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La docencia y la política como vocaciones Destacado

El catedrático de derecho español Pedro Vega; Rafael Segovia y el director del Centro de Estudios Internacionales, Lorenzo Meyer, en el Primer Encuentro Hispanoamericano de Científicos Sociales en 1978. El catedrático de derecho español Pedro Vega; Rafael Segovia y el director del Centro de Estudios Internacionales, Lorenzo Meyer, en el Primer Encuentro Hispanoamericano de Científicos Sociales en 1978. Especial

Rafael Segovia fue un maestro excepcional pero aún más en las conversaciones en corto, en las tertulias, en las sobremesas y en su casa, que en el aula. En mi caso personal se esmeró mucho más en transmitirme su erudición histórica y sus conocimientos de historiografía francesa, así como su amplio conocimiento de la historia de las ideas políticas, que en formarme mediante el arsenal de sus originales ideas sobre el sistema político mexicano, que es lo que más aportó a muchos otros de sus más distinguidos alumnos y amigos. Fue por él que leí detalladamente, por ejemplo, a Tocqueville, a los doctrinarios franceses y a los monarcómacos, así como las brillantes aportaciones de Raymond Aron a la teoría de la historia,  las etapas del pensamiento sociológico y sus ensayos polémicos contra los “marxismos imaginarios” de Merleau-Ponty, Althusser y, sobre todo, Jean Paul Sartre. Segovia dominaba magistralmente no sólo los textos teóricos de Sartre para entender la transición del existencialismo al marxismo de su crítica de la razón dialéctica, sino también sus artículos de polémica política sobre el fantasma de Stalin, los comunistas y la paz, la guerra de Argelia y el liderazgo plebiscitario del general De Gaulle en la V república francesa. Y por supuesto que la brillante respuesta de Raymond Aron a todas las cuestiones, lo mismo en su crítica a Sartre que a Merleau-Ponty y Albert Camus.  


