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Fabulaciones (130)

¿Todo es cultura?: Distinguir y comprender los niveles culturales

Para el proyecto editorial Encuentros 2050 que desarrolla Malena Mijares en la Coordinación de Humanidades de la UNAM, animado por ella escribí mi versión sobre el tema cultural, misma que, con algunas adecuaciones de espacio, comparto ahora con los lectores de Campus. La cultura, digámoslo en primer término, es lo que menos les importa a los políticos, y en vísperas de elecciones esto puede constatarse. Los candidatos a la presidencia del país no tienen siquiera una mínima definición de ella.
En Los siete saberes necesarios para la educación del futuro (2001) Edgar Morin plantea la cultura como generalidad y las culturas como especificidades: Pluralidad y singularidad; el todo y sus partes. Explica: “Se dice justamente La Cultura, se dice justamente las culturas. La cultura está constituida por el conjunto de los saberes (reglas, normas, interdicciones, estrategias, creencias, ideas, valores, mitos) que se transmiten de generación en generación; se reproduce en cada individuo, controla la existencia de la sociedad y mantiene la complejidad psicológica y social. No hay sociedad humana, arcaica o moderna, que no tenga cultura, pero cada cultura es singular. Así, siempre hay la cultura en las culturas, pero la cultura no existe sino a través de las culturas”.

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Literacidad: Más allá de la decodificación textual

El término “literacidad” no está incluido en el Diccionario de la Real Academia Española, y no lo está porque es neologismo que llegó con las tecnologías de la información, al igual que han llegado otros términos más o menos aceptados, hoy, en una adaptación fonética y una representación gráfica en nuestra lengua. Cabe añadir que no aparece siquiera en el Diccionario de lectura y términos afines de la Asociación Internacional de Lectura, que publicó en español, en 1985, la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. La razón es la misma: el término es reciente; por ello, acerca de él y lo que representa para el fenómeno de la lectura, hay que decir algo al respecto.

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¿“Ciudad de México” y “la ciudad de México”?: Más razones y evidencias

Quien fuera investigador emérito del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM y director de la Academia Mexicana de la Lengua (2003-2011), distinguido en 2008 con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura, el lingüista José G. Moreno de Alba (1940-2013), advirtió lo siguiente en 2000, a propósito del necio uso español “Ciudad de México” para nuestra capital: “No conozco decreto ni ordenamiento alguno de autoridades competentes que señale que el nombre oficial de la capital del país es el de Ciudad de México”. ¡Ni siquiera de autoridades incompetentes, habría que añadir! Y es que hasta el 5 de febrero de 2017 no lo había.

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“Ciudad de México”: Sí, pero no

No lo entienden en el “Gobierno de la Ciudad de México”. No entienden que si “México”, la capital del país, nunca se llamó, oficialmente (antes de la reforma política del Distrito Federal, de 2016, y de la promulgación de la Constitución política local, en 2017), “Ciudad de México”, sino simplemente “México” y “México, D. F.”, ahora que, con la reforma y con la promulgación de la Constitución local, se llama, oficialmente, “Ciudad de México”, el artículo determinado (“la”) sale sobrando, está de más. Es una torpeza que aparece incluso en el texto constitucional promulgado por Miguel Ángel Mancera Espinosa, “jefe de Gobierno de la Ciudad de México”, en la “Gaceta Oficial de la Ciudad de México”, el 5 de febrero de 2017 en “la Ciudad de México”.

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Cuando los correctores de la lengua se equivocan

La publicación de un reciente libro (México bizarro, 2017), de Alejandro Rosas y Julio Patán, ha puesto el tema de la bizarría sobre la mesa. Hay quienes creen que, de acuerdo con el significado que le dan los autores a este adjetivo, están cometiendo un disparate. Sin embargo, no pocas veces los voluntarios (y a veces voluntariosos) correctores de la lengua también se equivocan, porque su equivocación parte del yerro de origen de una academia de la lengua (la Real Academia Española) cuyo Diccionario está lleno de barbaridades, como lo he mostrado en mis libros Pelos en la lengua (2013) y El libro de los disparates (2016). En la lengua, al igual que en otras muchas cosas, lo importante no es tener razón, sino ser razonables.

