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Fabulaciones (126)

Gabriel Zaid: palabras y congruencia

Cuando uno termina de leer el libro Mil palabras (México, Debate, 2018), de Gabriel Zaid, y lo cierra, lo primero que hace es obedecer el deseo de volver a él: de regresar a las páginas marcadas, releer los argumentos esgrimidos, detenernos y disfrutar, otra vez, la excelencia de la prosa llena de giros de aguda ironía, el paladeo del idioma, la gracia del humor y la luminosa inteligencia.
Dan ganas de escribir un libro así, como el que se ha leído. Y esto es lo mejor que le puede pasar a un lector. Dan ganas, también, de decirle al primer lector que uno se encuentre que hay un nuevo libro de Zaid, que hay un reciente fruto de su inteligencia, para viejos y nuevos lectores que deseen realmente aprender en el ejercicio de la crítica, la experiencia del análisis y el placer de saber.

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Leer y estudiar son verbos diferentes

Cuando se habla de promover y fomentar la lectura, hay dos cosas que, asombrosamente, suelen perderse de vista: los conceptos mismos de promover y fomentar. Según define estos verbos María Moliner, promover es activar una acción o producir cierto suceso que lleva en sí agitación o movimiento, y fomentar es dar a una cosa calor natural o templado que la vivifique o anime: puede ser sinónimo de avivar (en el sentido de hacer más viva una cosa), pero también, y básicamente, de dar vida a algo. El ejemplo que pone Moliner es excelente: la gallina fomenta los huevos, es decir les da su calor, para que se desarrollen los embriones y eclosionen los polluelos.
No pocas veces he preguntado a personas que se dedican a promover y fomentar la lectura el significado de estas dos acciones, y no las saben definir del todo, o simplemente no las saben, porque, en general, se habla tanto de “promover y fomentar la lectura” (desde las burocracias y los programas educativos institucionales) que estos dos verbos han perdido incluso su significación y su peso: se han convertido en “objetivos” abstractos que, en los programas oficiales, corresponden a muy pálidas y desfiguradas “acciones”.
Si por princi

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Algo más de Las malas lenguas

Vuelvo al tema de Las malas lenguas (Océano, 2018), mi más reciente libro, y comparto con los lectores de Campus otras reflexiones incluidas en el pró-logo. Extensión y complemento de mis libros Pelos en la lengua (2013) y El libro de los disparates (2016), Las malas lenguas recoge cientos de tonterías ni más ni menos graves que las incluidas en esos volúmenes; simplemente se trata de otras que se agregan a la muy larga lista de atropellos al idioma.
Podemos decir con corrección, aunque también con malsonancia, que alguien “se apendejó”, pues el verbo “apendejarse” es pronominal que significa “desprevenirse” o “tornarse pendejo” (“tonto, estúpido”). Ejemplo: Me apendejé y perdí el tren. Pero no debemos decir, en cambio, que alguien “se alentó” porque se tornó lento, pues “alentar” es un verbo transitivo que significa “animar o infundir aliento a alguien o algo” y, en su uso pronominal (“alentarse”), “darse ánimo”. Nada tienen que ver “alentar” y “alentarse” con hacer las cosas con lentitud o hacerse lento alguien o algo, es decir “lentificar” o “ralentizar”, verbos transitivos que significan “imprimir lentitud a alguna operación o proceso, disminuir su velocidad”.

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Las malas lenguas destructoras del idioma

Hace un par de meses, el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, “alertó sobre la tentación de regresar hacia atrás”, tal como lo informó MILENIO(15 de febrero de 2018). “Regresar hacia atrás”. Así lo dijo, de manera literal, en la Cámara de Diputados, al inaugurar un foro sobre la “mejora regulatoria”. El funcionario mexicano, miembro del Partido Revolucionario Institucional, tiene estudios doctorales por la Universidad de Pensilvania, pero se nota que no suele consultar el diccionario de la lengua española. Si lo hiciese podría saber que el verbo intransitivo “regresar” significa “volver al lugar de donde se partió” y, siendo así, la expresión “regresar hacia atrás” es feísima redundancia, pues todo “regreso” es un “retroceso” y toda “regresión”, la “acción de ir hacia atrás”.