Creo también que, por lo menos en mi caso, Segovia siempre prefirió la polémica en corto y no tanto pontificar desde la atalaya de su cátedra magistral, y para eso disfrutaba mucho sorprenderme con aspectos no tan conocidos de los diversos textos de Aron, a veces para demostrarme la manera insuperable en que interpretaba a Max Weber, en otras para exhibir la ingeniosa manera en que combatía el opio de los intelectuales y en otras más para mostrarme el tipo ideal de la explicación histórica, política o socio-económica mediante el versátil análisis de las dieciocho lecciones sobre la sociedad industrial o la conceptualización de la democracia y el totalitarismo o el ensayo sobre las libertades. La lectura de esos textos que seguí en mi aprendizaje informal con él, mucho después de haber tomado sus cursos, me permitió entender mejor el sentido de algunos temas de ensayo que nos había dejado originalmente como examen, por ejemplo para usar el análisis contrafactual e imaginar, con el rigoroso control de la categoría de la “posibilidad objetiva”, qué hubiera sucedido si los girondinos no hubieran sido avasallados por los jacobinos en la etapa inicial de la Revolución francesa, o reflexionar sobre hasta qué punto Napoleón fue un continuador o un traidor a los ideales y principios de esa Revolución. En la lectura de las tesis doctorales de Aron y en sus ensayos sobre las dimensiones de la conciencia histórica se encontraba el detallado fundamento metodológico de una teoría de la causalidad histórica basada en el cálculo retrospectivo de posibilidades (¿qué habría pasado si...?) para responder esas preguntas y resolverlos de acuerdo a una forma de análisis que Aron remitía a veces de manera expresa, y en otras de manera implícita, a los ensayos metodológicos de Max Weber. Así descubrí la enorme importancia que el “hubiera” tiene para los juicios de imputación histórica; que la mayoría de los grandes historiadores tiene que usar el análisis contrafáctico de causalidad histórica tal y como Isaiah Berlin se lo demostró a Edward Hallet Carr en su polémica sobre la libertad, el determinismo y la “inevitabilidad” del proceso histórico; que hay por ello un mismo estilo de análisis histórico con respecto a estas cuestiones en Aron, Max Weber, Berlin y Popper quienes, por cierto, también comparten una posición política liberal de última instancia; y sobre todo que, en contra de lo que repiten muchos políticos ignorantes de estos textos y esta forma de análisis, el “hubiera” sí existe y tiene que existir para poder formular juicios de imputación histórica y sobre todo de responsabilidad moral. Por supuesto que esto sólo puede hacerse mediante el riguroso control de lo tipificado por  Max Weber en su categoría de la “posibilidad objetiva”, pero para ello se requiere un amplio y preciso conocimiento de todos aquellos factores que influyeron, o pudieron haber influido como variables dependientes o independientes, en la gestación de un determinado acontecimiento histórico, sea éste la batalla de Maratón, el cruce del Rubicón, el tamaño de la nariz de Cleopatra, la batalla de Celaya, la llegada a la estación de Finlandia, o el asesinato de Luis Donaldo Colosio.
Por la vertiente específicamente de corte político de Segovia aprendí dos cosas: a calibrar bien las virtudes y no sólo los defectos del sistema político mexicano establecido desde hace un siglo, y a comprender la importancia  de la Realpolitik y la ética de responsabilidad en el liderazgo político. Lo primero tiene mucho que ver con su perspectiva del alto costo que pagó España por su Guerra Civil y que contrasta con el orden, la estabilidad política y la continuidad constitucional de los gobiernos civiles que se han sucedido en México desde 1946 y que acabaron por configurar lo que ha sido denominado por otros “el excepcionalismo mexicano” en el contexto de todos los sistemas políticos de habla hispana desde hace un siglo.
Lo segundo tiene que ver mucho más con la teoría política y se refiere a la temprana lectura de La política como vocación de Max Weber, en la traducción de la edición francesa que se editó con un estudio introductorio de Raymond Aron y que en español se publicó en 1967 con el título de El político y el científico (en alemán nunca se publicó un libro de Weber con ese título). En esa conferencia Weber estableció la célebre diferencia entre el político regido por una ética de responsabilidad que calcula las consecuencias de su acción y está dispuesto a negociar y hacer compromisos en aras de alcanzar un resultado pragmático y responsable, y el político regido por una ética de convicción basada en principios fundamentalistas inconmovibles, sin importarle las consecuencias de no negociar y sin estar dispuesto a hacer ningún tipo de compromiso que contravenga el fundamentalismo de sus principios y convicciones. Max Weber no consideraba aconsejable que un estadista se rigiera por una ética de principios inconmovibles. Hombres así deben quedar fuera de la acción política o por lo menos de la responsabilidad del estadista, pues lo mejor es que éste se rija exclusivamente por criterios consecuencialistas basados en una acendrada ética de responsabilidad con fundamento en una combinación equilibrada de pasión y mesura, a fin de evitar los riesgos a los que conduce el demagogo profesional con sus veleidades y vanidades, que también acaban por ser desastrosas para el bien del Estado. Aparentemente Max Weber polariza aquí a la convicción y al éxito cuando aborda la relación entre ética y política, pues si la ética de convicción obedece exclusivamente al valor de un principio fundamentalista, la ética de responsabilidad aparentemente obedece exclusivamente al valor del éxito, y por ello pudiera pensarse que para Weber este segundo tipo de ética es la que fundamenta la acción de un político realista que practica el arte de lo posible. Y aunque también ya ha sido señalado que estos dos tipos de ética son más bien construcciones típico ideales que en la práctica de la acción política aparecen combinadas con el mayor o menor predominio de cada una de ellas, lo cierto es que Max Weber parece expresar, sobre todo en sus escritos políticos, el uso de una distinción tripartita y no una mera polarización entre ambos tipos de ética. En efecto, la política de responsabilidad está ubicada en cierto modo entre la política de convicción y la política realista. Y aunque al igual que el político realista, un político responsable tiene siempre en cuenta el valor del éxito, no obstante tiene que ponerlo también en relación con un valor de convicción por la prudencia de los medios que se usan para alcanzar un determinado fin, cosa que no hace el tipo puro del político realista.
De tal modo que mi lectura de la obra de Max Weber, especialmente la de sus escritos políticos, estuvo influida de manera muy importante por discusiones con ejemplos concretos por mis maestros, primero por Rafael Segovia en El Colegio de México y después por Steven Lukes en Oxford y por Wolfgang Schluchter en Heidelberg.
Aún más importante resulta pertinente reconocer que Rafael Segovia merece ser valorado por lo que representó e hizo durante varias décadas y muchas generaciones con sus actividades docentes, administrativas y directivas en la configuración y consolidación del Centro de Estudios Internacionales en El Colegio de México, y en general por lo que simboliza hoy para esta institución.   Segovia fue uno de los frutos más jóvenes de aquella inmigración de republicanos españoles que llegaron a México entre 1936 y 1940. Con su incorporación a El Colegio de México a principios de la década de los años sesenta, inicio una labor pionera en la formación humanista y técnica de generaciones enteras de politólogos, internacionalistas, historiadores, sociólogos, escritores, diplomáticos, políticos y funcionarios públicos del México contemporáneo. Fue uno de los primeros directores y configuradores de la revista Foro Internacional, uno de los más importantes directores del CEI y el único que ocupó ese cargo en tres ocasiones diferentes para, entre otras cosas, crear la licenciatura en Administración Pública. En el Centro de Estudios Históricos sus clases tuvieron una influencia decisiva en la formación de algunos de los más distinguidos historiadores del México actual. Representa hoy el vínculo viviente más importante de la República española con El Colegio de México, creado originalmente como la Casa de España en México. Su estrecha relación intelectual con Daniel Cosío Villegas, a quien sigue recordando hoy como la figura central entre los mexicanos que crearon instituciones para, entre otras cosas, darles protección y asilo a los republicanos españoles, fructificó en sus propias reflexiones y erudito conocimiento sobre la naturaleza y valor del sistema político mexicano, pues en un inicio Rafael Segovia ingresó a El Colegio de México como un especialista en lo que hoy llamamos los estudios europeos y sólo después, por influencia de las conversaciones que se llevaban a cabo en las “comidas de Don Daniel”, principalmente en el Restaurante francés La Lorraine en la calle de San Luis Potosí en la colonia Roma, empezó a investigar y a escribir con una sólida fundamentación historiográfica y politológica sobre política mexicana.
Aunque Rafael Segovia se identifica orgullosamente a sí mismo cuando alguien le pregunta por su nacionalidad como un “mexicano nacido en Madrid”, probablemente por su origen no pudo llegar a tener el espacio y las oportunidades para ejercer lo que muchos sospechamos era su auténtica pasión por la acción política. Pero a su manera y dentro de su circunstancia orteguiana, Rafael Segovia siempre desempeñó con excelencia y generosidad, con pasión y mesura, sus dos grandes vocaciones por la política y la docencia.

Francisco Gil Villegas M.

El colegio de México

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