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Opinión

¿Educación o escolarización?

En La palabra educación (México, SEP, 1973), Juan José Arreola planteó el siguiente y polémico concepto: una parte muy grande de la humanidad “puede pasar por la universidad y titularse y seguir siendo analfabeta de raza”.
Las generalizaciones corren siempre el riesgo de ser inexactas (y ésta lo es), pero, en lo particular, me consta que no son pocos los que van a la escuela y pasan por todos los ciclos previos a la universidad, para luego cursar una carrera y graduarse, y de todos modos dar la impresión de que nunca jamás pasaron por un aula universitaria. Salen prácticamente como entraron: con las mismas creencias, los mismos hábitos, los mismos prejuicios, las mismas ideas fijas, la misma falta de escrúpulos, etcétera: como si no hubieran aprendido nada, con excepción, desde luego, de las destrezas que les permiten o les permitirán desarrollar, técnicamente, su profesión.

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Análisis de la cobertura de educación superior

La tasa bruta de cobertura de educación superior se calcula dividiendo la población escolar registrada en un año determinado (matrícula) entre la población del grupo de edad correspondiente en el mismo año. En México, desde hace varios años, se toma como denominador al conjunto demográfico entre 19 y 23 años. Los datos que permiten construir el indicador implican varias decisiones metodológicas.

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El Sur también existe

Aunque parece que fue ayer, han pasado ya seis años desde que en la Primera Reunión Nacional de Instituciones Usuarias de los Exámenes Generales para el Egreso de la Licenciatura (EGEL) se presentó como un proyecto. Hoy la creación de una nueva generación de exámenes es una realidad. El Ceneval tiene en operación 40 pruebas de egreso de licenciatura y con cada una de ellas es posible identificar los conocimientos, habilidades y competencias que deben tener los egresados. No solo eso: ahora se cuenta con un Padrón de Programas de Licenciatura de Alto Rendimiento Académico y se ha instituido el Premio Nacional al Desempeño de Excelencia, iniciativas que reconocen la calidad de instituciones y personas,

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¿Reforma educativa?

Los tres últimos gobiernos del siglo pasado y los dos primeros de este siglo, en México, impulsaron políticas educativas para hacer más “eficiente” la escuela pública y para privatizar todas las franjas posibles del sistema educativo. En el gobierno de Calderón, por ejemplo, se impulsó la disminución de impuestos de quienes pagan escuelas privadas y se amplió la becarización de profesores y estudiantes. Lo hecho por nuestros gobernantes trató de redefinir el sentido de lo público.

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Cifras de bachillerato y educación superior

En este espacio Campus  515), me referí a la sugerencia (“de ser el caso”, como precisó) del secretario de educación, Emilio Chuayffet, de hacer un censo en la educación superior a semejanza del que está realizando ahora el Inegi para el nivel básico. Ahí mismo expresé que, desde hace décadas, la Anuies recoge los datos de la matrícula de dicho nivel, con base en instrumentos de la SEP y con apoyo del Inegi.

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¿Formamos buenos lectores en la universidad? Las respuestas de la RMIE

Hay distintas formas de comprobar que una comunidad científica madura y se consolida. Una de ellas es el establecimiento de una revista o journal especializado en donde se publican y debaten los últimos desarrollos y avances del conocimiento en un área o campo determinado. El Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), que agrupa a más de 500 académicos de distintas universidades y centros de investigación del país, cuenta, desde 1996, con su Revista Mexicana de Investigación Educativa (RMIE).

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Regla de tres 518

 Comienza el trayecto. Comienza el trayecto. A poco más de un mes de haber tomado posesión en el cargo, Enrique Fernández Fassnacht, Secretario General Ejecutivo de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), comienza a tomar nota de las necesidades que hay en todo el país en este tema. Y es que, dentro de su plan de trabajo, destaca la intención de escuchar las demandas y requerimientos de todas las casas de estudio afiliadas al organismo.

