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Literacidad: Más allá de la decodificación textual Destacado

Leer un libro es muy diferente a la lectura en medios electrónicos. Leer un libro es muy diferente a la lectura en medios electrónicos. Shutterstock/ Especial/Ricardo Reyes

El término “literacidad” no está incluido en el Diccionario de la Real Academia Española, y no lo está porque es neologismo que llegó con las tecnologías de la información, al igual que han llegado otros términos más o menos aceptados, hoy, en una adaptación fonética y una representación gráfica en nuestra lengua. Cabe añadir que no aparece siquiera en el Diccionario de lectura y términos afines de la Asociación Internacional de Lectura, que publicó en español, en 1985, la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. La razón es la misma: el término es reciente; por ello, acerca de él y lo que representa para el fenómeno de la lectura, hay que decir algo al respecto.


El concepto “literacidad” pertenece antes que nada al ámbito de la investigación académica y su uso se ha extendido gracias a internet. En un blog, cierto grupo de investigación cuyas tareas específicas son la edición de revistas electrónicas, blogs y artículos académicos digitales, se vio en la necesidad de definir el término de la siguiente manera:
“La literacidad puede definirse como el conjunto de competencias que hacen hábil a una persona para recibir y analizar información en determinado contexto por medio de la lectura y poder transformarla en conocimiento posteriormente para ser consignado gracias a la escritura. Está mediada por un reconocimiento y comprensión básicamente del lenguaje, pero, además de ello, de los roles y dinámicas del lector y el escritor, como interlocutores en un contexto determinado”.
En un segundo momento de la definición, se precisa que “las competencias que definen la literacidad varían según el contexto y el medio en el cual se desarrollan los textos. En el caso de la presente investigación, ese contexto está mediado por dos características primordiales: lo electrónico como medio de difusión del conocimiento y lo académico como un nivel superior en cuanto al tratamiento de la información”.
En inglés, el sustantivo literacy, que se traduce al español, ahora sí que literalmente, como “literacidad”, no significa otra cosa que “capacidad de leer y escribir”, en otras palabras nuestro “alfabetismo”. Sin embargo, está visto y probado que ser o estar alfabetizados no significa necesariamente ser lectores ni muchos menos productores de textos de cierta solvencia gramatical e intelectual.
En español, el sustantivo “alfabetismo” denota simplemente el “conocimiento básico de la lectura y la escritura”. De tal forma, alguien “alfabetizado” es el “que sabe leer y escribir”. Pero, especialmente en esta definición, “saber” leer y escribir es tan sólo un decir. Quienes leen y escriben conocen el alfabeto, se expresan por medio de él, pero no necesariamente lo hacen con claridad ni mucho menos con soltura, destreza o habilidad.
En realidad, de lo que se habla cuando hablamos de “literacidad” no es otra cosa que de la habilidad para leer y comprender lo que se lee y, en consecuencia, producir una escritura que refleje y refuerce esta comprensión al transmitir otros mensajes escritos. De lo que se habla es de una lectura y una escritura exigentes, críticas, profundas y no superficiales; conscientes de todas las capacidades del significado. Una lectura y una escritura profundas, para nada epidérmicas.
Parece claro que “literacidad”, en español, busca complementarse con el sustantivo, éste sí de nuestro idioma, “oralidad”, que el Diccionario de la Real Academia Española (el famoso y muchas veces inepto DRAE) define también, como es su costumbre, con tacañería y displicencia: “cualidad de oral”, siendo el adjetivo “oral” término que se refiere a lo que se manifiesta mediante la palabra hablada.
Se entiende que, cuando se habla de “literacidad”, el término se aplica para involucrar no nada más a la lectura, sino también a la escritura, y no nada más a la lectura alfabetizada ni a la escritura convencional o funcional, sino especialmente a la lectura crítica (en la que se forman juicios e interrogantes en el momento de la lectura y después) y a la lectura asimilativa o profunda, así como a la escritura crítica y creativa.
Hay tantas formas de leer y escribir y tantos sustantivos y calificativos para denominar esas formas (lectura aplicada, lectura asociativa, lectura complementaria, lectura dirigida, lectura estética, lectura de evasión, lectura extensiva, lectura intensiva, lectura libre, lectura rápida, lectura en voz alta, lectura en voz baja; escritura funcional, escritura creativa, escritura de análisis crítico, etcétera) que resulta obvio, también, que quienes leen y escriben lo hacen desde una situación determinada y dentro de cierto contexto. Incluso el lector solitario no podría entenderse sin el componente social.
Es obvio que, en la lectura (y en esto no hay que andarnos con rodeos), existen los lectores básicos y los lectores exigentes o maduros, llamados también lectores asiduos, lectores críticos, lectores inconformistas, etcétera. Pero si bien es cierto que todo aquel que lee (bien o mal) es un lector (reacio o deliberado), quien escribe (bien o mal), contra lo que diga el Diccionario de la Real Academia Española, no siempre es un escritor, sino tan solo, muchas veces, una persona que expresa por escrito lo que desea decir y que, con frecuencia, no lo dice con entera claridad o no lo sabe decir.
Si escribir es “representar las palabras o las ideas con letras u otros signos trazados en papel u otra superficie”, la mayor parte de la gente que escribe no es escritora sino productora de textos, independientemente de su calidad. Para que fuese escritora tendría que manejar la escritura con destreza y claridad, con conocimiento pleno de los significados y hasta con conciencia de la forma estética.
Estar alfabetizado, haber ido a la escuela e incluso haber atravesado la senda de la universidad no es garantía para tener destreza lectora ni habilidad de escritura. La siguiente pregunta es siempre pertinente: ¿Dónde se detienen los futuros profesionistas al concluir los créditos correspondientes de una licenciatura? En medio de un camino donde hay una roca llamada “tesis”. No saben cómo escribir una tesis (aunque haya un libro ya clásico de Umberto Eco para facilitarles la tarea) porque tienen deficiencias para estructurar las ideas, para darles forma a las inquietudes, para transmitir aportaciones.
Y, para decirlo pronto, no saben escribir porque no saben leer, y no saben leer porque no saben escribir, y no saben escribir porque no saben leer, y no saben leer porque no saben escribir, así, hasta que alguien venga a romper este círculo vicioso que únicamente refleja el fracaso de la educación en los procesos de adquisición, desarrollo y dominio de la lectura y la escritura. Ni siquiera el libro Cómo se hace una tesis (doctoral) de Umberto Eco funciona, porque para que funcione hay que leer y entender bien el libro, y ya vimos que, para muchas personas, leer y comprender un libro puede ser un asunto endemoniado.

