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Alfonso Reyes: Hombre universal Destacado

Alfonso Reyes: Hombre universal Especial

Uno busca comprender y, con un café en la mano, se puede leer atentamente: “ante las piedras, las flores, las aves y las estrellas, el hombre es el náufrago caído en el océano de la inteligencia” entonces nos entendemos, nos comunicamos, puente que migra la soledad hacia lo otro. Nuestro otro —en este caso— es el autor de “Plano oblicuo”, regiomontano universal, maestro de poetas, escritor sin tregua, compañero y cómplice del esplendor total del mundo.
Alfonso Reyes y yo, nos entendemos, el dice y yo crezco, no sin estremecerme: “Por una parte, el hombre ha hecho al habla; por otra, el habla ha hecho al hombre: dos agentes que se modelan el uno al otro. El que deseaba labrar una estatua hizo un cincel: el cincel lo hizo poco a poco escultor” (A.R. El Lenguaje). Aseveraciones como ésta, hicieron a Jaques Derrida, cumbre de la intelectualidad francesa en los años sesenta, para Alfonso Reyes —décadas atrás— es un párrafo más, entre uno de sus ensayos, titulado, “Nuestra Lengua”, párrafo que se encuentra en el apartado subtitulado, “generalidades”. ¡Que generalidad más bella! Sin embargo, de qué nos habla, entonces, nuestro poeta, dramaturgo, ensayista, diplomático, escritor. “¿Cuál es el campo de su autoridad? — se pregunta Gabriel Zaid— Escribe bien, pero de todo. No puede ser”.


¿Botánica carioca? ¿Literatura helénica? ¿Gramática del mito? ¿Aritmética biológica? Palinodia del polvo:
“En el polvo se nace, en él se muere. El polvo es el alfa y el omega […] Acaso el polvo sea el tiempo mismo, sustentáculo de la conciencia. Acaso el corpúsculo material que se confunda con el instante. De aquí las aporías de Zenón, que acaba negando el movimiento, engaño del móvil montado en una trayectoria, Aquiles de alígeras plantas que jadea en pos de la tortuga. De aquí, la exasperación de Fausto, entre cuyos dedos se escurre el latido de la felicidad: “Detente. ¡Eras, tan bello!” polvo de instantáneas que la mente teje en una ilusión de continuidad, como la que urde el cinematógrafo. Por la ley del menor esfuerzo —el ahorro de energía, de Fermat— el ser percibe por unidades, creándose para sí aquella “aritmética biológica” de que habla Charles Henry, aquella noción de los números cardinales en que reposa la teología de santo Tomas” (AR. Palinodia del polvo)

El Ateneo
Espíritu inquieto, le apura todo, la quietud del tiempo, el milagro del polvo. “Es usted, mi querido Alfonso, de esos hombres que nunca nos defraudan”, le escribe el ateneísta, Enrique González Martínez, desde Buenos Aires, el primero de diciembre de 1923, a Alfonso Reyes, durante su estancia en Madrid:
“Fue necesario que (Antonio Caso, Julio Torri, Manuel Toussaint y otros cuantos ) alzaran contra Pepe Vasconcelos la bandera de la rebelión y convirtieran, por ende, la Secretaría de Educación en campo de batalla….halló usted a los amigos ocupados en arrancarse las tiras del pellejo, es decir, a los amigos de México, y vuelve usted los ojos olvidadizos a los que andamos, como usted, en tierras distantes, quietos a fuerza de estar solos, condición precisa para que los mexicanos no riñamos unos con otros […] ya sé que todo aquello se ha de resolver no muy tarde en abrazos de reconciliación y almuerzo con pulque curado […] En México no existen ni caídas definitivas en política ni enemigos irreconciliables. […] Yo, que sé muchas menos cosas que usted y que filosofo apenas algo más que una ostra frita […] [aún así] Espero la cuarta serie de Simpatías…y su Ifigenia. Me encanta verlo sereno y laborioso, sin descanso, pero sin agitaciones, sutil, pero sin hiperestesias morbosas. Es usted, mi querido Alfonso, de esos hombres que nunca nos defraudan” (Enrique González Martínez, “El tiempo de los patriarcas”).
 
