico a lo que está impreso, como forma tal vez de compensar psicológicamente las precariedades de la enseñanza real”.
Poco podemos hacer por la lectura y la escritura si la escuela no es un ámbito libre y un lugar para dudar, sino el templo para prosternarse ante la Verdad Única que los funcionarios y los profesores sacan de los libros. Poco podemos hacer mientras la aureola de sacralidad y deber moral que le hemos dado al libro conspire contra la lectura misma.
Esto en cuanto a leer y escribir en la escuela. ¿Y después de ella? No hablemos del después si no hemos podido solucionar el antes. Mientras la escuela siga siendo lo que es (antro cerrado a toda duda), no sólo no tiene futuro, sino que su mismo presente es una falacia.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016) y Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2017).

Modificado por última vez enMiércoles, 27 Septiembre 2017 03:01
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