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Reforma educativa y contrarreforma

Otto Granados Roldán, actual secretario de Educación Pública, lanzó recientemente un libro necesario para explicar las razones y los objetivos de la reforma educativa. El volumen Reforma educativa (México, 2018) apareció bajo el sello del Fondo de Cultura Económica y en él expone los propósitos, los antecedentes y la necesidad de esta búsqueda de transformación del sistema educativo mexicano que se produjo en un escenario innegable de corrupción administrativa, ausencia de calidad en la educación y usurpación del control del sistema educativo por parte del aparato sindical.
Granados Roldán se pregunta y responde por qué era indispensable y en qué consiste esta reforma, qué se logra con ella y qué podemos esperar de la misma en los siguientes años, a mediano y largo plazos. Se trata de un libro de exposición de motivos, diagnóstico y análisis de la realidad y, finalmente, un balance preliminar de cinco años (de 2013 a 2017) desde que fue aplicada esta reforma que, como señala el autor, tiene componentes políticos, pedagógicos y administrativos.

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Ganar dinero, perder lectores

En la era del parloteo y la banalidad, la mayor parte de los escritores gana más dinero por hablar que por escribir. Un curso, una conferencia, un taller, una “lectura”, dejan más ganancias que la publicación de un libro. A menos que uno esté dispuesto a escribir, publicar y vender lo más complaciente que público e industria editorial exigen (que es no sólo vender eso, sino también el alma al diablo), los escritores no viven de lo que escriben y, especialmente ahora, el denominado “público lector” prefiere cada vez más el espectáculo masivo que la lectura en soledad.

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La era del parloteo

Como parte del discurso apocalíptico del fin del libro en papel y del inicio de la edad de oro del libro electrónico, desde la penúltima década del siglo XX los más importantes evangelistas de la era digital profetizaron que no hoy, sino al menos desde hace una década (esto es, en 2008), todos estaríamos leyendo e-books en nuestras pantallas, en tanto que los libros impresos (vejestorios para nostálgicos) pasarían a ser parte de los museos del libro en los que se convertirían las grandes y medianas bibliotecas anticuadas, mientras que las pequeñas simplemente desaparecerían, sin dejar rastro alguno, en un oscuro abismo del tiempo, con todo su material obsoleto.

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¿Existe el lector mexicano?

Apesar de que, cada vez más, las sociedades presumen de “diversidad”, es frecuente toparnos con categorizaciones abstractas que se tornan generalizaciones in-
comprensibles. Si algo revolucionó el pensamiento es la capacidad de distinguir conceptos (representación de ideas) a través de las palabras. Por ello, desde la Antigüedad, la generalización únicamente se admite cuando la lógica nos demuestra que lo que se afirma o se niega es irrefutable. Ejemplo: “Todos los hombres son mortales”. Bastaría que un solo integrante de la humanidad fuera inmortal para que esta generalización desapareciera. En casi todo lo demás es importante precisar, acotar, distinguir, para comprender mejor. Si afirmáramos, sea por caso, que “todo intelectual es inteligente”, la mínima excepción nos derrotaría y, por supuesto, todos los días nos derrota.