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Los universitarios y El libro vaquero

Con motivo de la nueva edición, definitiva, de mi libro ¿Qué leen los que no leen? (Editorial Océano, 2017), me han hecho varias entrevistas, y una de ellas, muy incisiva, fue la del programa “Primer Movimiento” de Radio UNAM. Explico esto porque, ahora en Campus, retomo uno de los temas abordados en esa conversación. Cuando me referí a Jaime Rodríguez Calderón, “El Bronco”, gobernador de Nuevo León (quien ahora quiere ser Presidente de México), mencioné el hecho vergonzoso de que, en su caso, haya pasado por la universidad, por la educación superior (es agrónomo por la UANL), y que, pese a ello, su lectura favorita, pregonada por él mismo, sea el cómic El Libro Vaquero. Se enorgulleció de ello cuando era candidato y luego lo reiteró en la 29 Feria Internacional del Libro de Monterrey ya como gobernador.

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Nuevamente, ¿Qué leen los que no leen?

En estos días ha comenzado a circular la edición definitiva (corregida y aumentada) de uno de mis libros que mayor felicidad me ha deparado en la conversación y la discusión cultural con los lectores. Se trata de la séptima edición de ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017), volumen que apareció por vez primera hace ya casi tres lustros. Es un libro que, desde su epígrafe, que tomé prestado al indispensable Gabriel Zaid, plantea el diálogo y admite el debate:
“¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: yo solo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero, ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.”

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Pensar y dudar en la escuela

Max Black, citado por Harry G. Frankfurt en On Bullshit: Sobre la manipulación de la verdad (Paidós, 2006), define la paparrucha como la tergiversación engañosa próxima a la mentira, especialmente mediante palabras o acciones pretenciosas, de las ideas, los sentimientos o las actitudes de alguien. Pocas definiciones como ésta son tan apropiadas para referirnos al humo que venden muchos “expertos” charlatanes y que suelen consumir los sistemas en el mundo a partir de la entronización de la tecnocracia.
La célebre frase latina Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo) que resume la filosofía de René Descartes tiene antecedentes en Cicerón (Vivere est cogitare: vivir es pensar). Pero ni siquiera esta frase, aparentemente tan firme y tan precisa en su interpretación (existo, puesto que pienso) es incontrovertible, pues José Ortega y Gasset, ni más ni menos, la puso en duda: “La verdad —escribió— es que no existo porque pienso sino al contrario, pienso porque existo, porque la vida me plantea crudos problemas inexorables”.
Ortega y Gasset nos enseña, como nos lo debe enseñar todo buen filósofo, que ninguna afirmación es definitiva e irrebatible por muy notable que sea la autoridad intelectual que la haya establecido, y que lo importante del pensamiento es la reflexión, la duda y la desconfianza para que comprendamos mejor. En su Leviatán, Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, casi contemporáneo de Descartes, parece que remeda al autor del Cogito, ergo sum, cuando dice Primum vivere, deinde philosophare (primero vivir, después filosofar).

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La lectura posible en la escuela “imposible”

Al referirse a la necesidad de repensar la reforma y reformar el pensamiento, Édgar Morín ha dicho que el objetivo de la educación no debe ser el dar al alumno conocimientos cada vez más numerosos, sino ayudarle a construir una mente bien ordenada que permita un modo de pensar abierto y libre. El grave problema de la educación es creer que la reforma es tan sólo una cuestión meramente técnica para la “competitividad”, palabra ésta que es la primera que asoma en el vocabulario de los especialistas y los funcionarios en educación.
No se equivoca Ernesto Sabato cuando afirma que “nada de importancia puede enseñarse si previamente no se es capaz de suscitar el asombro”, cosa que no consigue, por supuesto, una enseñanza repetitiva y chata que cree más en el saber que en la sabiduría y que pretende enseñarle al alumno a creer en lo que sabe, en lugar de facilitarle el proceso de dudar en lo que cree, ese proceso del que nacen todas las preguntas que no tienen una Respuesta Única y Verdadera, sino multiplicidad de posibles respuestas tan válidas unas como las otras, o tan probablemente equivocadas unas como las demás.

