Menu
México a través de sus publicaciones oficiales

México a través de sus publicacione…

Con las publicaciones ofi...

Universidades de la ANUIES profesionalizarán operadores del sistema de justicia penal

Universidades de la ANUIES profesio…

El secretario general eje...

Son reconocidas licenciaturas de la UABC por el Ceneval

Son reconocidas licenciaturas de la…

21 programas de licenciat...

Pide UABJO al Congreso aumento para alcanzar la media nacional por estudiante

Pide UABJO al Congreso aumento para…

El rector Eduardo Bautist...

Entrega la UJAT estados financieros auditados ante Cámara de Diputados Federal

Entrega la UJAT estados financieros…

La Universidad Juárez Aut...

Alista la UAEM protocolos para violencia de género

Alista la UAEM protocolos para viol…

La Coordinación Instituci...

Otorga la UAS el Doctorado Honoris Causa a Enrique Fernández Fassnacht

Otorga la UAS el Doctorado Honoris …

En Sesión Solemne, el H. ...

Urge apoyo para reconstruir hogares en Ixtepec, Oaxaca: Estudiantes de la UdeG

Urge apoyo para reconstruir hogares…

Tras los sismos registrad...

Las reformas estructurales no merecen el lugar central que se les ha dado: Jaime Ros Bosch en la UAM

Las reformas estructurales no merec…

Las reformas estructurale...

Prev Next

“Ciudad de México”: Sí, pero no Destacado

“Ciudad de México”: Sí, pero no Especial/ Ricardo Reyes

No lo entienden en el “Gobierno de la Ciudad de México”. No entienden que si “México”, la capital del país, nunca se llamó, oficialmente (antes de la reforma política del Distrito Federal, de 2016, y de la promulgación de la Constitución política local, en 2017), “Ciudad de México”, sino simplemente “México” y “México, D. F.”, ahora que, con la reforma y con la promulgación de la Constitución local, se llama, oficialmente, “Ciudad de México”, el artículo determinado (“la”) sale sobrando, está de más. Es una torpeza que aparece incluso en el texto constitucional promulgado por Miguel Ángel Mancera Espinosa, “jefe de Gobierno de la Ciudad de México”, en la “Gaceta Oficial de la Ciudad de México”, el 5 de febrero de 2017 en “la Ciudad de México”.


