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Estación de paso

Estación de paso (134)

Corrupción, autonomía e identidad universitaria

En la república de los escándalos, dominada por el gobierno de las imágenes, los universitarios no son excepción.  Los mitos, ambigüedades y verdades de “La estafa maestra”, las acusaciones de malos manejos de recursos que la Unidad de Ingeniería Financiera de la Secretaría de Hacienda ha lanzado contra la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, las habituales sospechas, rumores o chismes de desvío de fondos que se hacen de cuando en cuando a las universidades públicas, configuran un patrón de comportamiento que comparten en distintos momentos y con diferentes intensidades autoridades federales, medios de comunicación, algunos comentaristas influyentes, ciertas redes sociales.

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La estatalidad y sus metamorfosis

México es tierra de paradojas. Una fue, hace años, la “paradoja neoliberal”: las reformas de mercado como antídoto contra los “males” del nacional-populismo fueron diseñadas, organizadas e instrumentadas desde el poder del Estado. El elogio de las bondades del mercado, las preferencias de
la calidad sobre la cantidad, la integración pragmática a las fuerzas invisibles de la globalización, se convirtieron en las fuerzas que demolieron las ruinas del nacionalismo revolucionario y el desarrollismo económico que estuvieron detrás del milagro mexicano.

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Huelgas, sindicatos, incentivos

El 1 de febrero estalló la primera huelga universitaria del sexenio obradorista. Protagonizada por el Sindicato Independiente de Trabajadores de la UAM (SITUAM), se demanda un aumento salarial del 20 por ciento e incremento de las prestaciones a los trabajadores.  Aunque no hay nada nuevo bajo el sol —el SITUAM desde su existencia ha protagonizado cíclicamente huelgas de este tipo, aunque la última fue en 2008—, el hecho importa porque se sitúa en un contexto diferente, donde un gobierno declaradamente anti-neoliberal ha emprendido una ruta de cambios orientados explícitamente a mejorar el ingreso de los trabajadores.

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Tiempo y reformas

Hace un cuarto de siglo, varias universidades públicas estatales experimentaron procesos reformadores de distinto significado, orientación y alcance. Como todos los procesos similares, las reformas fueron el efecto de factores contextuales e institucionales generales y específicos, que se combinaron de distinta forma para modelar las condiciones, las percepciones y las creencias que activaron proyectos de cambio institucional al interior de las comunidades universitarias.
La dimensión simbólica, el lenguaje al uso, los actores e intereses en juego, los diagnósticos, las agendas de las transformaciones, determinaron el origen de las reformas de los primeros años noventa del siglo pasado. Pero es la dimensión política la que explica la lógica de las reformas, el peso de los intereses y de los interesados, el papel de las fuerzas externas a las universidades, o la manera en que el pasado remoto o reciente determinó la configuración política que hizo posible el rumbo y la viabilidad de las reformas universitarias del fin del siglo XX mexicano.

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Esperando las políticas

Luego de un año intenso marcado por celebraciones universitarias importantes (los ochocientos años de la fundación de la Universidad de Salamanca, los cien de la reforma universitaria de Córdoba, los cincuenta del movimiento estudiantil de 1968), el 2019 arranca en un escenario poblado de incertidumbres y relativamente vacío de grandes celebraciones universitarias (la excepción será quizá la conmemoración los noventa años de la primera autonomía de la UNAM, la de 1929). Con la complicada y confusa definición de los asuntos presupuestales federales para las universidades, una sensación de insatisfacción, pesimismo y resignación parece haberse adueñado del clima universitario nacional. La impresión es que hoy como ayer, son las voces de la Secretaria de Hacienda y de la Presidencia de la República, acompañadas por el soundtrack de la 4T, las que definieron y decidieron (sin muchas explicaciones) el monto del financiamiento federal para la educación superior.

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Autonomía universitaria y pedagogía presupuestal

Estación de paso
 Autonomía universitaria y pedagogía presupuestal
Adrián Acosta Silva

¿Cómo se concibe el papel de la autonomía de las universidades públicas en el  nuevo proyecto educativo nacional? ¿Cómo está eso de que no habrá rechazados en las universidades? ¿Cómo se relaciona la propuesta de creación de 100 nuevas universidades públicas con lo que ya hacen desde hace décadas las universidades públicas federales y estatales, las escuelas normales, los institutos y universidades tecnológicos en los distintos territorios del país? ¿Qué tipo de educación ofrecerán las nuevas universidades? ¿Harán investigación y difusión? ¿Qué tipo de profesores se contratarán? ¿Cómo se coordinarán? ¿Cuál es el papel de las instituciones particulares de educación superior en el nuevo proyecto educativo del sector terciario? ¿Cómo se articula la retórica del respeto a la autonomía universitaria con el diseño político del presupuesto federal?

