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Fabulaciones (134)

Curiosidades y paradojas cómicas del diccionario de la Real Academia Española

Ediciones del Ermitaño puso a circular en estos días mi libro Pelos en la lengua: disparatorio esencial de la Real Academia Española. Editado por Alejandro Zenker, el libro quizá divertirá a algunos y hará rabiar a otros. Pero su propósito —en serio, más allá de comicidades académicas involuntaria— es mostrar la gran cantidad de disparates que puede contener un diccionario supuestamente muy riguroso: el de la RAE. Aprovechando la aparición de Pelos en la lengua, comento en este espacio algunas otras cosas, divertidas y paradójicas, del regio Diccionario de la lengua española. Vale añadir que dedico Pelos en la lengua a la memoria de Raúl Prieto Riodelaloza (alias Nikito Nipongo), escritor, filólogo, lexicógrafo y crítico certero de la RAE, de quien en 2013 se cumplieron diez años de su muerte.
En español o castellano los sustantivos y los adjetivos interrelacionados o vinculados deben concordar, forzosamente, en género (y en número); esto es, no puede hablarse de un hombre robusta ni de una mujer hermoso.

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Lectores a toda prueba

Hace poco el narrador y ensayista colombiano Esteban Carlos Mejía (Medellín, 1953) publicó un breve y estupendo texto (en el semanario Vivir en El Poblado) donde compara la lectura con la gimnasia. En realidad es una plegaria, y dice así:
“No es cierto, como se ufanan algunos agoreros, que cada vez leamos menos. ¿Cómo lee la gente? De cualquier forma. Sentados: en el sillón de toda la vida, en el sofá de la sala, en taburetes secos y estrictos como bancas de iglesia. Echados en una hamaca al suave vaivén de la brisa. Acostados en la cama, entre almohadas y cojines, con los juguetes al alcance de la mano: gafas, pocillo de tinto, copa de vino, cigarrillos, encendedor, lápices, resaltadores. Bocarriba, como arcángeles, o bocabajo en la posición del semimisionero. Recostados: de lado o con las rodillas recogidas a manera de atril. ¿De pie? Quizás en misa, en las historias del hijo del carpintero. O ante un juez. ¿En cuclillas? ¿Con la cabeza gacha? Cada cual escoge la postura que más le gusta. Leer es, casi siempre, un acto solitario, íntimo, algo efímero y medio misterioso.

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El valor de los libros

Una encuesta realiza-da en agosto de 2013, con diversas empresas aéreas en el mundo, concluye que los libros están entre los objetos que con mayor frecuencia olvidan los pasajeros en los aviones. Olvidan es un decir. En realidad no los olvidan, los abandonan, y aun en el caso de que los olvidaran realmente, lo que esto revela es que no les conceden demasiada importancia, puesto que, como es obvio, nadie los reclama en la oficina de objetos perdidos.
Los libros que los pasajeros compran en los aeropuertos poseen más precio que valor. Sirven para matar el tiempo, para leer aquí y allá, sin concierto, unas páginas, mientras se espera el enfadoso y, en general, demorado abordaje; para leer otras pocas, en el asiento del avión, antes del despegue, y para cerrarlos en el momento en que las azafatas pasan con el carrito de las bebidas.
Si en las páginas de esos libros circunstanciales los dueños no han puesto su pasaporte o su pase de abordar del vuelo de conexión, estos propietarios sentirán que no olvidan nada cuando aterriza el avión y todo el mundo se incorpora para salir rápidamente. ¿Olvidar un libro? No se olvida lo que en realidad no se recuerda o nunca se ha tenido presente, o para decirlo con los sabios versos de Sor Juana, “que aqueste no acordarme no es olvido/ sino una negación de la memoria”.

