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La educación tiene que ver con todo Destacado

La educación tiene que ver con todo Especial

Sin pretensiones, empecemos de lo general a lo particular: hay enfermedades físicas  como enfermedades sociales hasta hoy incurables, cuya incidencia se atenúa a través de  los magnos avances  tecnológicos en otras ramas de las ciencia físicas y naturales, opacadas a  su vez  a la visión crítica por la vorágine del consumismo y la labor persistente de los grandes medios de comunicación y las redes sociales que avasallan los posicionamientos racionales, restando importancia a la cultura humanista, arma fundamental para persuadir al hombre del canon de los valores, ahora sumidos en la más grave falta de significación sobre todo en la juventud.
Se avanza a pasos agigantados en la megatrónica o en la aeronáutica pero el Cáncer,  el SIDA, el Parkinson, la arterioesclerosis múltiple, la fibrosis pulmonar, y otras dolencias, siguen siendo males letales del ser humano, para los cuales los laboratorios farmacéuticos ejercen sin piedad la leyes voraces del mercado, privilegiando el mantener vivo al enfermo, que curarlo, que no es lo mismo.


Es fácil encontrar el paralelismo de los males fisiológicos con los padecimientos sociales como la injusticia y la desigualdad, si se da cuenta de los miles de millones de pobres desparramados por el mundo como resultado de la distribución de los recursos materiales en sociedades en las que unos cuantos poderosos decidieron modular bajo el formato de un capitalismo naturalmente imperfecto y por algunos bien catalogado como “salvaje”.
De todo esto se pueden inferir, en primer lugar, la cuestión moral lamentablemente devaluada y postergada en la vida de hoy;   y en segundo lugar, los aspectos cualitativos y cuantitativos de la educación que engloba todos los aspectos tecnológicos y sociales mencionados, los  políticos, los derechos humanos, sin excluir la preservación de la naturaleza (Salvador Giner, 1989).
Sea un año único por la situación electoral (o cabalístico, según las cáusticas y bien calendarizadas remembranzas decenales de José Woldenberg), pero de nuevo la educación ocupa un lugar central en la vida política en un contexto global, que como se pretende exponer arriba, las circunstancias nos dicen que tiene que ver con todo.

Defensa y ataque
En México, la particular secuencia de un sexenio presidencial que como cualquier otro está cubierto de claroscuros, que se ha visto sitiado por una franja de grupos políticos, partidistas y mediáticos, resentida y rabiosa, manifiesta y vehemente en una pertinaz y
agria  orquestada campaña de desprestigio, la educación tuvo momentos estelares en una de las reformas más serias y profundas que han hecho los gobiernos modernizadores de Miguel de la Madrid a la fecha.
El proceso de aplicación de la reforma educativa ha sido complejo, plagado de dificultades y no exento de violencia, con opositores que han concitado fuerzas y demandas de otros grupos sociales para arrimar el ascua a su sardina, e hicieron que el problema de la reforma se magnificara, elevándolo hasta convertirlo en un tema beligerante de debate, incluso resaltado por comunicadores que no es aventurado decir que no han leído una letra de la reforma.
Así, en la superficialidad y la ignorancia (si esto vale), en los medios se debatían (se debaten aún) fake news como que “la reforma implica la privatización de la educación” o que “la evaluación es punitiva”. No decían por qué ni como, pero esos han sido temas de debate sobre la reforma.  
Polvo de aquellos lodos será tal vez  lo que dice Roberto Rodríguez en el sentido de que la campaña presidencial de 2018 va a ser “de defensa y ataque” de la reforma, que visto desde otro plano, quiere decir que los logros de la reforma no satisficieron a las distintas franjas de las organizaciones magisteriales, que habiendo gozado de sinecuras y cometido todo tipo de imprudencias, reaccionaron como aprendieron hacerlo: unos revolcándose en las calles, delinquiendo, afectando a millones de niños y a comunidades inermes a su violencia; los otros, en la secrecía de los acuerdos con gobernadores cómplices acaparando plazas antes de que las evaluaciones llegaran a poner orden y la nueva legalidad a las contrataciones de las que eran dueños y señores.
La reforma educativa se salvó y está viva, cierto. Lo logrado es en muchos sentidos histórico y todo ello es reivindicable y repetible. Quedaron fracturas y pérdidas, sin duda, pero como dicen del pasado “uno aprende o se aleja”.
Queda poco menos de un año del sexenio y hay elecciones presidenciales en el intermedio. Todo es futuro, y éste puede ser incertidumbre y esperanza, pero no hay que olvidar que es también oportunidad.