¿Lectura y escritura para todos?
Como bien dice Eco, de la universidad de élites pasamos a la universidad de masas, y, asimismo, de la lectura y la escritura de élites pasamos a la lectura y a la escritura de masas. Mejoramos democráticamente, pero empeoramos en las exigencias educativas. Y especialmente en la lectura y en la escritura nunca antes como hoy se había leído y escrito tanto (especialmente en los dispositivos digitales), pero también es cierto que nunca antes como hoy el lenguaje escrito es una fuente de equívocos de quien lee y no comprende o de quien escribe y no se hace comprender, y en el mejor de los casos de quien se expresa muy clara, diáfanamente, por escrito, y aun así no es entendido por quienes están alfabetizados pero, estrictamente, no saben leer: esto es, no saben leer con habilidad y, por ello, no comprenden lo que leen.
Por ello, aunque nos pese, hay que decir que una cosa es la lectura de internet y otra la lectura de libros en papel, auque la diferencia sólo sea aparentemente de soporte o formato. Alberto Manguel ha dicho, con perspicacia, que habría que denominar con otro término, u otro matiz conceptual, la lectura que se hace en internet en comparación con la que se realiza en el libro tradicional. Internet entraña otra manera de leer y, en consecuencia, de comprender. Pero habría que insistir en el hecho de que no puede denominarse “lector”, de la manera en que hasta ahora lo hemos entendido (dentro de la centenaria tradición de la lectura que arranca al menos en la segunda mitad del siglo XV con la invención de la imprenta de Gutenberg), quien no es capaz de abarcar un todo, es decir una obra íntegra, un libro como artefacto verbal único, y comprenderlo para integrarlo a la experiencia y luego retransmitirlo no únicamente por medio de la oralidad, sino también, y especialmente, por medio de la escritura.
La creación exige recreación; la exploración de sentido en un libro, para cumplir con su propósito, exige también una nueva creación de sentido. Siendo así no se equivocaba el clásico que dijo que un autor sólo escribe la mitad del libro, ya que la otra mitad es obligación del lector. Y no olvidemos lo que alguna vez sentenció, con entera sensatez Gabriel Zaid: que nadie debería recibir un título universitario si no es capaz de hacer, con indudable aptitud, el resumen de un libro.
Es por todo esto que, volviendo a Manguel, la lectura, hoy, no es una sola. Tenemos que hablar de “las lecturas” y, entre ellas, diferenciar la lectura de trozos o fragmentos de la lectura de unidades imposibles de fragmentar. Tal es el libro. Nadie puede decir que ha leído En busca del tiempo perdido, de Proust, porque ha accedido a una síntesis o porque leyó uno de los siete volúmenes de la memoriosa gran obra del escritor francés. Y tampoco nadie puede afirmar que ha leído Las flores del mal, de Baudelaire, porque tuvo acceso a dos o tres poemas en una antología.
Antes incluso de Gutenberg, un libro es una pieza íntegra, del mismo modo que lo es un poema o un cuento o una novela o una pieza dramática. Internet facilita muchas cosas, pero también le ha hecho creer a muchas personas que no es necesario el conocimiento íntegro de nada, y siendo así son muchos lo que suponen que basta con escuchar uno solo de los cuatro movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven, o ni siquiera esto, tan sólo el allegro inicial de sonata, tan popular hasta en los anuncios comerciales, para decir que ya conocen la sinfonía. Esto es exactamente lo que ocurre con la lectura y con la escritura. Nos hemos olvidado de la unidad indivisible, para llevarlo todo al fragmento, al trozo, yo diría que incluso a la paupérrima migaja.

