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Investiduras: jerarquía y poder Destacado

Símbolos y costumbres utilizados por instituciones educativas son los polvos heredados de viejas disputas religiosas. Símbolos y costumbres utilizados por instituciones educativas son los polvos heredados de viejas disputas religiosas. Especial

En la edad media, los ceremoniales de coronación de los reyes constituían una oportunidad  privilegiada para poner en movimiento la sofisticada maquinaria simbólica y práctica que articulaba las relaciones entre  el poder real y el poder espiritual, es decir, entre las elites de las monarquías y las elites de la iglesia católica. Los gestos, las palabras, los objetos que se utilizaban en dichas ceremonias de ungimiento eran cuidadosamente seleccionados, acomodados, estudiados, discursos pronunciados para colocar en cada ritual la fuerza de los intereses organizados en territorios y poblaciones específicas.


Ese cuidado por el uso de los colores y el aroma de los inciensos, las maneras adecuadas de las vestimentas, las formas de presentación y las maneras de saludar, tenía su sentido. A finales del siglo IX, el conjunto de disposiciones y procedimientos de las ceremonias reales dieron paso a lo que se conocería como la “lucha de Investiduras”, donde se  disputaban símbolos, secuencias, lugares de ubicación de los invitados célebres y de la plebe, las características, los adornos de los lugares donde se debían llevar a cabo los rituales de ungimiento. Esa lucha enfrentaba a los rituales eclesiásticos con los rituales laicos, cuyas respectivas simbologías representaban jerarquías y ordenamientos políticos distintos. De ahí, de la minuciosa redacción de esos procedimientos —una suerte de manuales de usos y costumbres ceremoniales— , comenzaron a plasmarse algunas definiciones básicas sobre el poder  y la autoridad en la sociedad medieval que luego, con el tiempo, pasarían a formar parte del lenguaje político moderno. En ese proceso dilatado y complejo jugaron un papel destacado clérigos y juristas laicos, que formaron grupos especializados que dieron origen a las escuelas y cánones que fundarían las primeras universidades europeas como las de Bolonia o la de París.
El carácter eclesiástico de la ideología política del siglo noveno fue por supuesto dominante, y perduraría en los siglos posteriores. El oficiar las ceremonias fue una prerrogativa episcopal que incrementaba su legitimidad ante reyes y súbditos.  Como señala Walter Ullmann en su Historia del pensamiento político en la edad media (Ariel, Barcelona, 2013), “cada gesto, cada símbolo y cada oración tenían un significado conciso y exacto, y los oficios de las coronaciones son a veces más reveladores que muchos tratados que han sido y son objeto de largos estudios”.
La “teoría de las dos espadas” según la cual la espada material correspondía al Rey y la espada espiritual al Papa, significaba en el fondo la subordinación de los reyes a los papas, pues estos últimos delegaban en aquellos el poder material del control sobre los súbditos, como el representante terrenal de los intereses celestiales de la iglesia católica. La doctrina  hierocrátrica (o jerárquica) aspiraba a establecer con claridad los límites de la autoridad del rey y de la iglesia, pero siempre suponía mayor a la segunda.  Las concepciones “descendentes” del poder político promovida por la iglesia católica (de Dios hacia los mortales) se imponían a las concepciones “ascendentes” del poder (del pueblo hacia sus representantes y dirigentes), propia de la filosofía política de la Grecia clásica.
El centro de las discusiones litúrgicas estaba dominado por el tema de la legitimidad y la representación del poder. Con el surgimiento de los modernos Estados nacionales, en el auge del capitalismo y el redescubrimiento de los ideales democráticos, las concepciones ascendentes desplazarían a las descendentes, pero los ceremoniales de investidura de los representantes populares conservarían sus prácticas a lo largo del siglo XIX y XX. Tomas de protesta, juramentos, papeles, símbolos, son parte de la parafernalia del espectáculo político heredado por la sociedad medieval a las sociedades contemporáneas.
La tesis central del texto clásico de Ullmann (publicado originalmente en inglés en 1965) es que buena parte de la literatura política tiene su origen en aquella sorda, prolongada y complicada lucha por las investiduras. De ahí tomarían Hume, Hobbes, Maquiavelo o Kant las bases para la filosofía política moderna. Y en las universidades se discutirían nuevas teorías que darían origen en el siglo XX al derecho y a la ciencia política moderna. La separación de la persona y del personaje, del individuo y la figura que representa, serán uno de los ejes de transformación de los procesos de la representación política que serán colocados en el centro de las disputas por las investiduras, y que llegarán a su auge con la configuración de las democracias occidentales europeas.
Los efectos de esa lucha de investiduras se transmitieron silenciosamente a las ceremonias presidenciales y parlamentarias actuales, pero también permanecieron fuertemente resguardados en los rituales de graduación universitaria. Las borlas, las togas, los birretes, sus distintos colores y significados, la solemnidad de las ceremonias, la magnificencia de los espacios de las liturgias académicas de reconocimiento y homenaje, el otorgamiento de reconocimientos honoris causa, las tomas de posesión de rectores, la instalación de sus órganos colegiados, las tomas de protesta,  son los saldos de aquellas viejas ceremonias de investidura; polvos de los viejos lodos del ordenamiento, distribución y disputa por el poder institucional y social representado por las universidades. 

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

Modificado por última vez enJueves, 25 Enero 2018 02:53
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