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La experiencia de la universidad Destacado

A la memoria de Rafael, Fallo, Cordera.

Uno de los temas relativamente poco tratados en el campo de la educación superior mexicana tiene que ver con la experiencia de la universidad en los itinerarios de la  formación moral, intelectual y académica de los jóvenes universitarios. Por los textos de Adrián de Garay, de María Herlinda Suárez, o de Dinorah Miller, y por el impulso a los estudios sobre la juventud mexicana que abrazó apasionadamente Rafael Cordera Campos desde los primeros años noventa, entre otros, algo sabemos de la manera en que los estudiantes universitarios transitan por las aulas, los jardines y los pasillos universitarios, sus percepciones, sus decisiones y elecciones, sus creencias y expectativas.  Como espacio cultural en un sentido amplio, la universidad es un territorio donde el conocimiento, los sentimientos y las emociones van de la mano, particularmente en una etapa donde los jóvenes veinteañeros no solamente aspiran a convertirse en profesionistas sino que también dan sus primeros pasos como ciudadanos. Las escuelas y facultades son lugares de adiestramiento escolar, pero  también sitios de educación de los sentimientos de los jóvenes, un cruce de caminos que van del descubrimiento científico a la formación política, de la observación de los rituales académicos a la inmersión, con suerte, en las artes del debate público y la discusión intelectual.