Jara se fue
Se fue Salvador Jara Guerrero de la subsecretaría de Educación Superior, dejó varias víboras chillando y para taparle el ojo al macho dicen que se fue a la campaña de José Antonio Meade. Ganas tienen quienes lo llevaron ahí y todavía hay cantidad enorme de rectores que no se explica tal desaguisado.
Ya en serio, Jara no la tenía fácil porque llegó a una subsecretaría para la cual no tenía elementos que aportar a un universo para él prácticamente desconocido (aunque haya sido rector de la Universidad Michoacana “lo que natura non da Salamanca non presta”); además la lógica política indicaba de tiempo atrás que la prioridad era la reforma educativa en lo referente  a la educación básica y media superior. No alcanzaba ni el tiempo ni los recursos para la educación superior ni siquiera para las normales, que  de ésta se han  iniciado esfuerzos de revisión que podrían dar resultados en los próximos meses, pero eso sólo es una posibilidad.
En la educación superior, como bien se ha documentado, el problema histórico de las universidades públicas estatales es el financiero, que relaciona a las universidades con los gobiernos y con su propio pasado,  en algunos casos  hasta el paroxismo de la sospechas de malos manejos del presupuesto, y en otros en la desmesura del boato y el uso político de los recursos.
Resulta, sin embargo, que benigno no ha sido el sexenio con las universidades públicas. Muchos recortes forzados, pero recortes al fin. Hubo presupuestos de sobrevivencia salvo el de la UNAM, blindada  por la magia del pánico escénico que representa y que allana la conducta de los legisladores, y es lamentable que  a estas alturas haya universidades que no logran salvar siquiera sus problemas de coyuntura. Lo testimonian instituciones que no son los mismo, diferentes en sus propuestas institucionales, de corte eminentemente académico como la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco y la Universidad del Estado de México, y otras  que arrastran años de déficit económico y estructural, y se tiene que decir, poco afectas a buscar alternativas de racionalización organizativa, tripuladas por sus elites con la vieja soberbia izquierdista,  reacias a hacer de sus casas de estudio universidades de verdad.
Los problemas de las universidades públicas se corresponden con sus diferencias y con sus objetivos y funciones  en común. Ambos rasgos han dado cuerpo a la propuesta de creación de la Secretaria de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, la cual fue planteada por los rectores de  la ANUIES a los candidatos en la campaña presidencial de 2012, la cual puede ser reconsiderada.
Asimismo, en este contexto, algo extraordinario se podría empezar en búsqueda de conseguir la recuperación estratégica de la universidad pública mexicana. Su ubicación en la sociedad actual, cuando hay vientos contrarios, exige una revisión a fondo de ella.
Una nueva oportunidad la ofrece el inminente diálogo de los rectores de la ANUIES con los candidatos presidenciales, foro que en esta ocasión debe convertirse no solo en un catalogo de reclamos al futuro presidente sino en una reivindicación de sí misma, de su autonomía. El deseo de todos debe ser que vuelvan los grandes momentos de la universidad. 


El equipo de Campus lamenta profundamente el fallecimiento del eminente ingeniero, académico y distinguido funcionario mexicano Roger Díaz de Cossío. Descanse en paz.

Jorge Medina Viedas

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