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Efectos y recompensas del vicio de leer

En los cafés, en los aeropuertos, en cualquier sitio de espera, Julio Cortázar siempre llevaba un libro en el bolsillo o en las manos. No imaginaba su existencia sin el feliz y absorbente vicio de leer. En una entrevista declaró: “Los horarios de la vida te condenan a horas de espera y, entonces, tener un libro en el bolsillo y concentrarse en él anula el tiempo del reloj y te crea una sensación de plenitud”. Fumador empedernido, Cortázar sabía de lo que hablaba cuando, con ironía admirativa, afirmó: “El vicio de leer es peor que el tabaco”. Peor, por su poder adictivo. Mejor, por sus efectos y recompensas.
En uno de sus ensayos (“Bibliofarmacia: Riesgos y prevención en la ingestión de libros”) del volumen La experiencia de la lectura: Estudios sobre literatura y formación, el lector e investigador español Jorge Larrosa nos avisa que “la idea de que la palabra tiene efectos en las personas está implícita en el empleo de fórmulas verbales de intención maligna o terapéutica presente en gran parte de las culturas ‘primitivas’. En lo que aún reconocemos como el origen de Occidente, en la tradición homérica, se recogen prácticas, seguramente mucho más antiguas, en las que se utilizan ensalmos o conjuros de efectos curativos que oscilan entre la magia y la plegaria”.
Precisa este autor que en algunos casos, los efectos de la palabra no son el resultado de sus virtudes mágicas o de su capacidad para hacer intervenir favorablemente a las fuerzas divinas, sino que dependen más bien y únicamente “del modo como actúan por sí mismas, por su propia significación anímica, ‘encantando’ el ánimo del enfermo de una manera análoga a como las drogas actúan sobre su cuerpo”.
La lectura puede modificar, sin duda, la percepción de quienes la consumen. Carlos Fuentes lo sabía también. En su libro Cervantes o la crítica de la lectura, nos recuerda que “don Quijote viene de la lectura y a ella va: don Quijote es el embajador de la lectura.
Y para él, no es la
realidad la que
se cruza entre sus empresas y la verdad: son los encantadores que conoce por sus lecturas. [...] Nacido de la lectura, don Quijote, cada vez que fracasa, se refugia en la lectura. Y refugiado en la lectura, seguirá viendo ejércitos donde sólo hay ovejas sin perder la razón de su lectura”. Sólo al final, “la realidad le roba su imaginación”.
Para Cervantes y para don Quijote, “no hay cosa segura en esta vida”. Esto lo pueden concluir porque la lectura los ha hecho mirar la realidad de otra manera. En el Persiles, Cervantes no tiene duda al afirmar que “las lecciones de los libros muchas veces hacen más cierta la esperiencia de las cosas, que no la tienen los mismos que las han visto, a causa que el que lee con atención, repara una y muchas veces en lo que va leyendo, y el que mira sin ella, no repara en nada”.
Como una poderosa droga, la lectura, cuando cala en lo profundo de la experiencia humana nos da, en efecto y como lo ilustra el inolvidable personaje de Cervantes, la capacidad de mirar más imaginativa, más fabulosamente, la prosaica realidad. No olvidemos, sin embargo, que hay múltiples razones para leer un libro y sólo una para dejar de hacerlo: el hastío. Cuando, a pesar del hastío, uno sigue leyendo, o es muy disciplinado o desconoce la pasión. A veces ambas cosas, sumándose a ellas el exigente deber que no admite excusas ni preferencias individuales.
Entre los lectores que uno puede conocer, abundan los que se asombran de que se pueda dejar un libro a la mitad porque nos fue imposible entablar una relación apasionada con él. Sin embargo, tengo la sospecha de que entre esos muchos lectores que se asombran de esto, hay bastantes que son insinceros. Admito que sólo es una sospecha, pero mi hipótesis es que les da pena intelectual confesar que hay libros que les aburren mortalmente y que en realidad nunca terminan de leer. No lo confiesan porque admitirlo sería como una vergüenza intelectual, una derrota de la inteligencia que no están dispuestos a revelar.
Pierre Bayard, en cambio, es más terminante al respecto. En su libro Cómo hablar de los libros que no se han leído, afirma que el sistema coactivo de obligaciones y prohibiciones en nuestra sociedad “tiene como consecuencia haber suscitado una hipocresía generalizada sobre los libros efectivamente leídos”. La tesis, que no hipótesis, de Bayard es que una enorme cantidad de personas miente en relación con los libros que, presuntamente, ha leído.