El tránsito por la universidad significa muchas cosas. Es un aprendizaje lento y pausado, a veces errático, organizado en torno a la formación en las aulas, las visitas regulares o esporádicas a las bibliotecas, el conocimiento de nuevos amigos, la formación del carácter. Es parte importante de la estructuración de las afinidades electivas en la política pero también el proceso de adquisición del capital escolar de los jóvenes que recién inician su paso por la vida adulta. Para ese segmento de la juventud —los estudiantes universitarios—, la admisión a alguna carrera universitaria representa la puerta de entrada a un espacio abierto, novedoso, en el transcurso del cual les marcarán la vida los amigos, los profesores, la vida en el campus, los conciertos, las conferencias, los ciclos de cine, las mesas de discusión política, los paseos por los jardines, las posibles estancias en las bibliotecas universitarias. Entrar a la universidad significa muchas veces dejar atrás las “marcas de clase” del origen social, para establecer redes de socialización con individuos pertenecientes a estratos sociales distintos o similares, con los cuales interactuarán 4 o 5 años a lo largo de su formación, y con los cuales se forjarán parte de los códigos éticos y estéticos de sus vidas personales.   
Durante el pasaje de los primeros años veinte de sus vidas, conocerán estudiantes retraídos, solitarios, pero también a los que poseen ámbito festivo y juguetón; tendrán contacto con el alcohol, el sexo y las drogas, pero también con los libros y las revistas universitarias. Muy probablemente se adentrarán en los horizontes múltiples que ofrece la cultura universitaria, conocerán disciplinas y subdisciplinas científicas, autores importantes, cantantes poco explorados, sonoridades distintas. El “sentimiento de existencia” del que hablaba Rousseau encuentra en la universidad, quizá más que en ningún otro lado, su profundidad y complejidad.
Muy probablemente, también se encontrarán muchos con el descubrimiento de la soledad, en el sentido de la invención austeriana. Con Bellow, con suerte, se encontrará sentido a aquella frase de que “el silencio es enriquecedor: cuando más cerrada se tenga la boca, más fértil será uno”. Más de alguno o alguna joven estudiante de las universidades públicas se casará y tendrá hijos en el trayecto escolar, mientras que otros combinarán el estudio con el trabajo,  algunos más podrán dedicarse de tiempo completo a sus estudios, y otros más abandonarán o interrumpirán sus estudios a lo largo del camino universitario. Esas combinaciones se repiten entre diversos campus y en diferentes temporalidades, y encarnarán de modo distinto en la vida social e individual, colectiva y tribal de los estudiantes a través de su paso por la universidad.       
Esa experiencia no siempre es formativa ni cultural en un sentido progresivo, es decir, pluralista, tolerante, moderno. Puede significar también el endurecimiento de las fobias y los prejuicios, el escepticismo y las creencias adoptadas a lo largo de los años de la adolescencia, fuera o dentro del ámbito familiar.  Las rutinas y los comportamientos previos determinarán las elecciones o las adaptaciones de los jóvenes universitarios a los contextos específicos. Muchas veces, la universidad es o será la fuente de deformaciones y sinsentidos que erosionan las bases mismas de la convivencia y la cohesión social. Hace tiempo, por ejemplo, en 1975, Saul Bellow afirmaba, a propósito de la situación de las universidades norteamericanas: “Aquí debe haber alrededor de 25 millones de licenciados universitarios, pero uno de los problemas del país es la estupidez, la inestabilidad y la incultura de las personas con formación superior…En las facultades y universidades no se inculca la pasión por la novela y la poesía. Se aprende a llevar una conversación culta durante unos minutos sin revelar ignorancia ni estupidez” (Saul Bellow, Todo cuenta, Random House Mondadori, 2007, p.104).
Las duras palabras del autor de Ravelstein, aún resuenan en el ámbito universitario estadounidense y en sus alrededores planetarios. Un feroz anti-intelectualismo se ha apoderado desde hace tiempo de las universidades en el mundo, colocando en el centro un nuevo utilitarismo escolar, y poblando el lenguaje del campus de palabras como éxito, liderazgo, calidad, excelencia, el lenguaje de los triunfadores. En este entorno de valores y lenguajes, la formación cultural universitaria ha cedido el paso desde hace tiempo a las seducciones de la hiper-especialización y de las técnicas, a la búsqueda obsesiva de lo útil y no de lo interesante, a la repetición incesante de clichés, bloqueando o inhibiendo la capacidad de seducción de los cantos de las sirenas de la curiosidad existencial e intelectual.   En el otro extremo, aún resuenan en el aire (y en las prácticas) la idea de la universidad como “conciencia crítica de la sociedad”, como “foco revolucionario”, como instrumento de clase, como proyecto de transformación social.
Pero es en las rutinas y en los hábitos cotidianos donde se forjará el carácter de los jóvenes universitarios. Los comportamientos insolentes, apáticos, se mezclarán con el activismo más rabioso e ideologizado. La mirada distraída se confundirá con la mirada obsesiva y a veces delirante del mundo bicolor del maniqueísmo más hostil. El interés por la poesía, el cine o la novela coexistirá con la obligación ineludible de pasar materias y estudiar textos científicos o técnicos. Tendremos estudiantes de leyes que se convertirán en grandes escritores, o físicos que alcances las cumbres de la investigación, o biólogas que podrán ser funcionarias públicas, o politólogos que aspirarán a ser príncipes, o consejeros de príncipes o princesas, o matemáticos que sólo quieran o puedan ser…matemáticos. Muchos podrán ser profesionistas exitosos, otros más desempleados o subempleados, mientras que algunos más se sumergirán al finalizar los estudios universitarios en “el agua sucia de un oficio sórdido”, como evoca  el poeta catalán Pere Rovira en El Profesor.
La ambición, la envida, la frustración, poblarán con alguna frecuencia el ánimo estudiantil, y se convertirán en las bestias negras de los insomnios de algunos o de muchos. Pero estarán también la satisfacción del deber cumplido, la solidaridad con algunas causas, la importancia insobornable de la amistad, el compromiso con valores como la honestidad intelectual, la prudencia o con la probidad moral. Esas emociones, esas experiencias, junto con viejas incertidumbres y nuevas expectativas, pasarán a formar parte central de los “sistemas de creencias” de los estudiantes universitarios. La universidad actuará como un potente dispositivo socio-institucional  del imaginario y las prácticas de aquellos que logren traspasar sus puertas. El problema es que hoy solo 3 de cada 10 jóvenes mexicanos están en esa situación. Para los 7 restantes, la universidad pública no es una opción.

Adrián Acosta Silva

 

Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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