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Fabulaciones (124)

Incultura, libros, negocio y Trump

En un sentido ideal, todos los oficios necesarios para el bien social son buenos. Ésta es verdad de Perogrullo porque admite también la lectura inversa sin alterar su conclusión: todos los oficios positivos son necesarios para el bien social. Siendo así, tan necesario es el arquitecto como el carpintero, tan necesario el médico como el sepulturero.
Lo anómalo es cuando, por ejemplo, el sepulturero, para tener trabajo, asume también el nefasto negocio de proveer los difuntos. Sepulturero y matón. Es un ejemplo extremo y, por fortuna, hipotético, pero que sirve muy bien para ilustrar la contraposición o incongruencia de las acciones. Algo así como si el fabricante de muletas se encargara también de quebrar piernas para mantener su empresa. En relación con esta forma esquizofrénica de comportamiento puede incluso ejemplificarse con la filantropía. Se atribuye al poeta y lexicógrafo español Juan de Iriarte y Cisneros el siguiente y devastador epigrama compuesto en el siglo XVIII: “El señor don Juan de Robres,/ con caridad sin igual,/ hizo este santo hospital.../ y también hizo los pobres”.

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La realidad y la lectura frente al hombre-libro

Aunque existe la práctica de la lectura en grupo, generalmente en voz alta, la lectura es un ejercicio individual e íntimo las más de las veces. Y, sin embargo, es evidente que la denominada promoción de la lectura solo puede entenderse dentro de un contexto social amplio.
No hay lector, por individualista que sea, por sectario que parezca, que no participe socialmente en la adquisición y la comunicación de lo leído, incluso si ha llegado a la lectura sin guía o sin mediador.
Un lector autista es lo menos parecido a un lector, porque la lectura nos hace participar de una historia, de una tradición, de una forma de ver el mundo e incluso de ciertos rituales adquiridos, heredados, que no solemos cuestionar o poner en duda.

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Por qué es imposible fabricar lectores

La gente, que trata de encontrar definiciones breves y concluyentes, suele preguntarse qué es la lectura. Para decirlo en pocas palabras, la lectura es una extensión de nuestro pensamiento. Por ello, leer no se termina, como una finalidad en sí misma, en el hecho de leer. No leemos simplemente para leer y seguir leyendo un libro tras otro solo para poder decir que leemos muchos libros y que somos campeones de lectura.
Por cierto, en el caso de su complemento, la escritura, no escribimos con el único propósito de escribir y seguir escribiendo. Tal cosa sería, también, necedad patológica. Lectura y escritura forman parte de nuestro ser comunicante, incluso si muchas veces tan solo lo comunicamos a ese yo íntimo con el que conversamos a solas para tratar de entenderlo y de entendernos.

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Lo que la lectura hace por nosotros

La lectura nos proporciona información, conocimientos, saber, habilidades, destrezas, interiorización y expansión del pensamiento, pero en realidad no leemos para esto. Leemos porque nos place (cuando realmente nos place) y el resultado es todo lo anterior más otras cosas.
Pero leer no nos garantiza la sabiduría (el saber no es sabiduría cuando no sabemos qué hacer —para mejorarnos— con ese saber) ni la felicidad (hay legiones de lectores infelices). Tampoco nos garantiza la mejoría humana en su sentido ético y moral. Y, sin embargo, como en todo proceso educativo y cultural verdadero, la práctica de leer tiende al beneficio humano.

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Plagio textual: el más imperfecto de todos los crímenes

El plagio textual podría ser el más alto homenaje que reciba un autor, de no ser porque se trata, literalmente, de un robo. Ante un texto admirable (que deslumbra, que seduce, que arroba), ¿quién no ha sentido el deseo de ser él mismo su autor? Por eso los adolescentes enamorados copian poemas enteros de Neruda o de Sabines, o saquean sus versos, y se los entregan a las chicas que desean enamorar, sin decirles que ellos solo son los copistas.
A estos muchachos se les puede acusar de holgazanes, ya que no se esforzaron en escribir algo propio, pero lo cierto es que (como lectores) no tienen un pelo de tontos: saben que no podrían igualar el poema o los versos que les gustan, y temen no tener éxito en su empresa de conquista si le llevan a su chica unas muy malas líneas propias.

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Grafomanía, hipergrafía, lectomanía e hiperlexia

El escritor y neurólogo Bruno Estañol me diagnostica. Dice que padezco y disfruto de “grafomanía”, que soy un “grafómano”, así como otros son melómanos o pirómanos. Voy al diccionario de la lengua española y constato que el sustantivo femenino “grafomanía” (de grafo-, escritura, y -manía, inclinación excesiva, impulso obsesivo, afición apasionada) significa “manía irresistible de escribir”. En consecuencia, el adjetivo y sustantivo “grafómano” se aplican a quien tiene grafomanía.
Pero si bien, el término “manía” (del latín tardío manĭa, y éste del griego manía) puede ser un síndrome o cuadro clínico o un hábito patológico, en el caso de la escritura es también un don o una bendición de la musa, una gloriosa forma de estar ocupado en el quehacer de escribir que es el oficio humano y civilizador por excelencia mediante el cual nos construimos, nos formamos, nos hacemos más humanos.