Residencia en Madrid
Uno de los, “otros tantos”, sería Pedro Enríquez Ureña, quien había establecido las lecturas fundamentales que debía hacer todo aspirante a hombre culto: Homero, los trágicos, Platón, Dante, Shakespeare, Goethe. Una década atrás, al inicio de la decena trágica, a las puertas de Palacio Nacional, el padre de don Alfonso, el general Bernardo Reyes, había muerto, asesinado por rebelarse contra el régimen de Madero. Años después, durante su residencia en Madrid, Alfonso Reyes es invitado a tomar la nacionalidad española, de ese modo, ocupar puestos públicos y relajar —en ese entonces— su apretada situación económica; sin embargo, él no aceptaría, pues decía, no estaba dispuesto a renunciar a su destino como mexicano. En vez de ello, se pondría a escribir crítica cinematográfica, “Fósforo”, sería su seudónimo.
Es claro, teniendo Pléyades por amigos, con quienes en 1909, habían creado el imprescindible, Ateneo de la Juventud; y al tener, sus muertos en el ombligo de Tenochtitlán —ombligo de la luna— resultaría imposible, renunciar a la patria que lo ocupa, en su alma lo ocupa. Con esto, sus consideraciones hacia la incipiente democracia mexicana no pueden ser más que contundentes: “Los excesos democráticos, provocan, la institución del impero. Los abusos corrompen al imperio, y la sociedad recae en la barbarie. En su seno se reorganiza una nueva casta aristocrática que impone el orden, y el mismo ciclo vuelve a reproducirse” (AR Los trabajos y los días).
 En 1911 sus estudios sobre Góngora y Goethe lo entretienen en Cuestiones estéticas. Visión de Anáhuac, es el recuerdo más suntuoso y vivo, que Reyes tiene de México; el cual escribe junto con Cartones de Madrid, sobre el suelo del oso y el madroño. El tomo IV de sus obras completas, el libro de Simpatías y diferencias —al que se refiere Enrique— recoge los artículos de Fósforo en España. Y todavía con la Revolución en las venas, en 1917, acepta emocionado, cuando se le invita a colaborar en la revista Pegaso, fundada por su amigo González Martínez, al cual le escribe:
 Mi querido amigo:
 “Su carta me ha traído, junto con el recuerdo de la patria y los amigos ausentes, la buena noticia que han fundado Uds. la revista Pegaso, y para mí gratísima de que se me invita a colaborar en sus páginas. Regularmente le enviaré a Ud. — si las desigualdades del correo lo permiten— mis contribuciones. […] haya de todo, lo antiguo y lo nuevo. Porque ¿no es verdad —oh Antonio Caso— que los hombres vuelven un día a los dogmas fundamentales, a los misterios inmóviles? ¿No es verdad —Oh Julio Torri— que sólo el que se sabe llevar un profundo lastre de dignidad humana debe aventurarse sobre el hilo de alambre de la sutileza? Y Ud. mismo, querido González Martínez, que tan hondo penetra en los silencios del alma, ¿no sabe Ud. muy bien que entre aquellas olas del espíritu se destaca siempre algo fijo, terrible, como el bulto negro de una roca? No lo dudemos: ésta es una de las enseñanzas de la inmensa guerra. […] Yo, desde aquí o desde los mismos Infiernos, soy siempre el mismo para los nuestros, a quienes confundo en un solo abrazo. Suyo siempre”. (A.R. El tiempo de los patriarcas).
 
