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La imagen pública de las Instituciones de Educación Superior Destacado

La imagen se ha convertido en un nuevo referente en los espacios donde se toman decisiones importantes para la sociedad; no es raro encontrar directivos de importantes organizaciones recurrir a la experiencia y conocimiento de quienes hemos aprendido algo de esta área del conocimiento que enseña, entre otras cosas, a manejar la percepción.
En gran medida, el éxito de esta disciplina obedece a la tenacidad de Víctor Gordoa, Rector del Colegio de Imagen Pública (primera facultad en estos temas en el mundo), quien ha logrado posicionar estos conceptos en espacios tan diversos como los gobiernos, las campañas políticas, el deporte y los negocios, por citar solo algunos.


En el área educativa, me parece que sigue siendo una asignatura pendiente, porque con el paso de los años, muy pocas instituciones educativas se preocupan por mostrarse positivamente ante sus interlocutores, y asumen que su talento académico es suficiente para ser “grandes”; si bien es un elemento fundamental, considero que es importante complementarlo con acciones que paulatinamente les pueden ofrecer una mejor visibilidad, sustentada en cambios de paradigma que pueden ser la diferencia entre una buena o una excelente institución.
Por principio, imagen es percepción, y ésta es un proceso en el que involucran aspectos físicos como psicológicos de todo ser humano, los sentidos juegan un rol importante porque es a través de ellos que se generan experiencias que posteriormente se transforman en imágenes mentales.
La imagen pública tiene 13 axiomas, entendidos como reglas básicas para su construcción y que es importante tener en mente: esbozaremos algunos de ellos y su pertinencia en las universidades.
Primero, es inevitable tener una imagen; todos hemos construido una, aunque no estemos conscientes de ello.  Es decir, nos guste o no, siempre estaremos en boca de los demás por todo aquello que suceda en nuestros espacios, por lo que es importante estar comunicando permanentemente aquellas fortalezas que poseemos, en lugar de dar voces a las grillas o golpes bajos con fines obscuros; eso se permea socialmente y puede influir en la percepción positiva o negativa del espacio educativo.
Segundo, el proceso cerebral que decodifica los estímulos toma unos pocos segundos, es decir, generar una buena impresión es cuestión de nada, por lo que, por ejemplo, todo aquello que involucre protocolos debe cuidarse al punto de la perfección para generar en el interlocutor una idea de “bien hacer” que impactará positivamente.  
Tercero, la mente decide basada mayoritariamente en sentimientos, por lo que abordar temas sensibles requiere, no solo de habilidad discursiva, sino de un alto grado de congruencia en quienes representen a las instituciones.  Decir una cosa (con evidencias de audio que lo comprueban), para luego desdecirse y, finalmente, acabar haciendo lo que todo mundo ya sabía, resulta un atentado grave contra la inteligencia de las personas.  Nada puede afectar más las relaciones humanas en las organizaciones que dimes y diretes que sean mentiras.
Cuarto, la imagen es dinámica, por lo que debe tener un plan de mantenimiento constante, de ahí que la popularidad de algunas personas baje sustancialmente mientras se cumple su periodo de mandato, no basta con hacer propuestas, hay que llevarlas a la práctica; dormirse en los laureles no es opción.
Quinto, la eficacia de una imagen irá en relación directa con la herencia de los estímulos que la causen: no se puede ir contracorriente, si bien es importante establecer un sello particular, también lo es reconocer la historia de la organización, reconocer a héroes y villanos, entendiendo que no todo pasado fue malo y que cada miembro de la organización merece un trato respetuoso, digno y profesional.
Sexto, siempre será más difícil reconstruir una imagen que iniciar desde cero: cuando una institución pasa por un mal momento, y este afecta su imagen pública,  será muy difícil reconstruirla, pues una vez que el imaginario colectivo percibe algo como “malo”, revertir la tendencia resulta misión imposible (pregunten a tanto y tanto político que, aún sin cola que les pisen, caen en la generalización que mata).
Séptimo, la imagen del titular permea en la institución: Un Rector gris, hará de la universidad una instancia gris; un titular que se perciba ilegítimo, llena de ilegitimidad a quien representa. Particularmente en este punto, se ha desatendido la esencia de la imagen, ya que en las Instituciones de Educación Superior en las que las designaciones se hacen a través de Juntas de Gobierno (entiéndase “notables”), no siempre se dan explicaciones convincentes para sustentar sus decisiones, y lejos de contribuir a la sinergia, favorecen el sospechosismo que pone al “elegido” en desventaja de origen.  Si además, éste no tiene comunicación con la gente y se instala en el trono porque “es cosa juzgada”, su trayecto será permanentemente cuestionado.
Además de lo referido, se debe trabajar en la imagen física de funcionarios que tienen la representatividad de las universidades; entiendo que hay puntos de vista divergentes, pero aludiendo al adagio clásico, “para ser torero hay que parecerlo”, considero importante establecer códigos de imagen física (vestimenta, elocuencia) que a golpe de vista, hablen bien de la institución.
Un referente natural es el Dr. Juan Ramón de la Fuente, ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, que más allá de sus capacidades personales y profesionales, logró posicionar una extraordinaria imagen pública por su carisma, elocuencia y pulcritud en exceso; sutilezas que le han convertido en un personaje diferente, no solo en la academia, sino a nivel nacional.
Rectores, Directores, Secretarios particulares y demás funcionarios que “son” la institución en los foros que visitan, deben representar autoridad, bajo el argumento de que una imagen física es satisfacer la necesidad que tienen las personas de agradar, distinguirse y darse a conocer para lograr un objetivo determinado. Un funcionario que se presenta a un acto protocolario en jeans, denota un desdén por las formas, cuando desde siempre se sabe que “forma es fondo”.  Lo mismo sucede con aquel que, no solo utiliza “amuletos” (cada quien sus creencias), sino que los exhibe en su vestimenta diaria, o quien porta zapatos sin lustrar o cabello desalineado.
Finalmente, solo a partir del manejo de la ética, quien interviene en el proceso de creación de una imagen pública será capaz de hablar de calidad, respeto y cooperación, en beneficio de su institución.

David Alejandro Díaz

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