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Un hombre sensato

No se puede mirar fijamente al Sol ni a la muerte
—La Rochefoucauld

La primera vez que conocí en persona a Jorge Medina Viedas fue cuando me habló desde la ciudad de México para tomarnos un café en el restaurante del hotel Fiesta Americana de
Guadalajara, una tarde
de otoño de 2010. Ya antes, habíamos conversado algunas ocasiones vía telefónica y por correo electrónico sobre mi incorporación como columnista de Campus, un espacio que para ese entonces ya se había consolidado como un referente importante en los temas políticos y de políticas de la educación superior universitaria en México. La primera impresión que me causó Jorge fue su sencillez y amabilidad, su erudición y claridad en temas políticos universitarios y no universitarios. Pero fue su prudencia intelectual y política la que me permitió apreciar el perfil ético de Jorge. Para decirlo en breve, mi impresión primera fue la de estar hablando con un hombre sensato. Esa impresión se quedaría conmigo hasta el día de su triste y sorpresivo fallecimiento.
Esa sensatez no era gratuita ni extraña. Yo, como otros estudiantes universitarios de la carrera de sociología de la Universidad de Guadalajara, había seguido la trayectoria de Jorge desde su desempeño como rector de la UAS (1981-1985), sobre todo en los avatares marcados por el enfrentamiento con el Gobernador Toledo Corro, y como parte de la tensión entre dos visiones, dos proyectos de educación superior universitaria, colocados en el contexto de la crisis larga que anticiparía un conjunto desordenado de cambios y movilizaciones en la vida social y política mexicana, que tenía como telón de fondo los años grises de la “década perdida” de los ochenta. La UAS de Medina Viedas representaba la izquierda universitaria mexicana, una izquierda no revolucionaria sino reformista, que había abandonado la ilusión del “punto cero” revolucionario como vía de acceso a las puertas del cambio político en México, y que había resistido en condiciones muy difíciles las presiones políticas y financieras de un gobierno estatal particularmente agresivo con la universidad pública histórica de Sinaloa.
Eran los años de la unificación de la izquierda en torno al PSUM, y Jorge, como muchos otros universitarios sinaloenses, veían con buenos ojos ese camino. Pero, al mismo tiempo, Medina Viedas, el rector, había aprendido de sus años como militante comunista, como estudiante de derecho y luego como profesor universitario, que en ese camino habría que enfrentar el legado de los años negros de la historia política de la UAS: “La enfermedad”, y la pandilla de rufianes que expresaban rabiosamente esa expresión (“Los enfermos”), y la secuela de intimidaciones, asesinatos y acusaciones que llevaron en su trayectoria de sangre y violencia contra muchos estudiantes y profesores universitarios.
Esa experiencia en la UAS fue la que marcó para siempre su carácter. Enemigo de las simplificaciones y de los maniqueísmos de las izquierdas universitarias, fue también un crítico informado y sistemático de las derechas políticas. Fue un defensor apasionado de la autonomía universitaria a la vez que un impulsor de la idea del compromiso y responsabilidad de las universidades con la sociedad mexicana. Esa mixtura la desarrolló a través de sus escritos de toda la vida, textos periodísticos, ensayísticos y reflexivos quizá lejanos a los canones tradicionales de la vida académica convencional pero cercanos a los problemas y dilemas de la discusión y la acción política de los universitarios.
Seguramente, Jorge enfrentó situaciones y dilemas éticos, políticos y personales a lo largo de su vida. Estudiar un doctorado, incursionar en el periodismo, fundar un suplemento como Campus, desempeñarse como funcionario público en la SEP, le implicó compromisos y apuestas intelectuales y políticas importantes. Pero detrás de esas decisiones estaba siempre la ética de un hombre que las hacía sobre causas y sobre proyectos que, desde su punto de vista, valían la pena. A través de ellos, sobresalía el Medina Viedas discreto pero eficaz, observador atento, comprometido y prudente. Lo conversamos algún día desayunando en el café del hotel Del Parque, en Guadalajara. Frente al confuso panorama de los años que iniciaban con el gobierno de Peña Nieto y el regreso del PRI, luego de dos sexenios de un panismo desastroso, quizá valía la pena apostar a nuevas hipótesis políticas, sin enterrar el pasado de la izquierda, pero reconociendo la complejidad de un contexto en muchos sentidos inédito en la historia política reciente del país.
Ese afán por entender y comprender antecedía o acompañaba el deseo de actuar. Por eso Jorge era un lector voraz, admirador del romanticismo de Chateaubriand y el realismo indómito de Stefan Zweig, de la imaginación y el lenguaje de Juan Rulfo y de Octavio Paz, del realismo mágico de Gabriel García Márquez y la poesía de Pablo Neruda, de la vastedad literaria de Carlos Fuentes y la profundidad exquisita de Sergio Pitol. Leer era una de sus aficiones y pasiones vitales. Y a través de sus textos uno puede mirar la influencia de sus lecturas y autores preferidos. Como muchos otros miembros de su generación, quizá Jorge siempre mantuvo la ilusión, o la certeza, de que los libros no ayudan a mejorar la vida pero sí a entenderla de manera más pausada.
Tengo frente a mí el libroque me obsequió el día que nos conocimos en Guadalajara: La utopía corrompida. Radicalismo y reforma en la Universidad Autónoma de Sinaloa (Océano, 2009), escrito conjuntamente con Carlos Calderón Viedas y Liberato Terán. Con su generosidad habitual, me regaló en su dedicatoria una frase que resume el sentido y el motivo de ese texto: una “historia de grandeza y horror”. El texto es un recorrido sobre la historia de la UAS, a través de diferentes momentos, episodios y coyunturas, poblado de anécdotas pero también de documentos históricos e institucionales. Desfilan por ahí “los enfermos”, rectores, profesores, gobernadores, compañeros de lucha y generacionales. Pero también un mapa de fuerzas en tensión: autonomía vs. heteronomía, academia y política, cultura y barbarie, compromiso y traición, oportunismo y coherencia. El epígrafe del texto, extraído de Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow, es iluminador: “Si das un paso adelante puedes perder; pero si te quedas quieto te puede llegar la decadencia”. Jorge, como lo muestra su vida y trayectoria, nunca se quedó quieto.  