En su tratado Del abuso de las palabras, John Locke (1632-1704) afirma lo siguiente: “Si la principal finalidad del lenguaje es comunicar, las palabras no la cumplen bien, ni en el discurso civil ni en el filosófico, cuando una palabra no suscita en el oyente la misma idea que representa en la mente del hablante”. En su libro Para combatir esta era (2017), Rob Riemen (1962) actualiza, con sabiduría aforística, la sentencia de Locke: “Hombres sabios como Confucio y Sócrates sabían que, para entender algo, debes llamarlo por su justo nombre”.
Hoy son frecuentes las generalizaciones que aportan muy poco al entendimiento de las cosas. Se habla, por ejemplo, del “lector mexicano”, como podría hablarse y, de hecho, se habla, del “lector alemán”, el “lector francés”, el “lector inglés”, el “lector español”, etcétera. Podemos comprender que se trata de categorías de la mercadotecnia para uso del ámbito editorial, pero estrictamente esto no existe con esa enfática singularidad, del mismo modo que no existe “la mujer”, sino que existen “las mujeres”, y aun así, como bien afirma Sara Sefchovich, habría que precisar “cuáles mujeres” o a quiénes nos referimos en un enunciado cuando pretendemos señalar atributos, cualidades o defectos.
Existen, por tanto, los “lectores mexicanos” y, siguiendo la sensata recomendación de Sara Sefchovich, habría también que preguntarnos “cuáles lectores”, porque en esta pluralidad caben todos los mexicanos que leen, ya sea por voluntad o por obligación, y que pertenecen a segmentos sociales, educativos y culturales diferentes, que tienen gustos diversos y que acceden a sus lecturas (distintas también) en circunstancias específicas. Hay matices que la precisión exige. A la categorización el “lector mexicano” habría que oponer un principio lógico: no son lo mismo los lectores de libros de texto que los lectores de novelas de entretenimiento; no son lo mismo los lectores de obras de ficción que los lectores de libros de reflexión filosófica, económica o política; no son lo mismo los lectores universitarios que los lectores sin formación profesional; no son lo mismo los lectores pobres que los lectores ricos o al menos desahogados, ni por supuesto son lo mismo los lectores que se fijan mucho en la calidad de las ediciones (buen gusto y cuidado editorial, buena traducción, buena impresión y encuadernación) que quienes son indiferentes a todo esto y lo único que desean es que el libro sea nuevo y esté en las conversaciones sociales. Cuando se habla del “lector mexicano”, ¿qué debemos entender con tal expresión?
Históricamente, incluso ya muy avanzado el siglo XX, se llegó a creer que había un prototipo universal de “lector”, independientemente de la nacionalidad, que sólo hacía diferir a las personas lectoras por el nivel educativo y cultural de su respectivo país y por la actualidad o las novedades editoriales a las que tenían acceso. Y esto era así porque si ciertos argentinos, colombianos o mexicanos que leían con avidez, dominaban, además, otros idiomas y tenían medios económicos suficientes, podían compensar esa diferencia si encargaban las novedades editoriales de Francia, Inglaterra y Alemania y las leían en francés, inglés y alemán, casi al mismo tiempo que los franceses, los ingleses y los alemanes. La noción de “lector” era un ideal de la cultura aristocrática o aristocratizante que tenía como modelo a Europa, y ciertos lectores hispanoamericanos de los siglos XIX y XX podían ser tan “europeos” como los europeos en cuanto a su dominio cultural y su actualidad libresca.