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Aquel verano sin nubes, ese orgiástico futuro

Uno de los rasgos característicos de los tiempos que corren es la expansión de la “imaginación nostálgica”, esa forma de idealización del pasado como un maravilloso jardín devastado por la acción de la economía, la política o la decadencia moral del presente. Como lo escribió en algún momento George Steiner (En el castillo de Barba Azul. Aproximación a un nuevo concepto de cultura, Gedisa, Barcelona,2001) esa peculiar manera de la imaginación es distinta de la imaginación utópica, básicamente normativa, que coloca el acento no en otro tiempo sino en otro lugar, un lugar mejor, esperanzador, deseado por todos, o casi todos. Hay también las utopías negras,pero de esas se puede hablar aparte. Lo que importa destacar aquí es el hecho de que el imperio de la imaginación nostálgica es un producto típicamente occidental, alimentado por la creencia de que las cosas de antes fueron mejores, de que es necesario volver al pasado, reconstruir lo perdido, rehacer lo que hemos destruido por acción, por mala fe o por omisión. Cierto eco proustiano de búsqueda del tiempo perdido resuena continuamente como ruido de fondo de esas diversas formas de la imaginación nostálgica.
Buena parte del pensamiento conservador más ortodoxo se nutre obsesivamente de esta sed de lo perdido. En su vertiente religiosa o moralista, este tipo de pensamiento “sabe” que existió una época de valores aceptados, universales, coherentes. Por ello se lamenta continuamente de la sensación de pérdida que significa el presente,y el temor o el miedo franco hacia el futuro, que suele presentarse como una amenaza permanente, ligada con la destrucción, la barbarie, la muerte. Este peculiar tipo de la imaginación nostálgica está presente bajo distintas formas en el cine, en la literatura, en la televisión, en las redes sociales.
Historias de muertos vivientes, tramas bélicas que terminan con el fin del mundo, amenazas extraterrestres, sodomas y gomorras urbanas o rurales, drogas, violencia, caos. Una colección variada de estampas que remiten a la noción de que el futuro está hecho indefectiblemente de pérdidas,de incertidumbres,de trampas y encrucijadas.
Pero el pensamiento progresista también suele mirar hacia atrás para trazar las rutas del futuro. La historia de la idea del progreso, o la “historia del tiempo futuro”, como le denomina Steiner, es el fruto mayor de este ejercicio, alimentado abundantemente por la certeza de que el futuro es un lugar por construir, no para esperar. El río de fondo de este optimismo futurológico tiene que ver con el enciclopedismo y el racionalismo del siglo XIX, donde la fe científica sustituyó a la fe religiosa entre muchas elites intelectuales. La idea de que la sociedad armónica, igualitaria y democrática era posible, nutrió vigorosamente la certeza de que era la acción política sobre el presente la que, aprendiendo de las lecciones del pasado, podría construir el camino correcto hacia la sociedad buena. Como escribió Steiner: “El eterno ́mañana ́de las visiones políticas utópicas se convirtió, por así decirlo, en la mañana del lunes próximo”(p.30). El Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, fue quizá el fruto mayor de esa potente visión optimista, utópica, que entusiasmó tanto a tanta gente durante tanto tiempo.
Las ideas del pasado como un verano sin nubes, y del futuro como el lugar de la tierra prometida (ese “orgiástico futuro que cada año se nos aleja más”, según escribió F. Scott Fitzgerald), forman parte de la era de los extremos del imaginario político que caracteriza el clima intelectual de la época. Pero luego de la caída del muro de Berlín en 1989, ese imaginario habita de manera particularmente visible entre las mentalidades de ciertos círculos políticos, religiosos o empresariales. En contraste, en muchas zonas de la vida social parece dominar una suerte de era del vacío, gobernada por la indiferencia, la desesperanza o el hastío. Es una zona grisácea y en ocasiones francamente oscura,donde sociedades secretas, prácticas místicas, charlatanerías de ocasión y teorías conspiracionistas de todo tipo encuentran un cómodo espacio de reproducción y afianzamiento en no pocos sectores de la imaginería popular, clasemediera o elitista.
En cualquier caso, la imaginación nostálgica y la imaginación utópica son dos creaturas intelectuales que florecen en los tiempos donde el tedio domina el ánimo público. Ese tedio, “fruto de la lúgubre apatía” del que hablaba con vehemencia Baudelaire en Las flores del mal, y que suele poblar los sentimientos de frustración que desde hace tiempo alimentan las nubes del presente. Con ese escenario y telón de fondo, no es de extrañar que surjan por aquí y por allá voces que llaman a la “revolución desde abajo”, cruzadas de purificación y de indignación moral, reclamos desesperados para “ciudadanizar la política”, encendidos discursos sobre las culpas y las responsabilidades de todos por el lamentable estado de las cosas. Son expresiones del ánimo nervioso que habita la imaginación del presente, y que revelan, una vez más, que ni el pasado ni el futuro son ya como solían ser.

Adrián Acosta SIlva

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