Nadie, con un poco de sentido común, dice y escribe “la Ciudad Juárez”, “la Ciudad Guzmán”, “la Ciudad Altamirano”, “la Ciudad Mante”, etcétera, porque las denominaciones oficiales de estos topónimos son “Ciudad Juárez”, “Ciudad Guzmán”, “Ciudad Altamirano” y “Ciudad Mante”. Añadirles el artículo determinado (“la”) sería una aberración, justamente como lo es en el caso de “la Ciudad de México”. La gente dice y escribe “vivo en Ciudad Juárez”, “voy a Ciudad Guzmán”. Las formas “vivo en la Ciudad Juárez” y “voy a la Ciudad Guzmán” son inconcebibles oral y gráficamente.
En realidad, la frase “la ciudad de México” (con artículo y con minúscula inicial en el sustantivo “ciudad”) se generalizó en el siglo XX producto de la necesidad de distinguir la capital del país del nombre corto de nuestra nación: “México”, en ambos casos, y, referido a la nación, acortamiento de “Estados Unidos Mexicanos”. Pero “México”, la ciudad capital de los Estados Unidos Mexicanos, nunca (ni siquiera en los tiempos más remotos) se llamó “Ciudad de México”, sino simplemente “México”, capital de la Nueva España, establecida sobre la antigua Tenochtitlan, capital del imperio mexica, y en algún tiempo se usó el compuesto “México-Tenochtilan”, pero no por cierto “Ciudad de México-Tenochtitlan”.
En su célebre Grandeza Mexicana (1604), Bernardo de Balbuena (1562-1627) inicia su celebración a la gran ciudad con el siguiente verso: “De la famosa México el asiento”. No dice ni escribe “De la famosa Ciudad de México el asiento”. La razón es muy simple: la ciudad se llamaba “México” y no “Ciudad de México”; tan es así que al dedicar su obra, Balbuena escribió: “Carta del Bachiller Bernardo de Balbuena a la Señora Doña Isabel de Tovar y Guzmán, Describiendo la famosa ciudad de México y sus grandezas”. En su redacción, el sustantivo “ciudad” está con minúsculas, porque muy bien sabía Balbuena que ese sustantivo no era componente oficial de “México”.
Sin embargo, en el texto constitucional de la capital del país, promulgada en febrero de 2017, con incongruencia y torpeza, leemos desde el título “Constitución Política de la Ciudad de México”, a pesar de que en la primera línea (entre paréntesis) se establezca lo siguiente de manera inequívoca: “Al margen superior un escudo que dice: CDMX.-CIUDAD DE MÉXICO”. Si es así, queda claro que ese logotipo impronunciable de marca registrada (“CDMX”) no equivale a “la Ciudad de México”, sino simplemente a “Ciudad de México”. Por lo anterior, la lógica y la gramática exigen que se hable y se escriba de la “Gaceta Oficial de Ciudad de México”, de la “Administración Pública de Ciudad de México”, de la “Constitución Política de Ciudad de México” y del “Jefe de Gobierno de Ciudad de México”. Es lo correcto. Del mismo modo que es correcto decir y escribir “Guía turística de Ciudad Juárez”, “Lugares turísticos de Ciudad Juárez”, “Las diez mejores cosas que hacer en Ciudad Juárez”, “Museo Histórico de Ciudad Juárez”, “Museo de Arte de Ciudad Juárez”, “Aeropuerto de Ciudad Juárez”, etcétera. A nadie se le ocurriría agregar el artículo determinado (“la”) a “Ciudad Juárez”.
No entienden en el “Gobierno de la Ciudad de México” que el artículo determinado está de más: era correcto antes de la reforma política, cuando el sustantivo “ciudad” (con minúsculas) no formaba parte de la denominación oficial de la capital del país, sino que era tan sólo una manera de distinguir el país (“México”) de la ciudad capital (“México”). Nadie escribía, por ejemplo, al principio de una carta, “la Ciudad de México, D. F., a 25 de octubre de 1987”; todos escribían, con corrección, “México, D. F., a 25 de octubre de 1987”. Del mismo modo, nadie dice ni escribe hoy, al principio de una misiva u otro documento parecido, “la (o La) Ciudad de México, a 2 de diciembre de 2017”, sino, con corrección, “Ciudad de México, a 2 de diciembre de 2017”. La explicación es muy sencilla: con la reforma política del Distrito Federal, “México”, la capital del país, pasó a ser “Ciudad de México”, traducción del pochismo “Mexico City”, que ya utilizaban especialmente los españoles cuando se referían a la capital de México muchísimo antes de la reforma política del Distrito Federal: “Voy a Ciudad de México”, “estoy en Ciudad de México”, “tengo negocios en Ciudad de México”. Antes no era correcto; ahora lo es, precisamente por disposición constitucional, aunque ni los que hicieron la Constitución local lo tengan claro.
Es más que evidente: ni siquiera los mismos que hicieron la reforma política del Distrito Federal, y que luego redactaron la Constitución local, comprenden esto, lo cual quiere decir que no se fijaron en lo que hicieron en este tema específico de la denominación de la nueva entidad federativa. Como es obvio, debemos concluir que el doctor Mancera tampoco se fijó en lo que promulgó. En realidad debió promulgar la “Constitución Política de Ciudad de México” (y no “de la Ciudad de México”), puesto que, como ya vimos, en el mismo texto constitucional se establece que el logotipo “CDMX” significa (sin lugar a equivocación) “Ciudad de México” y no “la Ciudad de México”.
Podrían decir en el “Gobierno de la Ciudad de México” que da lo mismo, pero significativamente para el gobierno local de la capital del país ¡no da lo mismo!, puesto que se ennecia en colgarle el artículo determinado “la” al sustantivo “Ciudad” (parte del nombre propio de la capital de México a partir de la reforma política del Distrito Federal) a todas sus instancias oficiales: “Gobierno de la Ciudad de México”, “Jefe de Gobierno de la Ciudad de México”, “Constitución de la CDMX”, “Gaceta Oficial de la Ciudad de México”, etcétera. Y todo ello a pesar de que, en todos los casos (en documentos impresos y en internet), después del logotipo impronunciable “CDMX” se pone su “traducción” literal “CIUDAD DE MÉXICO”, y no por cierto “LA CIUDAD DE MÉXICO”.
Apelando quizá al uso común o generalizado alguien podría argumentar, en el mismo gobierno de la capital del país, que la costumbre se hace ley, y que dado que estamos habituados a decir y escribir “la ciudad de México”, debe decirse así en lugar de eliminar el artículo determinado de todas las instancias, organismos e instituciones de dicho gobierno. A algunos les parecerá bien: así no habría que cambiar las denominaciones del “Museo de la Ciudad de México” ni de la “Central de Abastos de la Ciudad de México”, pero entonces es incongruente establecer que el logotipo “CDMX” equivalga a “CIUDAD DE MÉXICO” y no a “LA CIUDAD DE MÉXICO”.

