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Estación de paso

Estación de paso (92)

Cofrecillos de dos llaves

En el origen de las universidades está la disputa por los reconocimientos y los privilegios asociados al prestigio y a las relaciones de poder de unos sobre otros. Títulos y diplomas, sellos y borlas, togas y birretes, simbolizan el acceso de ciertos individuos a los secretos del saber universitario.  
Por ello, hoy como ayer,  concluir estudios universitarios es motivo de una celebración, de una fiesta compartida entre los egresados universitarios y sus amigos y familiares. La obtención de un título es el símbolo de un trofeo de poder (una licencia para ejercer una profesión), fruto de las oportunidades sociales y de los méritos individuales, la construcción de un estatus que puede y debe ser exhibido y compartido, un ritual que mezcla costumbres arraigadas y “tradiciones inventadas”, como les llamaba Hobsbawn.

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Olor a establo

Flota la impresión de que, hasta no hace mucho tiempo,  la política era un asunto de profesionales. Difícilmente ingresaban a la política abierta y militante aquellos cuyos intereses vitales, intelectuales o laborales, estaban situados en otros horizontes, actividades o espacios. La constitución de una “clase política” dedicada de manera casi exclusiva a vivir del ejercicio del gobierno y de la gestión de la incertidumbre y los conflictos  es un dato histórico. Sin embargo, la modernización de la actividad a partir de la existencia de instituciones públicas, ideologías y partidos es producto del prolongado siglo XX, con sus revoluciones, sus utopías y distopías, sus democracias, autoritarismos y dictaduras.
Pero desde finales del siglo pasado experimentamos un acelerado proceso de desprofesionalización política en la vida social, no sabemos si como causa o como efecto del desvanecimiento de las estructuras de relaciones simbólicas y prácticas entre gobernantes y gobernados, para decirlo en lenguaje antiguo. La irrupción de empresarios, académicos, intelectuales, periodistas, comerciantes, actrices, actores o payasos (de oficio) en la vida política parece obedecer a un cambio lento, estructural y persistente en la naturaleza misma de la política y sus formas organizadas. Esa irrupción no es completamente nueva, pero parece haberse incrementado de manera significativa en los años de la transición y el cambio político del autoritarismo  a lo que sea que hoy tenemos.  El combustible de la desconfianza en la política y en los políticos tradicionales (con sus escándalos de corrupción, ineficiencia y abusos) parece alimentar de lejos ese fenómeno de desprofesionalización. Sus resultados son más o menos evidentes: el imperio de  los políticos-amateurs ha llegado para sustituir al antiguo reino de los políticos-profesionales.
La profesionalización política es, o era, producto de un lento proceso de socialización política, de acumulación de aprendizajes y experiencias individuales y colectivas. Un político profesional no suele ni solía ser aquel que estudió la ciencia política o la filosofía política, aunque no pocos de los motivos que expresan los estudiantes que hoy deciden inscribirse a esas carreras universitarias tienen que ver con la (ingenua) posibilidad de que, conociendo las teorías o los métodos de las ciencias políticas y del gobierno, se puedan construir trayectorias profesionales justamente en el campo político.  
En realidad, la formación política exige más conocimiento surgido de las experiencias vitales en la gestión de conflictos que del conocimiento académico de la política como fenómeno social. Son legendarios los casos donde filósofos o politólogos brillantes suelen ser pésimos políticos. Igualmente, son probados los casos donde ex líderes sindicales, campesinos o estudiantiles, caudillos carismáticos o caciques de pueblo con pocos o nulos niveles de escolarización suelen acabar siendo buenos políticos profesionales. Hay por supuesto distintas combinaciones y tipos de políticos: el político ilustrado y sofisticado, el político bravucón e ignorante, el político oportunista, el corrupto, el pragmático, el ingenuo, el honesto, el utópico, el mesiánico.
Pero tanto profesionales como amateurs alimentan la ilusión del cambio, de la prosperidad, del bienestar, de que representan mejor que nadie las aspiraciones y expectativas de los ciudadanos. Muchos se asumen como prestadores de un servicio cuasi-filantrópico a la comunidad, como “facilitadores” entre ciudadanos y gobierno para resolver problemas, derechos y demandas. Pero los profesionales de todos los tiempos suelen distinguir con alguna claridad a la política (sus valores, sus mecanismos, sus reglas, sus prácticas) como el espacio de lo posible, no como el reino de lo deseable. Los amateurs, por el contrario, suelen navegar con las banderas coloridas del voluntarismo como instrumento de construcción de lo deseable, con la retórica de la pureza volitiva como mecanismo casi único y exclusivo de transformación social.    