El sentido de la obra completa
Alguna vez alguien me dijo, por ejemplo, que en las conferencias había que pensar en el “lector visual” (cualquier cosa que esto signifique) y que, por ello, resulta casi obligatoria la presentación en PowerPoint. Yo creo, por el contrario, que el PowerPoint, en muchísimos casos, suele constituirse en un obstáculo y no en una ayuda durante las conferencias y exposiciones orales. Las generaciones del PowerPoint, con las gráficas, las cifras, las imágenes y los bullets son, en gran medida, generaciones lectoras que han invertido el proceso de la lectura. En lugar de leer un todo para sacar conclusiones, se conforman con el PowerPoint y con los bullets, para ya no leer el todo, que es justamente lo que le da sentido a la lectura de una obra.
Por lo demás, en un auditorio y ante una conferencia, que en esencia es oral, muchas personas en vez de atender lo que se dice están más interesadas en lo que se ve, y no les prestan atención ninguna al discurso oral, siendo que es la oralidad el origen de la escritura. Ocurre como con las personas que van a un concierto y en vez de escuchar al cantante lo están grabando en sus celulares sin disfrutar realmente lo que se canta, y lo peor de todo es que después tendrán un concierto pésimamente grabado en su dispositivo para volver a escucharlo.
El fetichismo triunfa sobre el buen gusto. Porque entre escuchar un concierto mal grabado en el celular, mil veces es preferible no es escuchar nada o bien, con mayor sensatez y sentido del gusto, adquirir una grabación profesional y escuchar una y otra vez la maravilla que nos negamos a escuchar, en el auditorio o en la sala de música, porque estábamos muy ocupados grabando al cantante en vivo.
La “literacidad” consiste en “leer y escribir más allá de la decodificación textual”. Si la lectura y la escritura no van más allá de este simple proceso del alfabetismo, podemos decir que no somos analfabetos, pero tendríamos que admitir que no estamos muy lejos de serlo.
El debate central no reside ni en la lectura ni en el papel ni en la pantalla, sino en la vigencia del libro como vehículo divulgador y estimulador de ideas, como instrumento formativo de la cultura y la educación y como preservador de lo más importante de la memoria humana. La búsqueda de entendimiento en este tema no es por los formatos ni por los soportes físicos, sino por el contenido y el valor de ese contenido. Leer y escribir son verbos tan vastos, y muchas veces tan equívocos, que es necesario centrar la reflexión en lo que más nos importa de la lectura y la escritura, que no es por cierto la prisa ni tampoco la información.
A decir de Bruno Bettelheim (Aprender a leer, 1982), “debido a su indiscutible importancia, la lectura debería ser el ejemplo supremo de qué es la educación en el sentido más hondo de la palabra: un ir de la irracionalidad a la racionalidad”. Y concluye: “Si la educación equipa a los estudiantes de esta manera, entonces enriquece su personalidad y hace que la vida sea más gobernable y valiosa”. Gobernable, por cierto, no por los gobiernos, sino por las propias personas que asumen la responsabilidad de su destino.
Leer y escribir con espíritu crítico y sensibilidad despierta, abre los ojos y la conciencia a muchas cosas. En esto consiste la educación para la libertad y la autonomía. Y a esto a lo que hoy denominamos “literacidad”.
En el blog de la “Literacidad” se afirma que “México es un país casi totalmente alfabetizado [pero] muy lejos todavía de ser literalizado”. Nosotros agregaríamos, para actualizar el trabalenguas, que quien lo literalice muy buen literalizador será”.

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015),
Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de zMéxico, 2016), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2017), ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva) y Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017).

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