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Antipromotores de la lectura y el libro

Cuando veo a unos tipos majaderos (masculinos o femeninos), desdeñosos, irritados e irritantes, que dicen promover la lectura, inmediatamente compruebo que los libros no son por sí mismos objetos nobles, y que los motivos que pueden esgrimirse para la promoción y el fomento de la lectura pueden ser tan edificantes como simplemente obstinados y fanáticos.
Cuando imagino a un promotor y fomentador de la lectura, lo imagino siempre afable y con excelente actitud, con propósito de comunión (es decir, de reunirse con el común) y con la mente abierta a toda posibilidad de análisis, reflexión e inventiva en torno al ejercicio que, en un supuesto, debería apasionarle.
Sin embargo, casi invariablemente, me encuentro que entre cincuenta entusiastas afables promotores hay uno o dos amargados, desdeñosos e intolerantes que no sé qué hacen en medio de los demás. Se muestran enfadados por todo, no parecen disfrutar nada y tan sólo confían en sus propias ideas que, por lo demás, no son muchas pero sí reiteradas. Una cosa que particularmente les irrita es el concepto del “placer de la lectura”. ¿Es que acaso nunca disfrutan este ejercicio? No deja de ser algo lamentable, en sus casos, puesto que tratan de conseguir que otros lean.

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De qué va la lectura: algunas verdades políticamente incorrectas

Los siguientes aforismos forman parte de mi libro Ética y poética de la lectura: El derecho de leer, la libertad de saber que ha puesto a circular Letra Uno Ediciones, de Guadalajara, y que se presentó el 4 de octubre en el marco del Segundo Encuentro de Lectores celebrado en la Casa Clavigero ITESO de la capital de Jalisco.

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¿Y si la lectura no fuera un derecho? (segunda y última parte)

Aquí la primera parte.


Desde hace poco más de un par de décadas (a principios de la última del siglo pasado), hay todo un movimiento y una acción insistente en que las leyes nacionales y los organismos internacionales reconozcan expresamente el concepto “derecho a la lectura” en el mismo nivel que reconocen el “derecho a la educación”, el “derecho a la salud” y otros derechos concurrentes. No deja de ser paradójico o sintomático (según se vea) que la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) haya declarado, en junio de 2011, el acceso a internet como un derecho humano “por ser una herramienta que favorece el crecimiento y el progreso de la sociedad en su conjunto”.

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¿Y si la lectura no fuera un derecho?

En su Manifiesto por un Brasil literario (2009), el escritor y pensador Bartolomeu Campos de Queirós (1944-2012) señaló: “La lectura literaria es un derecho de todos que aún no está escrito”. Por ello, en ese documento planteó que, si en el mundo actual, “la alfabetización se considera como un bien y como un derecho”, de manera consecuente, lógica y congruente, habría que “reconocer como un principio el derecho de todos a participar de la producción literaria”.

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Por qué la lectura es (sin duda) un derecho (Cuarta parte)

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

Para José Antonio Marina y María de la Válgoma (La magia de leer, Plaza y Janés, Barcelona, 2005), “la lectura es una actividad de interés social preferente. De ahí deriva nuestro empeño por convencer a todos”. Añaden: “Leer no es un mero adorno, ni un modo más de divertirse, de pasar el tiempo muerto o de matar el tiempo. Es el medio más eficaz para adueñarse del lenguaje, lo que, a su vez, es condición indispensable para el desarrollo de la inteligencia, la plenitud afectiva de nuestras relaciones y la dignidad de nuestra convivencia”.

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Por qué la lectura es (sin duda) un derecho (tercera parte)

Primera parte

Segunda parte

Algunos especialistas y expertos en lectura consideran que, como tal, el “derecho a la lectura” es inexistente, puesto que no está admitido en ninguna legislación. Sin embargo, los derechos no requieren de formalismos para existir. Los derechos son, a un tiempo, exigencias sociales y necesidades del individuo, y son anteriores al reconocimiento legal. Para decirlo con José Antonio Marina (Crónicas de la ultramodernidad, Anagrama, 2000), “nadie tiene por naturaleza ningún derecho. El orbe de los derechos es una construcción de la inteligencia humana convertida en legisladora y que, mal que bien, lleva funcionando en algunos países desde hace siglos”.

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Por qué la lectura es (sin duda) un derecho (segunda parte)

(Puede leer la primera parte aquí)

En la Carta del lector, aprobada en el 23º Congreso de la Asociación Internacional de Editores (International Publishers Association), en enero de 1992, en Nueva Delhi, India, se advierte que, en lo social, “la lectura eficaz es un prerrequisito para poder participar plenamente en la sociedad actual”, pues “la lectura, no sólo de libros, sino también de todos los textos impresos, es la clave de nuestra herencia cultural y científica y promueve la comprensión internacional y el interés en otras culturas”.

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