Lo extranjero como atributo cultural
Pero es obvio que, en general, se daba por sentado, entonces, que los alemanes, los franceses y los ingleses eran más cultos y “leídos” que los argentinos, los chilenos, los colombianos, los mexicanos, etcétera, sobre todo porque éstos habían llegado más tarde que los europeos al banquete cultural. De ahí que, para las élites incluso poco versadas en materia editorial, la cultura, o la aculturación, fuese un rasgo aspiracional: especialmente el “afrancesamiento” o la “germanización”. La tipología o caracterización del pensamiento culto como atributo indiscutido de franceses, alemanes e ingleses es el origen de la famosa frase de Juan Gil-Albert (“soy un español que razona”) cuando alguien lo acusó de afrancesado, como si el razonar fuese patrimonio exclusivo de lo que Luis Cernuda llamó, con sarcasmo poético, el “arte lógico” de Francia.
Esto fue lo que motivó que los más “cultos” y, por supuesto, los que poseían más recursos económicos (los integrantes, pues, de las élites económicas, sociales y políticas) pasaran estancias más o menos prolongadas en Europa y, especialmente, en Francia, Alemania e Inglaterra, y regresaran con modas y hábitos copiados de allá. Y todavía hoy, a imitación de los escritores latinoamericanos de los siglos XIX y XX, hay quienes, para consagrarse o al menos para adquirir pátina intelectual (es decir, para patinarse, para adquirir un barniz cultural), viven unos meses o un par de años en París, Londres o Berlín, ya sin pasar hambres, desde luego (como sí las pasaron Horacio Quiroga, Gabriel García Márquez, Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa, entre otros muchos), becados y subvencionados o comisionados por sus gobiernos, que viene a ser casi lo mismo.
De todo esto se desprendió el equívoco de que en París, por ejemplo, en cada esquina, se encuentra uno a un Sartre, un Proust o una Simone de Beauvoir, y en Londres en cada pub hay un Dickens, un Orwell o una Virginia Woolf, lo cual alienta también el mito de que allá todos o casi todos leen libros estupendos, todo el tiempo, a toda hora, y de donde se desprenden también las nociones singularísimas el “lector francés”, el “lector inglés”, el “lector alemán”, para contraponerlas a la muy menesterosa tipología el “lector mexicano”, a fin de que el contraste nos hiera, como lo dijo espléndidamente Ramón López Velarde.
Por todo lo anterior nuestro desafortunado concepto el “lector mexicano” está teñido, históricamente, de indigencia intelectual, a pesar de que las cosas no son tan simples y que ni siquiera llegan a ser, ni de lejos, acertadas. En el siglo XIX, si se llegaba a decir el “lector mexicano”, ¿a qué lector hacía referencia esta abstracción? ¿Acaso a Lucas Alamán, Ignacio Manuel Altamirano, Ángel de Campo, Manuel Gutiérrez Nájera, Manuel Payno, Juan de Dios Peza, Guillermo Prieto, Justo Sierra? ¿O a un lector, menos insigne, menos mentado, pero de parecida alcurnia cultural? Cuando se hablaba en el siglo XX del “lector mexicano”, ¿tal noción caracterizaba, quizá, a Elena Garro, Jorge Ibargüengoitia, Salvador Novo, Jorge Cuesta, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, Octavio Paz o Ermilo Abreu Gómez? ¿O acaso la expresión se destinaba a los lectores de libros de texto gratuitos y a quienes leían tanto y tan bien como Monsiváis o Pacheco pero no eran escritores?
Lo que sabemos es que Jorge Cuesta no era un lector igual a Ermilo Abreu Gómez ni quería serlo, a pesar de la mexicanidad de ambos. ¿Cómo lo sabemos? Por la historia cultural de cada uno de ellos, por las obras que dejaron y por lo que dijeron en torno a la lectura. En respuesta a una exigencia de consumir preferentemente literatura mexicana, manifestada por Abreu Gómez, en 1932 Cuesta el lector escribió lo siguiente: “De acuerdo con él, es legítimo preferir las novelas de don Federico Gamboa a las novelas de Stendhal y decir: don Federico, para los mexicanos, y Stendhal, para los franceses. Pero hágase una tiranía de este principio: sólo se naturalizarán franceses los mexicanos más dignos, esos que quieren para México no lo mexicano, sino lo mejor. Por lo que a mí toca, ningún Abreu Gómez logrará que cumpla el deber patriótico de embrutecerme con las obras representativas de la literatura mexicana. Que duerman a quien no pierde nada con ella; yo pierdo La cartuja de Parma y mucho más”.
Cuando se habla hoy del “lector mexicano” para contraponerlo al “lector francés”, al “lector inglés”, al “lector alemán” e incluso al “lector español”, ¿qué debemos entender con tal abstracción?, ¿cuál es el referente de dicha generalización? ¿Gabriel Zaid, acaso?, ¿Fernando Escalante Gonzalbo?, ¿Enrique Krauze?, ¿Julieta Fierro?, ¿Sabina Berman?, ¿Sara Sefchovich?, ¿Felipe Garrido?, ¿Juan Villoro?, ¿los adolescentes que van a las ferias del libro como parte de las tareas obligatorias?, ¿los consumidores de golosinas de las mesas de novedades en las grandes librerías?, ¿los buscadores de tesoros en las estanterías menos frecuentadas?, ¿los booktubers? ¡Pero es que incluso entre los booktubers hay diversos intereses!; los hay únicamente afanados en libros de entretenimiento, modas y chismes; los hay pretenciosos, además de frívolos; los hay sólo interesados en novedades, con calidad de publicistas subrogados de las empresas editoriales, y los hay con una búsqueda que no se conforma ni con la novedad ni con la superficialidad. Y en cuanto a los blogs de libros el panorama es parecido. No hay el “lector mexicano”, lo que hay son los lectores en México.
Y hay también pruebas que al tiempo que refutan la estandarización, revelan los más diversos segmentos de intereses de lectura, en medio de una globalización que hace trizas las tipologías nacionales. Desde el despertar el siglo XXI, hace tres lustros, cuando muchos de los que hoy son adolescentes lectores apenas nacían, en las bibliotecas francesas era más importante (por la demanda) tener más ejemplares de Stephen King que de Honoré de Balzac. (En esas bibliotecas incluso los ejemplares nuevos de Balzac, Flaubert y Stendhal se iban al expurgo después de un par de años en que ningún lector los solicitaba.) También desde entonces, las librerías francesas acogían con alborozo los cientos de miles de ejemplares de El alquimista, de Paulo Coelho, y en tanto que vendían a cuentagotas La cartuja de Parma y Rojo y negro. Hoy los sectores que devoran las novelas de Elena Ferrante en Italia, Francia, Inglaterra y Alemania son muy parecidos a los segmentos del público que las devoran, casi simultáneamente, en México, Argentina, Colombia, Chile, Uruguay, etcétera. Por ello, en el caso de nuestro país, esto no se puede llamar, así nada más, el “lector mexicano”, sino un sector específico de los lectores en México.

