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Los universitarios y El libro vaquero Destacado

La formación cultural debería proporcionarnosla posibilidad de distinguir en algo tan aparentemente subjetivo como los gustos. La formación cultural debería proporcionarnosla posibilidad de distinguir en algo tan aparentemente subjetivo como los gustos. Shutterstock/ Especial/Ricardo Reyes

Con motivo de la nueva edición, definitiva, de mi libro ¿Qué leen los que no leen? (Editorial Océano, 2017), me han hecho varias entrevistas, y una de ellas, muy incisiva, fue la del programa “Primer Movimiento” de Radio UNAM. Explico esto porque, ahora en Campus, retomo uno de los temas abordados en esa conversación. Cuando me referí a Jaime Rodríguez Calderón, “El Bronco”, gobernador de Nuevo León (quien ahora quiere ser Presidente de México), mencioné el hecho vergonzoso de que, en su caso, haya pasado por la universidad, por la educación superior (es agrónomo por la UANL), y que, pese a ello, su lectura favorita, pregonada por él mismo, sea el cómic El Libro Vaquero. Se enorgulleció de ello cuando era candidato y luego lo reiteró en la 29 Feria Internacional del Libro de Monterrey ya como gobernador.


La pregunta que siguió a mi comentario es la que marca la pauta de este artículo. “¿Los universitarios no deben leer El Libro Vaquero?”, me preguntó una de las entrevistadoras. La pregunta parece neutra, pero no lo es. No equivale a preguntar “¿está caluroso el día?”, “¿el café está caliente?”, “¿lloverá hoy?”. No. El elemento que quita la neutralidad a la pregunta es el verbo “deber” que, como todos saben, implica obligación, imposición, responsabilidad o exigencia. Mi respuesta fue, más o menos, la siguiente:
Los universitarios pueden leer lo que quieran, lo que se les pegue la gana, pero es muy vergonzoso que los gobernantes y altos servidores públicos (que “gobiernan” y “sirven” a la sociedad con los recursos de los impuestos), como es el caso de “El Bronco” en Nuevo León, promuevan y difundan sus gustos muy personales y sus limitaciones intelectuales, desde un cargo de poder, cuando su obligación es elevar el nivel cultural y educativo de los gobernados.
Hoy añado a eso lo siguiente: Que “El Bronco” lea, fascinado, El Libro Vaquero (que, por cierto, no es un libro, sino una historieta) tan sólo revela que, en su persona, la educación universitaria tuvo un estrepitoso fracaso, pero que promueva este gusto y esta limitación intelectual desde la figura de poder que representa es una desgracia cultural no sólo para los nuevoleoneses, sino para el país en su conjunto. Es una muestra de la enorme incongruencia, que ya señalaba Juan José Arreola en La palabra educación (1973), de haber pasado por la educación superior y no haberse transformado no ya digamos en esencia, sino ni siquiera en apariencia.
Comenté también en la entrevista: ¿No fue acaso este mismo gobernante el que sacó del aire un programa radiofónico público de música clásica para poner, en su lugar, otro de música de banda? Esto habla de que sus gustos personales y sus limitaciones culturales se trasladan al ejercicio de gobernar, e influyen o tratan de influir en las personas a las que gobierna, lo cual hace, por cierto, con dinero público. Esto es, promueve y difunde sus limitaciones culturales mediante el aparato de un poder desde el cual impone decisiones.