El estorbo de la política
Por ello, los políticos alemanes de la posguerra solían asociar los procesos de socialización política al “olor a establo” de sus correligionarios para distinguirlos de los oportunistas y arribistas que nunca faltan. El olor como filtro y mecanismo de distinción, como frontera simbólica que aseguraba la cohesión y  la confianza de las organizaciones políticas. Hoy, la crisis de representación de partidos y políticos profesionales ha cambiado la regla y de lo que se trata es de desinfectar cualquier olor a establo de los espacios políticos. La política ha dejado de ser un oficio para convertirse en un estorbo. Nadie quiere asumirse como político sino como ciudadano. La “ciudadanización” del poder político, (el “empoderamiento” ciudadano)  es el discurso emblemático de una ilusión que vende bien desde hace tiempo, una caracterización que aleja el olor añejo y rancio (para muchos, nauseabundo) de la política profesional-tradicional, para dar paso a la política-amateur noble, pura y bienintencionada. El viejo y buen Maquiavelo en el siglo XVI, o el acucioso observador que era Gaetano Mosca a finales del siglo XIX, sustituidos en el siglo XXI por los entusiastas promotores del marketing político, el arte de vender imágenes y frases de éxito,  la oferta de la búsqueda de la felicidad de los ciudadanos.
El problema, si lo hay, es  que amateurs o profesionales, los políticos son, como lo han sido siempre, una “minoría organizada”, como les denominaba Mosca. Como tal, los políticos conforman el núcleo dirigente de la “clase gobernante”, distinta de las “clases gobernadas”. En tal carácter, los políticos tienen que lidiar con burocracias, intereses y pasiones de otros políticos y muchos ciudadanos, con las dificultades prácticas de la separación de los poderes, el engorroso cumplimiento de leyes y reglamentos, el cumplimiento de acuerdos, el ejercicio cotidiano de protocolos y rituales, navegando siempre en las aguas turbias de la incertidumbre y bajo la determinación de las grandes fuerzas invisibles de las estructuras.
Pero hoy los gobernantes que se asumen como no-políticos intentan prescindir de partidos, ideologías y programas. Lo suyo no son las ideas sino las frases de toda ocasión, pescadas al vuelo en filosofías de farmacia. Rehuyen el debate, se mofan de la historia, se burlan de sus adversarios y antecesores. Creen estar inventando una nueva Historia, eficiente, diáfana, siempre coyuntural, superficial, simple, paradójicamente, anti-política. Es el tiempo de los nuevos ilusionistas.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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Moralidad, pequeñas reformas y escuelas universitarias

El pasado 6 de mayo, según nota publicada en el periódico virtual Sucedió en Oaxaca, la coordinadora nacional del “Programa de escuelas universitarias” del Partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Raquel Sosa, inauguró en el municipio oaxaqueño de Zaachila “seis nuevas universidades financiadas por Morena”. Estas escuelas (en realidad, no son universidades, pues se concentran exclusivamente en la docencia técnica y profesional), se suman a otras nueve ya existentes en otras regiones del país.
La nota actualiza la situación del proyecto de escuelas financiadas por los servidores públicos afiliados a ese partido, un ambicioso proyecto anunciado por la propia Dra. Sosa en febrero de 2016. Hoy, según el discurso pronunciado en Zaachila durante el acto inaugural de 6 escuelas universitarias en los municipios oaxaqueños de Huahutla de Jiménez, Villa de Tututepec de Melchor Ocampo, Ciudad Ixtepec, Jalapa del Marqués, Jalapa de Díez, y en el mismo Zaachila, Morena sostiene cinco escuelas en otras tantas delegaciones de la Ciudad de México (Tláhuac, Cuauhtémoc, Tlalpan, Azcapotzalco y Xochimilco), y otras 4 en entidades como Tabasco (Comacalco), Campeche (Calkini), Yucatán (Valladolid), y el Estado de México (Texcoco).

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El gobierno de la educación superior

Buena parte de los problemas y desafíos de la educación superior mexicana de hoy y del futuro dependen significativamente de las decisiones de gobierno del sistema en su conjunto. Temas como cobertura, calidad, vinculación, innovación o  financiamiento son objetos de acción pública que requieren ser “traducidos” como problemas de decisiones públicas y de gobierno, que concentran la atención e interés no solamente del Estado, sino también de actores públicos no gubernamentales como lo son, de manera especialmente relevante, las universidades públicas federales y estatales. El supuesto de esta idea es que el tratamiento de los problemas de la educación superior no descansan exclusivamente en los esfuerzos de las instituciones aisladas, sino que dependen de un marco público coherente y claro para el diseño, instrumentación y valoración de decisiones sistémicas.