Libros que todo el mundo ha leído
Henry Hitchings, por su parte, suscribe las afirmaciones de Bayard y va más allá. En su libro Saber de libros sin leer (que se inspira en el del escritor francés), asegura que, entre los lectores, los mentirosos son legión, pues “la gente suele ser poco sincera en lo que respecta a sus hábitos de lectura”. Añade que, como se está entre mentirosos, todos hablan el mismo idioma, y quien afirma haber leído libros como La anatomía de la melancolía, de Robert Burton; Finnegan’s Wake, de James Joyce; El hombre sin atributos, de Robert Musil, o En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, sabe de antemano que, la mayoría de sus interlocutores, tampoco los ha leído realmente aunque, en el corrillo, todo el mundo hable de ellos con mucha propiedad y sapiencia.
Hitchings, graduado en letras por las universidades de Oxford y Londres, y crítico habitual de literatura en periódicos como The Guardian y Financial Times, refiere, divertido: “Cuando confieso en público no haber acabado un libro, o haberlo hojeado por encima, me llevo miradas de espanto. Yo sí que suelo terminar los libros, pero me niego a que me retenga algo que no me resulta gratificante”. Y, para que se comprenda su aserto, nos deja la siguiente anécdota: “Cuando a Ezra Pound, un poeta cuyas obras no podrían definirse precisamente como sencillas, le preguntaron qué opinaba de Finnegan’s Wake, sugirió que la única justificación para leerlo sería que ese acto sirviera para curar una enfermedad venérea”.
Cuando se han leído muchos libros (y “muchos libros” quiere decir doce, quince o veinte al año), se acaba conociendo muchísimos otros por referencia, y el orgullo intelectual lleva a bastantes lectores a decir, y a creer, que ya leyeron, por ejemplo, la Biblia, El Corán o Las mil y una noches, sólo por mencionar tres, aunque apenas los conozcan fragmentariamente y muy de paso. El lector acomplejado arriesga su prestigio si reconoce que no ha leído una determinada obra maestra que, se supone, nadie debería ignorar.
Hace algún tiempo supe de alguien que afirmaba haber leído, íntegro, El capital, y hay quienes creen que han leído la Ilíada y la Odisea, la Divina comedia, y el Ulises de Joyce, a pesar de las dudas que suscita esa creencia optimista si juzgamos el comportamiento intelectual y emotivo de dichos “lectores”. Los que leen realmente se delatan como lectores, de la misma forma que se delatan los falsos lectores. Por su comportamiento y por su actitud.
Leer es esa acción que modifica, siempre, a las personas, incluso cuando las vuelve pedantes o insufribles. En el mejor de los casos las torna más humanas. Dígase lo que se diga sobre la lectura, Rousseau siempre tendrá razón cuando sentencia: “No puedo imaginar qué clase de bondad puede tener un libro si es incapaz de hacer buenos a sus lectores”.