Volvamos a la pregunta, incisiva y, en gran medida, capciosa, que me formularon en Radio UNAM: “¿Los universitarios no deben leer El Libro Vaquero?”. El verbo “deber” remite a obligaciones y prohibiciones. Y nadie, en términos de lectura (y de otros derechos), tendría que decidir, por nosotros, lo que se debe leer y lo que no. Muy distinto sería, en cambio, que el doctor Enrique Graue Wiechers, Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, salga a decir (es un ejemplo descabellado, por supuesto, pero que sirve muy bien para que las cosas se comprendan perfectamente) que su lectura favorita es El Libro Vaquero y que, por lo que respecta a la música, lo que le fascina, por encima de todo, no es Mozart ni Carlos Chávez ni Silvestre Revueltas, sino el reguetón y especialmente la canción “Cuatro Babys” de Maluma, porque la encuentra sublime.
¿Qué significaría esto? Admitir que la universidad, que la educación superior, no sirve para nada. Ser universitario, pasar por la universidad, egresar de ella, hasta con maestrías y doctorados, para que el más elevado placer cultural e intelectual del profesionista sea la lectura de El Libro Vaquero es haber echado a la basura el dinero de los impuestos: haber dilapidado la inversión pública en educación superior.
Distinguir es comprender. No se necesita ir a la universidad para hacer de El Libro Vaquero nuestro mayor disfrute intelectual. De hecho, en mi libro ¿Qué leen los que no leen? planteo que la lectura está determinada por los contextos social, económico y educativo. Quienes agotan El Libro Vaquero y otras publicaciones similares en los puestos de periódicos pertenecen en gran medida a un sector que no fue a la universidad, que tiene bajos niveles de escolarización y casi ningún acceso a la cultura. No es culpa de ellos. Es culpa de un sistema político y económico que hace de la situación de estas personas prácticamente una fatalidad.
Pero ser universitario, en un sistema así, es prácticamente un privilegio. Explico en mi libro: Somos demasiado severos para clasificar y calificar a los que no leen (lo que queremos que lean), y no se quiere o no se puede comprender que los que no leen, leen lo que tienen a la mano (y a veces leen mucho más que los “cultos”), porque, entre otras cosas, los grandes vendedores de baratijas poseen un emporio y un imperio de publicaciones que saben identificar perfectamente a su destinatario cautivo, a su público. ¿Por qué no leen a Shakespeare o a Balzac en vez de leer esa o aquella revista farandulesca? Porque los medios electrónicos, y sobre todo la televisión (cuyos dueños, por cierto, a menudo son los dueños también de las empresas que publican las revistas farandulescas y similares) tienen una estrategia mercantil de formación (y de deformación) de públicos ante cuyo poder es imposible que compita la mercancía artística. Y, encima de eso, discriminamos a los que no leen. No nos pasa por la cabeza (y menos por el corazón) que el problema es estructural y mercantil, no biológicamente atávico. Los que no leen, leen lo que está cerca de su realidad o lo que sienten como propio entre sus fantasías. La televisión se ha convertido en su rectora de lecturas.