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Autonomía y poder institucional (V) Incentivos, calidad y evaluación

La crisis fiscal del Estado, las reformas de mercado y los procesos de democratización política configuraron el contexto general que desde el último tercio del siglo XX modificó significativamente las reglas políticas y de políticas que habían impulsado la expansión acelerada de la educación superior en América Latina y el Caribe. Con ritmos y alcances diversos, México, Chile, Brasil, Argentina y Colombia se constituyeron como los sistemas nacionales de educación superior más grandes de la región, donde coexisten las universidades públicas tradicionales con un conjunto amplio y relativamente diferenciado de otras instituciones públicas no universitarias principalmente tecnológicas, pero también un significativo núcleo especializado de centros públicos de investigación y posgrado, decenas de establecimientos de educación normalista, y un universo sumamente heterogéneo de cientos de instituciones privadas de educación superior.

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Autonomía y poder institucional (IV): Utopía, modernidad y nacionalismo

Con la fundación de las nuevas universidades públicas nacionales en América Latina y El Caribe al inicio del siglo XX, se sentaban las bases de estructuración de  formas modernas de legitimidad política y representación social universitaria en los contextos nacionales. El movimiento estudiantil de Córdoba de 1918, que enarboló las banderas de la autonomía y el co-gobierno, tendría repercusiones continentales al colocar en el centro del debate político e intelectual el papel de las universidades en los procesos de democratización política, pero también su función como fuentes materiales, organizativas o simbólicas del cambio social. El Manifiesto Liminar era un reclamo hacia el orden oligárquico imperante en muchos de las repúblicas latinoamericanas de principios del siglo XX (esas “repúblicas del aire” como las denominó el historiador Rafael Rojas), a pesar de los movimientos de independencia que colocaron en el centro de sus discursos la construcción de sociedades cohesivas, democráticas e igualitarias.

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Autonomía y poder institucional (3): La era republicana

Los movimientos independentistas que se sucedieron con distintos grados de violencia e intensidad en hispanoamérica desde principios del siglo XIX, transformaron profundamente la vida social, económica y política de las sociedades americanas. Inspirados en el movimiento estadunidense de finales del XVIII, y en el contexto del debilitamiento de la monarquía española como producto de la guerra con Francia en 1808, las élites criollas y liberales de las colonias españolas comenzaron a organizar movimientos desde la Nueva España y El Caribe hasta el reino del Perú y el sur profundo del subcontinente, que terminaron por derrumbar el viejo orden colonial para dar paso a la construcción de repúblicas nacionales libres. En ese marco, las instituciones coloniales fueron demolidas por la combinación de las ideas e intereses de los movimientos independentistas, a pesar de las resistencias y oposiciones de grupos conservadores, clericales y defensores de la Corona española.  

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Autonomía y poder institucional (2): La era colonial

En el pasado remoto y reciente de las universidades, la autonomía ha sido una característica fundamental de su vida institucional, tanto en las viejas universidades de  Europa como en las universidades coloniales y en la peculiar modernidad latinoamericana que surgió en el siglo XIX y se consolidó en el XX, en medio de las guerras de independencia y la construcción de los regímenes políticos nacional-populares. Bolonia, París u Oxford desarrollaron desde sus orígenes un acusado celo institucional por el cuidado de sus prácticas académicas, por la organización de sus bibliotecas, o por la selección de sus estudiantes y profesores. Podían negociar con las autoridades locales, monárquicas u eclesiásticas el nombramiento de rectores y decanos, los montos del apoyo financiero a sus labores institucionales, la incorporación de personajes y funcionarios en la supervisión del funcionamiento de las escuelas universitarias. Pero lo que no permitían era que esas figuras intervinieran con demasiada frecuencia en el gobierno universitario (generalmente dominado por los estudiantes o por los profesores), o que llegaran a alterar los contenidos de los programas y de los cursos, la manera en que se organizaban y ejecutaban cotidianamente los misterios del trivium y del cuadrivium, esas formas medievales de organización del saber en las universidades europeas.

