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Fabulaciones (118)

Libros de éxito inmediato: mejores ventas, peores lectores

Durante medio siglo, entre las décadas del treinta y el ochenta del siglo XX, dominó en la URSS y en otros países del este de Europa la corriente literaria y artística denominada “realismo socialista”. Fue excelente propaganda ideológica, pero significó un desastre para el arte y la cultura. Todo se redujo a una visión maniquea, de ciego optimismo político. Pintores, compositores y escritores produjeron “obras de tesis” doctrinarias, demagógicas y simplistas (en realidad, loas al socialismo), patrocinadas por el Estado.
Era esto o la disidencia: la mediocridad o el arte auténtico; el acomodo o salvar la vocación. Y quien se decidía por esto último estaba listo para la persecución, el gulag o la muerte. Lo extraordinario es que no fueron pocos los que se negaron a cambiar la vocación por la comodidad, desde Anna Ajmátova hasta Ósip y Nadezhda Mandelstam, pasando por Gumiliov, Brodsky, Pasternak y Solzhenitsyn, entre otros.

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¿Tiene la industria del libro una responsabilidad social?

Con frecuencia se olvida que una universidad sin auténticos lectores es una grave contradicción y, peor aún, una terrible incongruencia, del mismo modo que lo es una universidad sin humanidades. Y hoy, cuando un amplio sector de la industria editorial comercial y otro no menos amplio de autores comerciales —y cada vez más insustanciales— conspiran contra la edición cultural, contra el libro formativo y contra la lectura crítica e inteligente, es necesario decir algo al respecto.
¿Tiene la industria del libro una responsabilidad social? Tal es la pregunta que encabeza este artículo. Y la respuesta es sí, sí la tiene, y la asumen en especial las editoriales independientes y universitarias y, en general, las institucionales, salvo cuando la incumplen por compromisos políticos o de amistad de sus funcionarios o sus dirigentes en turno.

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Lectura y mediatización intelectual en la sociedad del espectáculo

Cierto día un escritor argentino me dijo que su compatriota Ernesto Sabato era “una muy mala persona”. Me lo definió como incon-gruente y narcisista.
Le parecía detestable: alguien que se fingía humilde y era autocomplaciente, autoindulgente, autosatisfecho, arrogante y vanidoso. Años después leí, en el diario español El País, que otro compatriota suyo, el también escritor Ricardo Piglia que, por lo que sé, también tiene lo suyo, lo definió del siguiente modo: “Era una persona bastante desagradable, muy oportunista”.
Y yo, lector devoto de Sabato, pensé que sería decepcionante que dicha persona fuera, en esencia, la misma a la que yo admiraba por sus libros, porque entonces todas sus brillantes reflexiones sobre la humanidad y el humanismo se derrumbarían y quedarían en pura cháchara, en palabrería sin ningún sustento vital: máscara, fingimiento; justamente el oportunismo que propicia la sociedad del espectáculo para vender una buena imagen con sus respectivos subproductos: el escritor y su carisma como muy lucrativas mercancías.

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Notas para una ética de la cultura literaria

La glorificación de la obra de arte, por encima de cualquier cosa, nos ha llevado irremediablemente al cinismo, al grado de presentar como argumento del todo válido el famoso apotegma de François Mauriac: “Si te interesa la virtud, olvídate de la literatura”. No se trata de moralizar pero, bajo este supuesto, un artista puede justificar cualquier comportamiento canalla en aras de su obra que, presuntamente, mejorará a la humanidad. Lo cierto es que si él mismo no se puede mejorar, parece obvio que no podrá mejorar a nadie, aunque aceptemos, alegremente, que se puede ser mezquino, bribón, canalla e incluso criminal en aras del beneficio que La Obra le dará a otras personas (no pocas de ellas, seguramente, mezquinas, bribonas, canallas y criminales).
François Villon no produjo sus extraordinarias baladas para mejorar a nadie, y él mismo estaba consciente de ello. Lo que hizo fue escribir con rabia, cinismo y desparpajo sus vilezas y canalladas, y sus rufianerías alcanzaron el nivel estético que hoy admiramos, pero es obvio que sólo las podemos admirar, noblemente, al margen del rufián, lo cual se convierte en un problema moral: ¿cómo separar al hombre de sus actos? La obra de Villon no es nada más la obra escrita, sino también la obra criminal. Y bien sabemos que muchos intelectuales y académicos, que estudian dedicada y delicadamente a Villon y que pergeñan ediciones críticas y anotadas, no se hubieran dignado siquiera a cruzar una breve conversación con este rufián que, a su vez, hubiera disfrutado, sin duda, entrar a sus cubículos y orinarse o masturbarse en ellos.