Fractura en la unidad
Para el lingüista Jose G. Moreno de Alba (1940-2013), quien fuera director de la Academia Mexicana de la Lengua, “una de las más evidentes ventajas de contar con una normatividad lingüística, aceptada por todos, es la unidad del idioma. Y quizá donde esto se manifiesta con mayor claridad es en la ortografía. Así se trate, en su mayoría, de reglas arbitrarias, las normas ortográficas garantizan, en este nivel, la unidad de la lengua. Sin embargo, para lograrlo, deben ser reglas precisas, que no den lugar a diversas interpretaciones. Lamentablemente no faltan, en las reglas ortográficas del español, graves lagunas normativas, que, quiérase o no, minan la unidad lingüística”.
Así es, en este momento, en México, en el caso que nos ocupa del nombre propio de la capital del país. Si entendemos bien, con recto sentido de la lógica, la disposición constitucional local, tendríamos que hablar y escribir siempre de “Ciudad de México” y no de “la Ciudad de México”. En el periodismo de nuestro país ya es patente esta fractura en la unidad lingüística, producto de la incongruencia gramatical y ortográfica del “Gobierno de la Ciudad de México”. Con perfecta lógica en el diario Milenio se utiliza siempre, a partir de la promulgación constitucional local, la denominación “Ciudad de México”. Ejemplos: “A nombre del jefe de Gobierno de Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, el secretario de Finanzas, Édgar Amador, entregará el proyecto”; “Tras una reunión con autoridades de la Secretaría de Desarrollo Económico de Ciudad de México, se acordó que este viernes se puede reactivar la vida económica de la vía”, “A partir de febrero, restaurantes y negocios podrán adquirir productos de la Central de Abastos de Ciudad de México vía internet”, “El Jefe de Gobierno de Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, anunció la presentación de un manual de diseño de banquetas”. Es lo correcto. A diferencia de otros medios que oscilan en el uso “Ciudad de México” y “la Ciudad de México” (con artículo determinado, innecesario).
Son muchas las personas (incluidos los funcionarios y empleados del “Gobierno de la Ciudad de México”) que no lo entienden y que no lo quieren entender. Va de nuevo la explicación, ahora con manzanitas: el sustantivo “Ciudad” (con mayúscula inicial) sólo es aplicable a los topónimos que llevan, en la configuración de su denominación oficial, este término, como “Ciudad Juárez”, “Ciudad Mante”, Ciudad Guzmán”, “Ciudad Altamirano”. Antes de la reforma política del Distrito Federal, nadie iniciaba una misiva del siguiente modo: “Ciudad de México, D. F., a 25 de noviembre de 2010”. ¿Por qué? Porque la capital del país no llevaba en su nombre oficial el sustantivo “Ciudad”. Siempre, lo correcto, cualquier secretaria lo sabía y lo sabe, era: “México, D. F., a 25 de noviembre de 2010”.
No lo entienden, no lo quieren entender, a pesar de que el lingüista Moreno de Alba lo explicó con precisión meridiana (que no meridana, por cierto). Refiriéndose a “la cada vez más generalizada costumbre de llamar a la ciudad capital del país no precisamente México sino ciudad de México”, destacó el siguiente problema: “Independientemente de las ventajas que conlleva el hablar de la ciudad de México y no sólo de México, no cabe duda de que el nombre oficial de la capital del país sigue siendo México y no ciudad de México. Esto quiere decir que la palabra ciudad, en esta frase, no for-
ma parte del nombre propio de la capital y, por ende, debe escribirse con minúscula. Cada vez con mayor frecuencia aparece el sustantivo común ciudad, en esa frase, escrito con mayúscula (Ciudad de México). Tan se siente parte de la designación ese sustantivo, que en no pocas ocasiones se suprime el artículo determinado que suele acompañar a frase como ésa. Así, se oyen y se ven escritos enunciados como el siguiente: ‘vivo en ciudad de México’. Quien dice ciudad de México, sin artículo, no cabe duda de que considera la voz ciudad como parte del nombre de la capital. Véase que no suele decirse, por ejemplo, ‘vivo en ciudad de París’, sino vivo en la ciudad de París (o, simplemente, vivo en París)”.
La Ortografía de la lengua española, de la Real Academia Española, establece la siguiente norma: “Se escribe con mayúscula el nombre que acompaña a los nombres propios de lugar, cuando forma parte del topónimo”. [Las necesarias cursivas son mías.] Únicamente cuando forma parte del topónimo. ¡Pero pone como ejemplos “Ciudad de México” y “Sierra Nevada”! Esta disposición data de cuando aún la capital del país no tenía como nombre propio “Ciudad de México”, sino “México, Distrito Federal”. Dicho de otro modo, fue una “españolada”, derivada del pochismo “Mexico City”, que se anticipó al mancerismo que lo haría oficial en febrero de 2017.
Acerca de este uso español (equivocado entonces, y hoy correcto) da cuenta el poeta Fernando Fernández en uno de sus ensayos de su libro Contra la fotografía de paisaje (2014). Escribe: “Me parece notable la recuperación que hace Bolaño del habla mexicana, aunque el resultado no deje de tener algunos lunares. No me refiero tanto a cosas como que el personaje Quim Font hable de ‘Ciudad de México’ (‘a veces me ponía a llorar pensando en Ciudad de México, en los desayunos de Ciudad de México’), así, sin el artículo, como neciamente se insiste en España, y que más que señalar una peculiaridad de su habla —cosa impensable tratándose de un personaje de su edad, todo menos un emigrante reciente—, quizá se explique por la intrusión de un corrector ibérico”. Luego la necedad se hizo norma.
Nuestra remota “México-Tenochtitlan”, nuestra antigua “México” y nuestra moderna “México, D. F.” nunca se llamaron “Ciudad de México”, hasta que llegó Miguel Ángel Mancera y promulgó, con gran incongruencia, la “Constitución Política de la Ciudad de México” cuyo logotipo es “CDMX” que se traduce, en el mismo texto constitucional, no como “la Ciudad de México”, sino solamente como “Ciudad de México”.