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Libros de éxito inmediato: mejores ventas, peores lectores

Durante medio siglo, entre las décadas del treinta y el ochenta del siglo XX, dominó en la URSS y en otros países del este de Europa la corriente literaria y artística denominada “realismo socialista”. Fue excelente propaganda ideológica, pero significó un desastre para el arte y la cultura. Todo se redujo a una visión maniquea, de ciego optimismo político. Pintores, compositores y escritores produjeron “obras de tesis” doctrinarias, demagógicas y simplistas (en realidad, loas al socialismo), patrocinadas por el Estado.
Era esto o la disidencia: la mediocridad o el arte auténtico; el acomodo o salvar la vocación. Y quien se decidía por esto último estaba listo para la persecución, el gulag o la muerte. Lo extraordinario es que no fueron pocos los que se negaron a cambiar la vocación por la comodidad, desde Anna Ajmátova hasta Ósip y Nadezhda Mandelstam, pasando por Gumiliov, Brodsky, Pasternak y Solzhenitsyn, entre otros.

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¿Tiene la industria del libro una responsabilidad social?

Con frecuencia se olvida que una universidad sin auténticos lectores es una grave contradicción y, peor aún, una terrible incongruencia, del mismo modo que lo es una universidad sin humanidades. Y hoy, cuando un amplio sector de la industria editorial comercial y otro no menos amplio de autores comerciales —y cada vez más insustanciales— conspiran contra la edición cultural, contra el libro formativo y contra la lectura crítica e inteligente, es necesario decir algo al respecto.
¿Tiene la industria del libro una responsabilidad social? Tal es la pregunta que encabeza este artículo. Y la respuesta es sí, sí la tiene, y la asumen en especial las editoriales independientes y universitarias y, en general, las institucionales, salvo cuando la incumplen por compromisos políticos o de amistad de sus funcionarios o sus dirigentes en turno.

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Lectura y mediatización intelectual en la sociedad del espectáculo

Cierto día un escritor argentino me dijo que su compatriota Ernesto Sabato era “una muy mala persona”. Me lo definió como incon-gruente y narcisista.
Le parecía detestable: alguien que se fingía humilde y era autocomplaciente, autoindulgente, autosatisfecho, arrogante y vanidoso. Años después leí, en el diario español El País, que otro compatriota suyo, el también escritor Ricardo Piglia que, por lo que sé, también tiene lo suyo, lo definió del siguiente modo: “Era una persona bastante desagradable, muy oportunista”.
Y yo, lector devoto de Sabato, pensé que sería decepcionante que dicha persona fuera, en esencia, la misma a la que yo admiraba por sus libros, porque entonces todas sus brillantes reflexiones sobre la humanidad y el humanismo se derrumbarían y quedarían en pura cháchara, en palabrería sin ningún sustento vital: máscara, fingimiento; justamente el oportunismo que propicia la sociedad del espectáculo para vender una buena imagen con sus respectivos subproductos: el escritor y su carisma como muy lucrativas mercancías.

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Notas para una ética de la cultura literaria

La glorificación de la obra de arte, por encima de cualquier cosa, nos ha llevado irremediablemente al cinismo, al grado de presentar como argumento del todo válido el famoso apotegma de François Mauriac: “Si te interesa la virtud, olvídate de la literatura”. No se trata de moralizar pero, bajo este supuesto, un artista puede justificar cualquier comportamiento canalla en aras de su obra que, presuntamente, mejorará a la humanidad. Lo cierto es que si él mismo no se puede mejorar, parece obvio que no podrá mejorar a nadie, aunque aceptemos, alegremente, que se puede ser mezquino, bribón, canalla e incluso criminal en aras del beneficio que La Obra le dará a otras personas (no pocas de ellas, seguramente, mezquinas, bribonas, canallas y criminales).
François Villon no produjo sus extraordinarias baladas para mejorar a nadie, y él mismo estaba consciente de ello. Lo que hizo fue escribir con rabia, cinismo y desparpajo sus vilezas y canalladas, y sus rufianerías alcanzaron el nivel estético que hoy admiramos, pero es obvio que sólo las podemos admirar, noblemente, al margen del rufián, lo cual se convierte en un problema moral: ¿cómo separar al hombre de sus actos? La obra de Villon no es nada más la obra escrita, sino también la obra criminal. Y bien sabemos que muchos intelectuales y académicos, que estudian dedicada y delicadamente a Villon y que pergeñan ediciones críticas y anotadas, no se hubieran dignado siquiera a cruzar una breve conversación con este rufián que, a su vez, hubiera disfrutado, sin duda, entrar a sus cubículos y orinarse o masturbarse en ellos.

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