A veces, mientras más libros acumulamos, por el solo hecho de acumularlos, menos cultos somos; a diferencia de los que leen no por cultura aditiva (y adictiva), sino por plena satisfacción espiritual más que bibliográfica. Un lector no se mide por la cantidad de libros leídos, y además de no estar hecho de sacrificios o de imposiciones sacrificadas, no vive acomplejado porque otros han leído más libros que él.
Gabriel Zaid lo ha dicho con perfecto razonamiento: “La superioridad de unas culturas sobre otras o de unos medios culturales sobre otros, cuando existe, está en la animación, en el nivel de vida resultante, que se puede apreciar, aunque escapa a las estadísticas. No está en las credenciales, ni en las estadísticas”. Dicho de otro modo y con perfecta síntesis irrebatible: “la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan”.
En su ensayo “Constelaciones de libros”, Gabriel Zaid señala: “Un lector que lee atentamente, reflexiona, habla animadamente con otros lectores, recuerda, relee, puede volverse amigo de un millar de libros a lo largo de su vida. Un lector prodigio o un lector profesional, que maneja y consulta libros con propósitos concretos, puede leer varias veces más, pero no mucho más”.
Hasta los más grandes lectores apenas si pueden leer, realmente, lo que se considera el canon universal de las letras y algunas pocas cosas fundamentales o imprescindibles de otras materias: psicología, filosofía, lingüística, historia, religiones, antropología, política, ciencia, etcétera. Una prolongada vida de lectura, como la del precoz y constante Alfonso Reyes, por más que incluya sus dosis de disciplina, tiene que regirse por la feliz inclinación, por el gusto y, con ello, por la discriminación, por la selección. Puesto que no podemos leerlo todo, muy buena elección será leer, y releer, sólo aquello que nos gusta y que, sin lugar a dudas, nos enriquece el espíritu.
Leer puede convertirse, sin duda, en una pasión adictiva a prueba de todo. Sin embargo, hasta para los más grandes lectores, como lo fue Reyes, leer libros exige de disposición y, no menos necesariamente, de dosificación. ¿Puede alguien imaginar a Alfonso Reyes harto de los libros? Quien no lo pueda imaginar, debe leer la breve nota que en 1949 le envía a Jorge Luis Borges, con motivo de la lectura de El Aleph. Le dice: “Estoy deleitado con El Aleph. Acaso por culpa de mis obligaciones didácticas, me siento harto de los libros. Usted me reconcilia con las letras”.
Cuando la lectura se vuelve hastío, no hay índice estadístico que nos salve, por más que cumplamos con entera destreza el ejercicio de leer. La práctica acumulativa de lecturas, impulsada por el deber disciplinario, nos puede llevar al conocimiento de ciertas cosas pero no necesariamente a la alegría de saber y emocionarnos. Si no podemos ser Alfonso Reyes, bien podríamos estar satisfechos con ser los lectores de Alfonso Reyes y de algunos otros autores y otros libros, leídos con la certeza de que alguna puerta han abierto en nuestro entendimiento y en nuestro corazón. ¿Para qué pedirle algo más que esto a la lectura?