Gentilicios anacrónicos
Hace unas semanas, la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México publicó la Guía básica de lectura para la CDMX, en la cual participé e incluso presenté en la FIL Guadalajara. Los correctores y redactores que se ocuparon de mi archivo en esa institución nunca entendieron (y ahora entiendo por qué: esto no lo entiende ni Mancera) que se comete un anacronismo al decir y escribir (como me lo hacen decir y escribir por sus pistolas) que Manuel Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina, José Juan Tablada, Xavier Villaurrutia, Rosario Castellanos, Max Rojas, Elsa Cross y Marco Antonio Campos nacieron en “la Ciudad de México” (con mayúscula inicial en el sustantivo “ciudad”), es decir en la “Ciudad” de Mancera. Lo correcto es decir y escribir (como yo lo puse en mi archivo) que nacieron en “la ciudad de México”, donde el sustantivo “ciudad” debe ir en minúsculas porque no forma parte del topónimo.
Entendámonos con dos preguntas muy sencillas de responder. La primera: ¿dónde nació José María Morelos? No nació en Morelia, sino en Valladolid, que así se llamaba la ciudad cuando Morelos vino al mundo, y que sólo a partir de 1829 se llamaría “Morelia” en honor justamente de “Morelos”. La ciudad de Morelia nació luego de que murió Morelos. Por ello, en su biografía siempre leeremos la siguiente precisión: “José María Morelos (Valladolid, hoy Morelia, 30 de septiembre de 1765-Ecatepec, 22 de diciembre de 1815)”. Segunda pregunta: ¿dónde nació Miguel Ángel Mancera? No nació en “Ciudad de México”, sino en “México, D. F.” o en “la ciudad de México” (con minúscula el sustantivo “ciudad”), porque el 16 de enero de 1966, fecha en de su nacimiento, todavía no realizaba (¡claro que no!) la reforma política del Distrito Federal.
Un “anacronismo”, como lo define el Diccionario de la Real Academia Española, es el “error consistente en confundir épocas o situar algo fuera de su época”. Y esto es lo que se comete cuando se afirma, y me hacen afirmar, que Nájera, Urbina, Tablada, Villaurrutia, Rosario Castellanos, Max Rojas, Elsa Cross y Marco Antonio Campos nacieron en “la Ciudad de México”, y que Manuel M. Flores murió en “la Ciudad de México”, y que en “la Ciudad de México” Justo Sierra hizo estudios en el Liceo Franco-Mexicano, y que Manuel Acuña se suicidó en “la Ciudad de México”, y que Manuel José Othón colaboró en diversas publicaciones de “la Ciudad de México”, y que Rafael López y Ramón López Velarde, lo mismo que Carlos Pellicer y Alí Chumacero, murieron en “la Ciudad de México”, y que en “la Ciudad de México” hicieron estudios Efrén Rebolledo, Homero Aridjis y Efraín Bartolomé, y que Concha Urquiza vivió en “la Ciudad de México”.
¿Por qué convertir las minúsculas del sustantivo común “ciudad” a mayúsculas de la “Ciudad” de Mancera, como si Nájera. Urbina, Tablada, Villaurrutia y los demás hubieran nacido, muerto o estudiado sólo a partir de la reforma política del Distrito Federal? Es una barbaridad. De este atropello ortográfico sólo se salvó mi admirado y querido Hugo Gutiérrez Vega, y únicamente porque puse que él “murió en la capital del país”. Habrá que utilizar, a partir de ahora y para siempre, esta forma indirecta para nombrar a la antigua “México” y a la moderna “México, D. F.”, a fin de evitar que la ideología se confunda con ortografía.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015),
Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de zMéxico, 2016), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2017), ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva) y Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017).

volver arriba

Redes y más

Universidades BUAP UAEMEX UV