El lector mexicano ideal
Para poner un ejemplo inobjetable, Gabriel Zaid no es el “lector mexicano” (¡brincos diéramos de ser como él todos los lectores mexicanos!), sino el lector ideal, y no sólo para México. Es, seguramente, un gran lector que ha leído los mejores libros con más inteligencia, sensibilidad y provecho que muchísimos franceses, ingleses, alemanes, españoles y, por supuesto, mexicanos. Si por patriotismo fuese, ya quisiera Francia un Zaid para su orgullo nacional.
Nos anticipamos a quien objete que el ejemplo de Gabriel Zaid, por su carácter excepcional, no es representativo. ¡Pero es justamente esto lo que estamos diciendo! Ningún lector es representativo de nada, sino de sí mismo y, por ello, es un absurdo hablar y escribir del “lector mexicano” con un sentido de generalización que no se sostiene por ningún lado. No hay un “lector mexicano”, hay diversos tipos de lectores mexicanos que funcionan de forma diferente no sólo para las prácticas de la lectura sino también para el mercado.
Podemos jurar que, sólo excepcionalmente, quienes leen, y se sacian, con los libros de John Green son los mismos que leen a Zymunt Bauman o que buscan los rescates literarios de los grandes autores clásicos que llevan a cabo ciertas editoriales que dirigen su labor a un público lo más altamente cultivado. No es cuestión de encasillar a los lectores, sino de conocer, y reconocer, sus gustos e intereses. Por ello, con ese conocimiento, sería sorprendente, casi insólito, que alguien saliera de una librería con los siguientes títulos para su íntima felicidad y conocimiento: Las 900 tesis de Giovanni Pico della Mirandola, El filósofo ignorante de Voltaire, Mil palabras de Gabriel Zaid y ¡Renuncio! de Yordi Rosado. (Adivine el lector cuál es el libro fuera de rango.)
Para comprender hay que distinguir. No existe el “lector mexicano”, del mismo modo que no existe el “escritor mexicano”, ni siquiera como categoría comercial. Lo que hay son los lectores y los escritores, diversos en sus intereses, distintos en sus gustos, diferentes en su cultura y en su formación. Y del mismo modo que cada escritor tiene los lectores que se merece, así también cada lector tiene los escritores merecidos. Aun en términos de mercado (donde los nichos de venta son plenamente conocidos) es un sinsentido hablar del “lector” como una abstracción. Los editores y los libreros saben qué es lo que hacen y lo que venden y tienen sin duda un conocimiento, así sea aproximado, de sus públicos lectores. ¿Una prueba de ello? En las librerías de los aeropuertos y de las grandes tiendas de autoservicio, las existencias están acotadas a partir de los temas, títulos y autores que más demanda tienen entre los pasajeros y clientes que adquieren o leen libros. Trate alguien de conseguir allá el Tractatus logico-philolosophicus, de Wittgenstein, o La sociedad abierta y sus enemigos, de Popper, a ver cómo le va. En cambio, todavía está a tiempo incluso de conseguir en esas librerías la Agenda del Pequeño cerdo capitalista.
En México, como en España, Argentina, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos o Alemania se escriben y se publican libros para públicos lectores diversos, y entre esa diversidad lectora hay sectores que, independientemente de su nacionalidad y del país en que residen, están leyendo los mismos libros, y a los mismos autores, generalmente de moda (es decir, los llamados “superventas”) que acaparan las mesas de novedades en las librerías y los pedidos en línea en Amazon. Y esos mismos gustos e intereses lectores generan también ciertas identidades en hábitos más allá de la lectura de libros. Fuera del idioma materno, en los más diversos países hay sectores de adolescentes, jóvenes y adultos que se ocupan de las mismas cosas (consecuencia de la globalización), además de leer lo mismo.
Quien crea que todos los franceses o la mayoría leen o han leído a Balzac, que todos los ingleses o la mayoría leen o han leído a Milton, que todos los alemanes o la mayoría leen o han leído a Goethe y que todos los españoles o la mayoría leen o han leído a Quevedo es que no tiene idea de nada. Asimismo, sólo alguien muy despistado puede suponer que todos los mexicanos, o la mayor parte de ellos, leen o han leído Libertad bajo palabra de Octavio Paz, el único escritor mexicano que ha sido galardonado con el premio Nobel de Literatura, y cuyos libros, ¡por supuesto! (no es para sorprendernos), se venden mucho menos que los de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. En cuestión de tipologías, categorías y abstracciones comerciales, que pretenden ser culturales, el errado concepto “lector mexicano” es inservible para entendernos, no por deficiencia nuestra, sino simplemente porque tampoco existen el “lector alemán”, el “lector francés”, el “lector inglés”, el “lector español”, el “lector argentino”, etcétera. Ningún autor escribe para todos, aunque, quiméricamente, todos pudiesen leerlo. Cada libro tiene cierto tipo de receptores, es decir de lectores, incluso cuando el autor desconoce, con cierta aproximación, quiénes lo leerán.
Pero, además, para nadie es un secreto que hoy existen libros encauzados por la propia industria editorial a sectores tan distintos como “adolescentes mujeres”, “adolescentes varones”, “mujeres profesionistas”, “hombres de negocios”, “ejecutivos”, “amantes de los animales”, “canófilos”, “veganos”, “católicos”, “izquierdistas”, “derechistas”, “comunidad LGBT”, “seguidores de redes sociales”, “fans de celebridades”, “interesados en la política”, etcétera, todo lo cual prueba que no hay un “lector mexicano” que merezca dicha abstracción. Lo que hay son los lectores mexicanos que siguen manteniendo un mercado, aquí, como en cualquier otra parte del mundo del libre comercio y, donde como siempre, los libros de calidad cultural y científica, casi siempre de flujo lento, mantienen el desarrollo cultural, en tanto que los demás, y especialmente los más vendidos, mantienen el equilibrio de la industria, una industria en la que no debemos confundir, tampoco, utilidades económicas con utilidades formativas.