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Realidad y lectura: lo indispensable

Hay algo triste, pesaroso y perturbador en el pensamiento, esencialmente artístico, de la gran escritora austriaca Elfriede Jelinek, cuando afirma: “Leo para no tener que vivir (y por eso también escribo)”. Es lo malo de los escritores: que lean y escriban para no tener que vivir, y que se encierren en sus libros pensando que eso es mejor que la vida. Deben estar muy desilusionados, pues lo mejor de la vida es la vida, pese a todos sus inconvenientes. La lectura y la escritura forman parte de ella. Quien se conforma con la ficción, tarde o temprano encontrará suficiente la mentira. Lo único que tenemos es esta realidad, la que vivimos y en la que, por fortuna, podemos incluir la lectura.
¿Leer para ser felices? Ojalá se pudiera. Ojalá fuera cierto. Pero bien sabemos los lectores (y lo saben los escritores) que podemos ser infelices a pesar de la lectura. El problema que tienen los lemas culturales, como el de “Leer para ser felices”, es que generalizan las buenas intenciones, pero evaden la realidad. Podemos saber que un lema es equívocamente bienintencionado cuando admite la sustitución del verbo, es decir de la acción del mismo. Por ejemplo, “Fumar para ser felices”, “Robar para ser felices”, “Amar para ser felices”, “Incordiar para ser felices”, “Matar para ser felices”... La “felicidad” no depende de que la acción sea ética o inmoral.
Por ejemplo, en Lolita, de Nabokov, el pedófilo Humbert Humbert es lector y escritor. ¿Es feliz por el hecho de ser lector y escritor? No, por cierto. Lo que resulta evidente es que Humbert concentra su “felicidad” más que en la lectura de libros en la posesión sexual de Lolita. Los lectores, escritores, funcionarios, promotores y fomentadores del libro y la lectura tenemos que dejar de mentirles a los lectores para aspirar a que la población nos crea mínimamente que leer es bueno y fascinante, además de útil. Leer libros (y escribirlos) no garantiza en absoluto la felicidad a nadie.

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Negocio editorial y acumulación de dinero

La revista española Texturas, que editan en Madrid José María Barandiarán, Manuel Gil y Manuel Ortuño, ha llegado a su número 30 (octubre de 2016) con el que celebra su primera década de existencia. En este número apareció el siguiente texto que comparto con los lectores de CAMPUS.
Una cosa es escribir libros y otra muy distinta fabricarlos. Los auténticos libros, en su sentido cultural y educativo, se escriben para durar, con ideas y propuestas originales, a fin de dialogar e impulsar el desarrollo del pensamiento y la sensibilidad. En cambio, los libros fabricados no son libros de autor ni obras de ideas ni de especial sensibilidad, sino páginas (y pajas) deudoras de la moda y la mercadotecnia, con contenidos pedestres.
Pedestre (del latín pedestris) es término que deriva de “pie” (pes, pedis). De ahí que este tipo de libros, literalmente, estén escritos con los pies. Son esas páginas desechables, en forma de libro, firmadas por las “figuras” públicas o mediáticas a quienes los editores comerciales buscan para proponerles la fabricación de esos objetos vendibles que lo son no por el valor de su contenido (carente de ideas y ausente de estética), sino por la “fama” (muchas veces infame) de quienes firman la portada y la portadilla.

