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¿Crecer es mejorar? Destacado

La educación superior mexicana cerró el año, y el sexenio, en un contexto difícil. En realidad, nada nuevo en estos tiempos mexicanos. Es una rutina nacional, forjada en las eras del priismo y mantenida vigorosamente a lo largo de las últimas  tres alternancias (PRI-PAN-PRI), un período de dificultades, incertidumbres, expectativas, ilusiones, maceradas al fuego lento de la experiencia del pasado reciente. Según lo aprendido, todo indica que el quinto año de cada administración sexenal marca simbólica y prácticamente el fin de un ciclo y el nacimiento de otro. El ritual político de cierre de una administración gubernamental y la construcción política de un  nuevo gobierno constituye un período de turbulencias que se resolverá en las elecciones presidenciales federales del próximo 1 de julio. Ello no obstante, las señales de período ya están flotando en el ambiente político nacional: balances catastróficos, relatos de esperanza e ilusión nacional, imágenes de ruptura, de renovación y continuidad, métricas de logros y fracasos, buenas intenciones, compromisos, retórica pura y dura.


Los diagnósticos y las propuestas se concentran invariablemente en el desempeño reciente de la educación superior, esfuerzos analíticos e interpretativos acotados por lo que hizo o dejo de hacer el gobierno federal en este campo. Los relatos del oficialismo y sus aliados se enfrentan a los relatos de sus opositores políticos tradicionales o de ocasión. El campo electoral se convierte en una arena pública donde sus protagonistas principales representan los intereses y las pasiones que producen las frutas amargas y dulces de la temporada: apologías, descalificaciones, ocurrencias, prejuicios, creencias.
Como en casi todos los campos de la acción pública, el balance sexenal es de claroscuros. Por el lado del crecimiento del sistema se observa una trayectoria de continuidad de políticas más o menos coherentes en los últimos 30 años. Tenemos hoy más estudiantes, profesores y establecimientos de educación superior tanto públicos como privados respecto a los indicadores que teníamos en  2012. También se incrementó modestamente la tasa bruta de cobertura en la educación terciaria, aunque aún permanecemos por debajo de la media tanto de los países  de la OCDE como de muchos países latinoamericanos como Chile, Argentina, Uruguay o Bolivia. En términos de financiamiento público, se fortalece un estancamiento tanto en el gasto por alumno como en proporción del gasto público de educación superior en relación al PIB.
El dato duro es el crecimiento innegable de la oferta y la demanda pública y privada por educación superior.  Los indicadores del crecimiento abundan y son más o menos sofisticados. Sin embargo, el dato blando tiene forma de interrogación, de si el crecimiento implica necesariamente mejoría, y cierta sensación déja vù comienza a dominar en el ambiente.  Las viejas discusiones de los economistas políticos y la sociología del bienestar sobre las diferencias entre crecimiento y desarrollo reaparecen con especial fuerza e intensidad en el campo de la educación superior: ¿Más significa mejor? ¿El crecimiento del sistema de educación terciaria nacional ha asegurado por sí mismo mejores oportunidades de inclusión y equidad, disminuyendo las brechas históricas de desigualdad en el acceso, el tránsito y el egreso de los estudiantes universitarios? ¿El crecimiento mismo es un indicador de mejora indudable del rendimiento del sistema?
 Las evidencias  nacionales e internacionales muestran que no hay una relación automática entre crecimiento y mejora, sino que el crecimiento institucional puede estar asociado al desarrollo sistémico solo bajo ciertas condiciones. En educación superior el desarrollo tiene variables y dimensiones más o menos precisas: producción de conocimiento, formación de profesionales, empleabilidad de los egresados, equidad, inclusión, cohesión social. El crecimiento no asegura por sí mismo esos resultados, sino que frecuentemente tiene efectos de consolidación de las asimetrías, las desigualdades y la confirmación de brechas notables en el desempeño de los establecimientos y subsistemas educativos terciarios.
Las campañas electorales son una buena oportunidad para atisbar el futuro educativo nacional. Los mapas de las derechas e izquierdas, sus complicadas mezclas y alianzas  compiten por el centro en el marco electoral nacional, y han comenzado a mostrar sus cartas. Hay dudas, imprecisiones, ambigüedades y ausencias en las narrativas de los candidatos y de los partidos que los apoyan, pero ya hay algunas evidencias de sus respectivas propuestas e imaginarios. Becas masivas a estudiantes, fortalecimiento de los sistemas de aseguramiento de la calidad, promesas de mayores recursos financieros a las universidades públicas, mejora de la equidad y la inclusión social de la educación superior, revisión del papel de las ofertas privadas, más apoyos al desarrollo científico y tecnológico nacional, forman parte de los temas, estrategias y agendas que comienzan a perfilar los términos del debate.
Hasta ahora, el candidato de Morena/PES/PT ha marcado algunos puntos clave del futuro de las políticas de la educación superior. Su planteamiento sobre el tema de los “ninis” como causal de los principales problemas del sector, está asociado a un programa nacional de becas dirigido a este sector, algo que se parece en algo al actual PRONABES pero que va más allá. Los otros candidatos apenas se han pronunciado al respecto. En las próximas semanas seguramente conoceremos más sobre que y como están pensando las elites político-electorales los problemas de la educación superior, y como reaccionarán frente a las propuestas que organizaciones como la ANUIES están planteando sobre los asuntos educativos del sector. La relación entre crecimiento y desarrollo puede estar en el centro del debate.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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