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015),
Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de zMéxico, 2016), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2017), ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva) y Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017).

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El placer de la lectura: Más allá del entretenimiento y de la literatura

El primer día de este mes participé en el Seminario de Investigación de Lectura “De la Lectura Académica a la Lectura Estética en la Biblioteca Universitaria”, organizado por la doctora Elsa Margarita Ramírez Leyva, gran lectora, investigadora, promotora de la lectura y directora general de Bibliotecas de la UNAM. Comparto con los lectores de Campus un fragmento de mi conferencia sustentada en el Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información (IIBI) de la UNAM, que dirige la doctora Araceli Torres Vargas.
Quizá debamos admitir que, como discípulos entusiastas de Daniel Pennac, fuimos demasiado ingenuos, o algo desprevenidos, en nuestro muy optimista activismo en pro del fomento y la promoción de la lectura, cuando, junto con el derecho a leer, reivindicamos enfáticamente, y sin matices, el concepto “placer de la lectura”.

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Lectura e incongruencia

Uno de mis libros que más me han acercado a los profesores y promotores de la lectura lo publiqué por vez primera en 2011 y ha sido reimpreso en varias ocasiones, la más reciente a fines del año anterior en formato de bolsillo. Lleva por título Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes, y por subtítulo Breve antimanual para padres, maestros y demás adultos (México, Océano Exprés, 2017). En sus diecisiete capítulos y en sus doscientas páginas no pretendo dar recetas para formar lectores; busco, sí, compartir reflexiones de sentido común que solemos pasar por alto cuando pretendemos que nuestros hijos o nuestros alumnos se aficionen a la lectura. Con motivo de la reimpresión más reciente de este librito entrego a los lectores de Campus algunos fragmentos de los capítulos séptimo y octavo que pueden ser de su interés.

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