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El rector de la UNAM, Enrique Graue Wiechers; el director general del IPN, Enrique Fernández Fassnacht, y el nuevo rector de la UAM, Eduardo Abel Peñalosa Castro. El rector de la UNAM, Enrique Graue Wiechers; el director general del IPN, Enrique Fernández Fassnacht, y el nuevo rector de la UAM, Eduardo Abel Peñalosa Castro. Especial

Si alguien llega a ser rector de una universidad y se deja llevar por los pequeños intereses personales, es seguro que su gestión será un fracaso.
Un rector o un director de una institución de educación superior comete una grave equivocación si su propósito en el cargo es triunfar, como si administrara una empresa privada o un equipo de futbol.


La universidad es una entidad social, plural y compleja cargada de sabiduría. Importa mucho recordar que su naturaleza y su responsabilidad social deben estar por encima de un programa o un plan de acción que parten de una fecha y concluyen en otra.
Además, no se debe ignorar que la universidad no está solo, como algunos creen, para cumplir el papel instrumental de formar profesionistas, ser un laboratorio de investigación o un conservatorio de cultura; y sí debe estar, lo advertía con sapiencia don Jaime Torres Bodet, para cumplir su aptitud más augusta, que es la de “modelar caracteres de hombres capaces de entender, ayudar y querer a otros hombres”, que es lo que hace posible el desarrollo, la prosperidad y la paz de los pueblos, fin este último, anhelado con ansia en los tiempos inmediatos de la posguerra y la guerra fría en el siglo pasado.
Sin embargo, la universidad debe ser considerada por su propia comunidad, ahora y siempre, no importa se trate de un modesto establecimiento de la provincia de un país o el de mayor raigambre, “el órgano supremo y adecuado de la educación nacional y espiritual de la nación”.
A esa conclusión se debe llegar a partir de una concepción pero también de una creencia y una convicción. Quien se pone al frente de ella, entonces, debe comprender que gobierna una “sociedad” formadora de ciudadanos.  Ha de asumir, por esa razón, que siendo un edificio científico de tal dimensión política, debe basar sus actos en el pensamiento libre y autónomo creado por el hombre, en el saber teórico y empírico que proporciona ojos y oídos al que enseña y al que aprende, y en el conocimiento y el estudio que libran una batida permanente contra el prejuicio y el dogma.
Pero hay que preguntarnos también: En un país como el nuestro, en las condiciones de desquicio moral y violencia, en una sociedad en la que políticos hervidos de soberbia no han hecho mayor cosa para construir (y reconstruir) tejidos y nervios en un cuerpo social cuya densidad ha crecido sin un proyecto mayoritariamente consensuado, ¿Es posible que las universidades, los establecimientos científicos de nivel superior, puedan cumplir nítidamente  ese papel de órganos  capaces de educar social, política y éticamente a la sociedad, de ayudar a su desarrollo, incluso?
México es un mosaico—y redundo— donde predomina lo diverso. En Ciudad de México, en lo concreto, se condensan muchos de estos desequilibrios, y como gigantesco foco urbano, en muchos aspectos de su vida social es un laboratorio de lo criminal y lo sublime. Sus manifestaciones son parte de nuestro paisaje diario. Está en el registro diario de la prensa: lo antagónico de esta compleja cotidianidad está en las calles, en la noche y en el día de una ciudad que abruma e ilusiona. ¿No fueron demostración de ello los expedientes rescatados de los sismos recientes, facetas indiscutibles de las contradicciones económicas, sociales y morales? ¿No son otras pruebas irrefutables las tensiones que produce la creciente inseguridad, la corrupción y la descomposición social?
Pues aquí mismo, como parte de estas paradojas, también se encuentran la UNAM, el IPN y la UAM, con la diferencia de que  tres de las más grandes instituciones de educación superior del país, sumando sus fortalezas educativas, técnicas y científicas, pueden darle una solución positiva a los problemas que enfrentamos.
Hay razones para pensar de esta manera: Las comunidades universitarias de todo el país dieron una prueba de sensibilidad ante la tragedia provocada por sismos de septiembre.
Y tiene mucho sentido, por ello, la reunión que hace unos días celebraron en la rectoría de la Universidad Autónoma Metropolitana, el rector de la UNAM Enrique Graue, el director del IPN Enrique Fernández Fassnacht, convocados por el nuevo rector de la UAM, Eduardo Abel Peñalosa Castro, en la cual uno de los temas principales fue, justamente, el de trabajar unidos a favor de la sociedad.
No serán, pues, nuestras instituciones de educación superior, para fortuna de las generaciones futuras, ni torres de marfil, ni “casas de sabios que enseñan”.  

Jorge Medina Viedas

Modificado por última vez enJueves, 26 Octubre 2017 01:25
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