Virgilio
Y es que Alfonso, frecuentaba los infiernos, pues, solía leer a Virgilio. “Llevando un Virgilio, se puede bajar sin temor a los infiernos. Nuestro vagabundo busca en aquellos versos latinos el último suelo de su alma, ya pasando pasajes predilectos o ya ‘descubriendo nuevos encantos’ que sólo le parecían menos bellos porque les faltaba ‘la consagración del recuerdo’. ¡La consagración del recuerdo! La música conocida es más música, y la oreja como la va presintiendo, parece que la disfruta dos veces. El verdadero amor, más que el encuentro aventurero, está en el cultivo, en la adaptación de los hábitos, en el rebusco cuidadoso a lo largo del tiempo, cuando se llegan a bañar en luz igual el acto, su espera y su regusto. Incorporar una fuerza en la rueda de la costumbre es darle todavía más fuerza. Dotar a los niños con Virgilio es alimentarlos con medulas de león” (AR. Discurso por Virgilio).
 ¡Alimentarlos con médulas de león!, médulas que Reyes se merendaba con gusto. Pues, de que forma lee “la consagración del recuerdo”: ¡la música conocida es más música! Vivimos de memoria, en el tiempo —en el recuerdo— donde subyace… el amor verdadero. Su disciplina sin fatiga, lo hacen escribir, para El trabajo y los días: de “Góngora Einstein y los chinos”, “Los peces y la sociología matemática”, “El derecho a volar”, “Interpretación del peyotl”, “Espacio, tiempo y alma”,  “El argentino Jorge Luis Borges”; diría de él, que escribió la mejor prosa castellana de nuestro tiempo.
 
El arte y la ciencia
Octavio Paz, categórico, afirma:
El amor de Reyes al lenguaje,
a sus problemas y misterios,
es algo más que un ejemplo: es un milagro
 José Emilio Pacheco, ha dicho: “Alfonso Reyes, no quiso ser más ni menos que un escritor. Su herencia civil es de primer orden y en este punto cualquier homenaje se queda corto: inventó para nosotros una prosa en que podemos conocer el mundo, pensar el mundo, explicarnos el mundo.” Veamos un ejemplo de lo que se dice:
“La filosofía clásica, de tradición aristotélica, todo lo resolvía por dos extremos —la dichosa dicotomía— y un justo medio. No hemos de entender este medio como un punto inmóvil y equidistante de los extremos, sino como una región dinámica, de influencias y tempestades en vaivén, como el revuelto camino de la conducta y la mente humanas para descubrir otra vez la conexión y la síntesis entre los fragmentos del mundo. Ya decir “fragmentos” es disparate. Hoy no vemos los seres y los objetos como contornos geométricos estáticos, sino, también, como conglomeraciones de energía en movimiento. No sólo el espíritu y la vida se mueven: también lo inerte. La física actual nos lo confirma. De suerte que la verdadera imagen del mundo es una palpitación, una maraña infinita de vibraciones en todos sentidos, aunque ello escape a nuestras torpes facultades”. (AR. Los trabajos y los días).
Si alguien había de admirar Alfonso Reyes era a Goethe y a los trágicos griegos, quienes perfilarían prácticamente, su obra y su vida: “Quiero que la literatura sea una cabal explicitación, y, por mi parte, no distingo entre mi vida y mis letras. ¿No dijo Goethe: Todas mis obras son fragmentos de una confesión general?”
 El hombre universal, teje la emoción del arte con el saber de la ciencia, el tejido se lo brinda un poder superior, y encuentra en el hilvanado de culturas y civilizaciones, una sola raza, la raza del hombre. Como el fantasma que hoy nos apura, hombre de todos los tiempos, Alfonso Reyes (1889-1959), cosmopolita genuino, naturalista incansable, amante del saber y del lenguaje que lo contiene; viajero imprescindible por la obligación perpetua de nuestro deber de huella. Sus letras destilan reminiscencias de ámbar y perfume de miel que nos arraiga —aún con la polución más rampante— como viajeros de la región más transparente del aire.

Héctor Martínez Rojas

Periodista

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