Negar el espíritu universitario
Recuperemos la pregunta: “¿Los universitarios no deben leer El Libro Vaquero?”. Igual podría preguntarse: ¿Los universitarios no deben escuchar reguetón?, ¿los universitarios no deben fumar mota?, ¿los universitarios no deben decir “güey”?, ¿los universitarios no deben creer en Jaime Maussan?, ¿los universitarios no deben creer en fantasmas?, ¿los universitarios no deben ver telenovelas?
¿Quién podría, salvo por reglamentos administrativos internos de las universidades, dictaminar lo que los universitarios deben o no deben hacer, básicamente en el campus (ya que no en su casa o en cualquier otro sitio? Y, puesto que son adultos, pueden incluso (y no sólo los universitarios), como muy bien lo advierte John Stuart Mill, en Sobre la libertad, hacer con su vida lo que les apetezca (incluso renunciar a ella) en tanto no perjudiquen la libertad de los demás. Pero es obvio que una parte esencial del universitario (de quien ha accedido a la educación superior) queda negada en el momento mismo en que, incongruentemente, realiza acciones y sostiene creencias opuestas por completo al espíritu racional y crítico que presuntamente aprendió en las aulas universitarias. Todos tenemos derecho nuestras contradicciones, pero los universitarios niegan su ser cuando, con incongruencia, se muestran como si no hubieran pasado no ya digamos por la universidad sino ni siquiera por la escuela.
Los universitarios y los no universitarios pueden hacer lo que quieran, pero mientras más nieguen el espíritu de la universidad, más evidente se hará que la educación superior ha fracasado. El punto central del debate no es dictar lo que deben o no deben hacer los universitarios o las personas en general, pues esto sería justamente una dictadura del gusto y los intereses de quien “teniendo poder bastante”, como dice Mill, coarta la libertad de los demás. El punto central del debate es saber si, por ejemplo en términos de lectura y cultura, da lo mismo haber ido a la universidad que no haber pasado por ella. Y, si fuimos a la universidad, y ésta no amplió nuestros horizontes sensibles, culturales e intelectuales (al grado de ser nuestra lectura favorita El Libro Vaquero, y no Pedro Páramo ni Hamlet ni Madame Bovary ni La divina comedia ni los Ensayos de Montaigne ni los poemas de Quevedo, Machado, Neruda o Vallejo, etcétera), ¿cuál fue la ganancia social e individual de haber destinado recursos a la educación superior?
¿Cómo caracteriza Carlos Fuentes la universidad en su libro En esto creo (2002)? Así: “En la universidad aprendemos [...] que nuestro pensamiento y nuestra acción pueden fraternizar. [...] Pero la universidad es un estadio ―el superior, sin duda― de un proceso educativo que parte de la escuela primaria y se prolonga hoy en la escuela permanente: la educación vitalicia. [...] No hay progreso sin conocimiento y no hay conocimiento sin educación”.
Esta idea de Carlos Fuentes es, sin duda, vasconcelista, pues en su discurso del 4 de junio de 1920 (el discurso más valiente que haya pronunciado funcionario alguno en México), al tomar posesión como Rector de la Universidad Nacional, José Vasconcelos afirmó con la vehemencia que le caracterizaba: “Llego con tristeza a este montón de ruinas de lo que antes fuera un Ministerio que comenzaba a encauzar la educación pública por los senderos de la cultura moderna. La más estupenda de las ignorancias ha pasado por aquí asolando y destruyendo, corrompiendo y deformando. [...] La pobreza y la ignorancia son nuestros peores enemigos, y a nosotros nos toca resolver el problema de la ignorancia. [...] Las revoluciones contemporáneas quieren a los sabios y quieren a los artistas, pero a condición de que el saber y el arte sirvan para mejorar la condición social de los hombres”. Para Vasconcelos, la Universidad tenía sentido y cumplía su más elevado propósito si trabajaba, como efectivamente él lo hizo, en lo que denominó la “redención nacional”.
Resulta claro, hoy, que ningún universitario contribuye a esa redención nacional propagando y encomiando El Libro Vaquero que, sin embargo, es lectura habitual y hábito comprensible entre personas de escasa escolaridad precarios medios económicos.

