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UNAM, IPN, Colegio de México, Ibero y Chapingo : Una agenda conjunta para los 50 aos del 68 Destacado

El rector de la UACh, José Sergio Barrales Domínguez; la titular del Colmex, Silvia Elena Giorguli Saucedo; El director general del IPN, Enrique Fernández Fassnacht; El rector de la UIA, David Fernández Dávalos, y el rector de la UNAM, Enrique Graue Wiechers. El rector de la UACh, José Sergio Barrales Domínguez; la titular del Colmex, Silvia Elena Giorguli Saucedo; El director general del IPN, Enrique Fernández Fassnacht; El rector de la UIA, David Fernández Dávalos, y el rector de la UNAM, Enrique Graue Wiechers. IPN

El movimiento de 1968, representado princi-palmente por una franja social, los estudiantes, que recogía los valores y experiencias de varias luchas sociales de décadas anteriores, prota-gonizadas por ferrocarrileros, maestros, médicos, cam-pesinos y en las cuales destacaban un puñado de intelectuales conocidos por su histórica militancia  en la  izquierda, nos reveló una parte oculta de México.
Aquella revuelta estudiantil sacudió a la sociedad y marcó una línea de diferencia con el periodo de 1946-1968 que Carlos Monsiváis calificó como el “reino de la despolitización”.


No obstante, la paz que suponía esa despolitización bien podía ser considerada ficticia o relativa. Veamos por qué: en  ese periodo se producen  las luchas civiles de los henriquistas en 1951-52, de los ferrocarrileros en 1953 y 1959; son detenidos Vallejo, Campa, Siqueiros, entre otros por el delito de disolución social, establecido por el gobierno de Manuel  Ávila Camacho por el estado de excepción provocado por la Segunda Guerra;  de los maestros encabezados por Othón Salazar; estalla la lucha de los politécnicos en 1956 cuya huelga fue sofocada por el ejército, y en varias partes del territorio nacional se dan conflictos locales, para los cuales el gobierno solo tiene soluciones de fuerza. Ésta se impone en  Sonora, Michoacán, Coahuila, Guerrero, Puebla, Morelos.
Obsérvese que el diálogo está ausente. No forma parte de las formas parlamentarias del gobierno que funciona de forma unilateral y centralizadamente.  
Todos estos hechos, donde el gobierno responde y actúa como un tutor autoritario, para la mayoría de la sociedad, sin embargo, no constituyen sino algaradas, revueltas menores, acciones subversivas, se les llamaba para denigrarlas, pero el movimiento de 1968 deviene en un fenómeno único, deriva en otra cosa distinta social y políticamente.
Los estudiantes, organizados de una manera vertiginosa, con la emoción propia de la juventud, pero también influenciados por un ambiente de rebeldía que recorre varias partes del mundo, le plantó cara de manera directa y audaz al sistema, le ofreció un desafío en las calles y a la vez proveyó a la sociedad de argumentos democráticos y constitucionales, abofeteando las formas acartonadas y rígidas del régimen, de tal modo que reveló que el orgulloso milagro mexicano, a unas semanas de un acto celebratorio como el de la Olimpiada en la ciudad de México, que coronaba su éxito, estaba al borde del colapso.
Troceado por el cuchillo de la tarde triste y dramática del 2 de octubre, interpretado de mil modos, el movimiento de 1968 lleva a una conclusión inequívoca quecomo dice uno de los firmantes del histórico manifiesto del 2 de octubre, Gerardo Estrada, merece una definición que se entienda en su magnitud más exacta: “el 68 es el hecho político más relevante de la segunda mitad del siglo XX mexicano, porque conjunta la voluntad de resistencia, la lucidez de las multitudes que marchan y un espíritu que admite el calificativo de heroico, enfrentados al aparato del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, el PRI “como un solo hombre”, el poder legislativo (con unas cuantas excepciones), el Poder Judicial ( como una sola sentencia amañada), los jerarcas católicos, los miembros de la élite, la gran mayoría de los medios informativos”.

Conmemoración conjunta
Las escaramuzas del 26 de julio, las provocaciones de la policía política, los infiltrados, la macanizas de los granaderos, las persecuciones, las detenciones, el 2 de octubre, los presos, los juicios, los expulsados del país, el discurso sarmentoso del presidente y de sus funcionarios, fueron la prueba evidente de que el movimiento se enfrentó a un gobierno que no renunció nunca a la posibilidad de utilizar la violencia como vía de solución primaria al conflicto.
Se supo de acercamientos entre el gobierno y los estudiantes; fueron tardíos y no hubo tiempo para la negociación. Las balas de Tlatelolco lo impidieron. Y quienes ordenaron dispararlas.
Pese a todo, la lección del 68 es imborrable. La lección de democracia aún pervive. Por ello, el acuerdo de las universidades Nacional Autónoma de México, Autónoma de Chapingo, Iberoamericana, así como el Instituto Politécnico Nacional y el Colegio de México, de organizar y coordinar de manera conjunta “la elaboración del programa de actividades para conmemorar los 50 años del Movimiento Estudiantil de 1968”, es un acierto contundente.
Que hayan sido los titulares de las instituciones, Enrique Graue Wiechers (UNAM), Enrique Fernández Fassnacht (IPN), Silvia Elena Giorguli Saucedo (Colmex), David Fernández Dávalos (Ibero) y José Sergio Barrales Domínguez (UACh), los firmantes del acuerdo y de manifestar el significado de esta conmemoración, le da a la decisión una mayor relevancia, una mayor fuerza moral.
Reconocen, con el peso de sus instituciones y de su autoridad académica e intelectual, la importancia histórica del movimiento, le dan un valor superior a la trascendencia de la lucha por la democracia; honran el esfuerzo de aquella generación de luchadores sociales —muchos de ellos ya ausentes— afectados por el idealismo de hacer de México un país democrático, limpio de corrupción y de violencia. Que ése fue y sigue siendo su sueño.  

Jorge Medina Viedas

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