El premio  debe ser leer
Al reflexionar en esto, tal vez debamos advertir que hay falsos mecanismos en la promoción de la lectura que a simple vista parecen no sólo verdaderos sino muy dignos de aplauso. Por ejemplo, dar premios a quienes hayan leído —y puedan comprobar que han leído— más libros que otros lectores. Parafraseando al Gabriel Zaid del espléndido ensayo “Organizados para no leer”, en un caso así, lo que importa es el premio, no la lectura: el libro es nada más un pretexto; lo importante es lo que te dan a cambio de leerlo.
Cuando se pierde de vista, así, que lo fundamental de leer reside en el hecho de que quien lo hace lo considera en sí mismo importante, el libro se deslegitima y la práctica de lectura se convierte en una tarea para alcanzar únicamente un fin práctico y, muchas veces, una ordinaria utilidad, un vulgar provecho. La recompensa de la lectura está en la lectura misma, y no en las retribuciones de otra naturaleza que sólo sirven para condicionar otro tipo de beneficio.
El que lee libros pensando en ganar una competencia que, a su vez, le dará una gratificación que no sea la satisfacción misma de disfrutar el libro en cuestión, cae en la trampa de no saber que el sobreprecio, que el plus de leer no está en la compensación externa al libro sino en el hecho mismo de tener la experiencia de leer y gozar un libro.
Por eso son tan absurdos, fallidos y equívocos estos mecanismos que se presentan como magníficas estrategias para conseguir que los niños y los jóvenes lean. Los que van a un estadio de futbol a presenciar el partido de su equipo favorito, no piensan ni por un momento que deben obtener otra ganancia que no sea ver jugar y ganar a su equipo. El plus, para ellos, sería que su equipo goleara. Y aunque se hagan sorteos entre los aficionados que asisten al estadio con boleto pagado para tener derecho a algún premio en efectivo o en especie (un millón de pesos pesos, un viaje, un automóvil, etcétera), es seguro que los verdaderos aficionados al futbol no van tanto al estadio por esa promesa sino por el futbol mismo. Aun si no sortearan o no regalaran absolutamente nada, seguirían comprando su boleto (como de hecho lo hacen) para ir al estadio cada vez que juega su equipo. En esto consiste el auténtico interés por algo, en este caso por el futbol, y también sería el caso de la lectura, para los auténticos lectores.
Los que consideran que deben darse “alicientes” para que los niños y los muchachos lean más libros, argumentan que entretenimientos como el futbol le ganan la partida a la lectura y tienen infinitamente muchos más aficionados porque gozan de enorme publicidad, pero esto no es cierto.
La razón para que el futbol tenga infinitamente más aficionados que la lectura no reside sólo en la enorme publicidad, sino en el auténtico interés masivo por el futbol. Cosa muy distinta es decir que los estadios, la televisión y los vendedores de cerveza, refrescos, comida, banderines, cornetas, playeras, etcétera, aprovechan este enorme interés de los aficionados al futbol para sacar ganancias y, además de todo o en consecuencia, alimentar, fortalecer y preservar dicho interés y dicho público para que, también, el negocio no se termine.
Leer libros y acumular un determinado número de lecturas con la promesa de alcanzar una retribución que no sea la satisfacción misma de leer, no producirá jamás auténticos lectores, sino practicantes de la lectura interesados más en la recompensa ajena al libro que en el placer mismo de leer.
Los que van a los estadios de futbol viven cada partido como si fuera el último que verán, aunque por supuesto guarden la esperanza y el deseo de ver futbol toda su vida, pero no presumen por la cantidad de partidos que han visto sino que les satisface o les frustra cada uno de esos partidos, según haya ganado o perdido su equipo, según hayan obtenido, a su parecer, buen o mal futbol.
Esto lo saben desde luego aquellos lectores que son a la vez aficionados al futbol, mismos que no cambian una cosa por otra: es decir, que leen, porque les gusta leer, aquellos libros que no cambiarían por un partido de futbol, y asisten al estadio o ven por la televisión el partido que no cambiarían, en ese momento al menos, por la lectura de ningún libro, así sea aquel que está reputado como el mejor.
Habrá que reiterarlo: las indudables recompensas de la lectura están en la lectura misma. Y aunque todos los libros sean un medio y nunca un fin, lo mejor que nos dan los libros no tiene que ver con la acumulación de lecturas sino con el gozo de leer (y, en consecuencia, de sentir y saber), ese gozo, esa locura, ese vicio que no puede sustituir ninguna otra actividad. Ninguna absolutamente. Ninguna.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016) y Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2017).

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