Superación intelectual
Cuando la universidad no solamente procura escolarización, habilidades y destrezas, sino también, y sobre todo, formación humanística, sensibilización cultural y superación de las limitaciones, incluso algo tan aparentemente indiscutible como el “gusto” se modifica y se refina, pues el desarrollo del gusto es parte de un proceso de educación que agudiza la sensibilidad y profundiza la inteligencia haciéndonos capaces de distinguir, de diferenciar, de discernir entre Balzac y Yolanda Vargas Dulché, entre Stendhal y Corín Tellado, entre Mozart y Daddy Yankee.
Sólo habiendo pasado de noche por la universidad alguien puede creer que los libros de Yordi Rosado y Gaby Vargas son tan buenos, o mejores, que las Cartas a Lucilio de Séneca o que La conquista de la felicidad de Bertrand Russell, o bien que la música y las canciones de Maluma son tan profundas, bellas e inteligentes como la “Canción mixteca”, de José López Alavez, o “La martiniania”, de Andrés Henestrosa. La falta de refinamiento del gusto forma parte de la ignorancia a la que se refería Vasconcelos y que la educación universitaria (si es verdadera educación y no únicamente escolarización) mitiga o abate.
No hay que ser necios ni demagógicos en aras de la corrección política: si pasamos por la universidad y salimos de ella igual que como entramos, la universidad no nos ha servido para nada. Equivale, en la cultura, y en la lectura, a lo que alguna vez planteó George Steiner: “Quien haya leído La metamorfosis de Kafka y pueda mirarse impávido al espejo será capaz, técnicamente, de leer la letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta”.
Esto quiere decir que la lectura, la educación y la formación cultural nos proporcionan, o deberían proporcionarnos, la posibilidad de incluso distinguir en algo tan aparentemente subjetivo (pero, a la vez, tan evidentemente racional) como los gustos. En su Nueva guía de descarriados, José Fuentes Mares advierte que quienes repiten, irresponsablemente, que sobre gustos no hay nada escrito es porque sencillamente no han leído lo mucho que se ha escrito sobre los gustos. Existen luminosos libros sobre la sociología del gusto en la literatura, como El gusto literario, de Levin L. Schücking, o de la estética del gusto, como la Teoría literaria de René Wellek y Austin Warren. Y también lúcidas disertaciones sobre la formación intelectual e emocional, en el desarrollo de la cultura literaria, como El canon occidental, de Harold Bloom. Entonces que nadie venga a decir que sobre gustos no hay nada escrito para justificar que se puede pasar por la universidad y salir de ella con el más firme gusto literario de El Libro Vaquero y el ¡Sensacional de Traileros!
Al respecto, José Fuentes Mares nos regala este orientador sarcasmo: “Cuando uno es joven e inmaduro suele admitir que sobre gustos no hay nada escrito, más todavía si lo oyó en latín y en labios del cura del pueblo, empeñado en probar que las acuarelas de su sobrina eran tan buenas como los cuadros de Picasso. Pero con los años se adquiere la malicia necesaria para saber que quienes dicen que sobre gustos no hay nada escrito son seres que no fueron a la escuela en su vida, pues de haber ido sabrían que precisamente sobre gustos se han escrito bibliotecas enteras. Que los gustos cambien no significa que nada se haya escrito a su respecto, y justamente por eso, porque cambian, hace cien años un cuadro de El Greco se compraba por poco dinero, y las pinturas negras de Goya eran objeto general de desprecio”.
Y agrega, dándole la razón a Vasconcelos: “La verdad es que cuando los indocumentados afirman que ‘sobre gustos no hay nada escrito’ no quieren decir que los gustos cambian, sino hacer tabla rasa con los valores que el hombre consagró en su larga lucha en pos del bien, la verdad y la belleza”. ¿De qué sirve ir a la universidad si, ya titulados y hasta con maestrías y doctorados, nos da lo mismo Shakespeare que Chespirito o, peor aún, preferimos a éste que a aquél?
La verdadera educación superior no únicamente desarrolla la inteligencia y, en general, los sentidos y el conocimiento; desarrolla también el gusto, porque lo refina racional y emocionalmente. Lo que ocurre es que son muchas las personas que sólo ven en la universidad grados, credenciales y estamentos jerárquicos de escolaridad, y siendo así se puede ser graduado en psicología y carecer de control emocional o graduado en filosofía y carecer de la más mínima noción de ética, del mismo modo que se puede ser graduado en literatura y no comprender la diferencia abismal que hay entre Tolstói y Carlos Cuauhtémoc Sánchez.
Para Russell, “uno de los defectos de la educación superior moderna es que se ha convertido demasiado en el aprendizaje de ciertas especialidades, y demasiado poco en un ensanchamiento de la mente”. Es esto en realidad lo que propicia, por ejemplo, el frecuente equívoco de que se es “filósofo” porque se ha egresado de la carrera de filosofía. En realidad, no. Para ser filósofo se necesita filosofar, como Sócrates o como André Comte-Sponville, aunque el primero no haya egresado de universidad alguna.
Para concluir, volvamos a la pregunta capciosa: “¿Los universitarios no deben leer El Libro Vaquero?”. ¿Quién podría impedírselos? Pueden leerlo cuando se les dé la gana. Pero si creen, y además pregonan (desde los más altos puestos del poder y del gobierno) que esa lectura es lo más extraordinario que puede alcanzar su inteligencia y su disfrute, la universidad (la educación superior), no ha servido absolutamente para nada. 

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016) y Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2017) y ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva).

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