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidahttp://campusmilenio.mx/administrator/index.php?option=com_k2&view=item#k2TabImaged de Guadalajara.

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AMLO: El político y el licenciado

El mundo es un extraño teatro”, escribió alguna vez Tocqueville en sus cartas al referirse a los personajes de la política que entrecruzaban sus trayectorias en el confuso escenario francés de la Revolución de 1848. Individuos poseedores de talentos innegables para lidiar con demandas imposibles y reclamos iracundos de comunidades feroces en busca de respuestas instantáneas, se mezclaban azarosamente con locos, tontos, pusilánimes o caballeros que, sin embargo, podrían destacar y adquirir una centralidad inesperada en el “extraño teatro” de la vida política.

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¿Obcecados? ¿Todos? ¿En serio?

El pasado sábado 10 de noviembre, 42,761 aspirantes a cursar una licenciatura en la Universidad de Guadalajara se presentaron puntualmente a las 8 la mañana en los distintos Centros Universitarios de la Red-UdeG para presentar el examen correspondiente. Cada seis meses ocurre lo mismo: es un típico espectáculo aspiracionista, una feria de las ilusiones, una multitudinaria competencia meritocrática. Todos ellos saben que sus posibilidades de ingreso no son fáciles. Dependiendo de la carrera a la que aspiran, requieren de puntajes más o menos elevados para tener mejores o peores condiciones de acceso a la elección de su preferencia. El puntaje se divide en dos partes. Uno depende del promedio obtenido en el bachillerato (50 por ciento); el  otro depende del que obtengan en el examen de admisión (50 por ciento). La combinación de ambos factores arroja el resultado final, que determina, a partir de los puntajes mínimos y los cupos de admisión previamente marcados por cada programa, quienes pueden acceder a las licenciaturas universitarias.

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Educación superior ¿hachas o bisturíes?

La inminencia del cambio de gobierno ha agudizado las ansiedades, multiplicado las incertidumbres y confirmado no pocas dudas en torno a la política del nuevo gobierno hacia la educación superior. A casi un mes de que el lopezobradorismo se convierta en gobierno formal mediante los rituales republicanos de rigor,  la educación superior es un tema ausente de pronunciamientos contundentes sobre temas clave: financiamiento, organización, cobertura, calidad, evaluación, gobierno. Luego de más de tres décadas de caminar sobre los mismos ejes y bajo las mismas reglas del juego instrumentadas por gobiernos de distinto signo político (PRI y PAN), la acción pública federal ha conducido de manera errática y contradictoria a ese conjunto heterogéneo, complejo y masificado de instituciones que por economía de lenguaje se le suele denominar como  “sistema” nacional de educación superior. Y hasta ahora, no hay ningún ejercicio morenista conocido de balance y agenda sobre los resultados obtenidos a lo largo de estos años, un ejercicio que se antoja hoy obligatorio para el nuevo oficialismo.

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