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El gasto cultural y la lectura como pretexto

México es uno de los países de América Latina que más invierte en programas de promoción y fomento de la lectura, y sin embargo esta inversión sigue siendo insignificante dentro de un más que precario gasto general en cultura. En 2016 la inversión cultural (17 mil millones de pesos) apenas alcanzó medio punto porcentual (ni siquiera  uno por ciento) del Presupuesto de Egresos de la Federación. Este porcentaje se reducirá aún más en 2017 con el recorte de casi 4 mil millones de pesos. La cultura es indispensable, pero especialmente en el discurso político.
Aunque en el presupuesto cultural suelen impactar las más peregrinas ocurrencias al amparo de la sentencia “todo es cultura”, en la distribución del gasto por programas presupuestarios (Cámara de Diputados, Dirección de Servicios de Investigación y Análisis, 2015), de los 17,000 millones de pesos que ejerció en 2016 la federación en el subsector cultural, 9,000 millones se destinaron al “impulso al desarrollo cultural”, poco más de 2,000 millones a “programas de cultura en las entidades federativas” y, adicionalmente, algo así como mil millones más al Programa de Apoyo a la Infraestructura Cultural de los Estados (PAICE), Ciudades Patrimonio Mundial y Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (Pacmyc). Esto quiere decir que la federación agrega unos dineros, en el rubro cultural, a las inversiones estatales y municipales.

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¿Tiene alguna utilidad la poesía?

Leyendo a W. H. Auden (1907-1973), en un extenso poema de 1940 (“Carta de año nuevo”), encontramos esta afirmación elocuente que podría ser, a un tiempo, aleccionadora y desesperanzada: “El arte en intención es mímesis/ pero; una vez hecho realidad, el parecido cesa;/ el arte no es vida y no puede ser/ comadrona para la sociedad.
Más aún, en una aseveración descorazonadora e irrebatible, Auden afirma, en ese mismo poema, que “no hay palabra escrita del puño del hombre que pueda detener la guerra/ ni estar a la altura del alivio/ de su inconmensurable desdicha.
Sin embargo, en otro poema emblemático de esa misma época (“En memoria de W. B. Yeats”), el poeta británico-estadunidense reconoce el poder de la fuente reparadora de la poesía en un mundo al que, en general, le importan muy poco la poesía y el sufrimiento del ser humano. Pensando en Yeats, Auden afirma entonces: “Las palabras de un hombre muerto/ se transforman en las entrañas de los vivos.

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Guillermo Prieto: el educador nacional

Nacido en Tacubaya, Distrito Federal, el 10 de febrero de 1818, y muerto el 2 de marzo de 1897, Guillermo Prieto encarna una de las historias personales y literarias más apasionantes del siglo XIX en México. Esta historia va de la orfandad, cuando contaba con 13 años de edad, hasta llegar a convertirse en ministro de Hacienda en varias ocasiones y en uno de los redactores de las leyes de Reforma.
Liberal por excelencia, y honrado, salió de los puestos públicos del mismo modo que ingresó a ellos: no solo no se hizo rico, sino que estaba dispuesto, a exigencia de la patria, a entregar más de lo que recibía. Como ministro de Hacienda dijo que cuidaba el pan del pobre y que “limpiaba el tesoro de sombras y mamotretos”.

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El segundo aire del libro en papel

Los datos duros de los últimos tres años muestran que el mercado de los libros en papel ha recuperado terreno en relación con el mercado del libro en formato electrónico. Esto quiere decir que, luego del auge digital en la industria del libro, la letra impresa vuelve a su cauce, por una razón inobjetable que ya Alberto Manguel había advertido: la lectura en pantalla no es equivalente a la lectura en papel; las motivaciones y búsquedas son completamente diferentes entre los lectores de la pantalla y los lectores del libro tradicional.
Manguel incluso ha sugerido que la nueva forma de leer, en la pantalla, bien podría tener otro nombre que no es necesariamente un sinónimo de la lectura en el formato tradicional. No se trata, nada más, del cómo se decodifica un texto digital o impreso, sino también de qué efectos producen una u otra experiencia en el cerebro y los sentidos de los decodificadores que hoy, indistintamente, llamamos lectores.

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