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Autonomía universitaria y poder institucional

La autonomía universitaria ha sido desde sus orígenes un tema polémico, azaroso, sujeto a múltiples contingencias, apreciaciones y circunstancias. Su definición —su conceptualización— suele ser ambigua, polisémica, y requiere de cierto esfuerzo analítico para precisar sus contenidos, sus limitaciones y potencialidades. El contexto, los actores, y las fuerzas intelectuales de cada época (zeitgeist), determinan las interpretaciones y las prácticas autonómicas en cada caso. Sin embargo, no es de  suyo evidente el hecho de que estas dificultades conceptuales e interpretativas sean también dificultades prácticas. En otras palabras, que la forma en qué y cómo se piensa la autonomía universitaria tiene implicaciones con las formas prácticas de su ejercicio institucional más o menos cotidiano. La hipótesis que quizá puede explicar esa ambigüedad es que la “idea” de la autonomía de las universidades tiene alguna relación (vaga, imprecisa, contradictoria) con las prácticas autonómicas realmente existentes.

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Luz de gas

El contexto mexicano es desde hace tiempo el escenario de varias crisis específicas. La incertidumbre, el temor, la insatisfacción, parecen haberse adueñado del ánimo público y no existe en el horizonte político ni de políticas alguna claridad sobre como enfrentar los asuntos que se acumulan en la vida republicana. Un gobierno rápida y prematuramente desgastado por la gestión de la crisis económica, por la multiplicación de las bestias negras de la inseguridad y la violencia criminal, o por los vientos en contra que soplan desde el norte, que amenazan las apuestas estratégicas construidas desde hace más de dos décadas en torno a la globalización, la liberalización o la democratización, son asuntos que aguardan con impaciencia una agenda renovada, con opciones y decisiones estratégicas para tiempos (otra vez) difíciles.
La amenaza mayor, de carácter coyuntural y acaso estructural, es la que se cierne sobre México desde la Casa Blanca. El viejo y de suyo agotado decálogo del “Consenso de Washington” parece haber sido arrinconado y enterrado por el monólogo imperial, nacionalista y patriotero del nuevo “Disenso de Trump”. Las ilusiones y entusiasmos con las reformas de mercado que nos conducirían tarde o temprano al progreso, la competitividad y la equidad social, y la mecánica del cambio político asociado a las reformas electorales y democratizadoras experimentadas  durante los años noventa, fueron disipándose entre contradicciones y efectos perversos de las propias reformas. La desigualdad y la corrupción, la injusticia y la inseguridad, la desconfianza social en la política y en los políticos, la precariedad laboral, el pesimismo generalizado, la sensación o la certeza de que “peor” siempre es un concepto elástico, se amontonan en el escenario y las circunstancias de todos los días.
Pero sin duda la fuente más potente que domina el presente y al futuro es el trumpismo emergente, vociferante y amenazante, instalado estrambóticamente frente  a los jardines del National Mall, en la capital de los Estados Unidos. Por las evidencias y las expectativas, por las señales y los hechos consumados, el gobierno y la sociedad mexicana tendrán que adaptarse rápidamente a vivir una temporada en el infierno.   
La lógica del trumpismo es harto conocida y más o menos previsible. Se trata de golpes discursivos, gobernados por frecuentes ataques de incontinencia verbal que, montados en una oscura colección de prejuicios xenófobos e hiper-nacionalistas, apuntan directamente hacia México como fuente de experimentación y legitimación de las promesas de campaña y a la vez como escarnio para el resto de los países.  Trump ha colocado a México como cabeza de turco de sus relatos, como el enemigo perfecto de sus intereses y proyectos. No se recuerda en la memoria reciente un caso similar, donde los reflejos antisistémicos siempre latentes en la sociedad norteamericana se hayan trasladado con nombre y apellido a vivir en la silla presidencial misma, justo a las orillas del río Potomac.

Poder de destrucción
La estridencia vociferante del trumpismo va de la mano de su potencial destructivo. Es una estrategia dirigida a imponer, no a negociar; a engañar, no a convencer; a pontificar, no a dudar. Se trata de mostrar “hechos” e “información alternativa” como fuentes privilegiadas y exclusivas de ejercicio de las decisiones del poder presidencial, más que discutir desde la información pública —científica y técnica— argumentos, posiciones y decisiones. El antiintelectualismo de Trump y de su gobierno va ligado a su profundo desprecio por los medios y las fuentes convencionales de información, de su desconfianza hacia medios y personas, su pragmatismo salvaje y, como afirma Aaron James, de su imbecilidad primaria (Trump. Ensayo sobre la imbecilidad, Malpaso, 2016, Barcelona)
Esa lógica (de alguna manera hay que llamarle) utiliza como recurso rutinario el de la “luz de gas” (gaslighting), un anglicismo que se refiere a la manipulación de las certezas, opiniones y creencias de otros para hacerlas parecer como falsas, como alucinaciones sin fundamento, como apreciaciones que no existen en la realidad. Se trata de un recurso de engaño y falsedad, para tratar de someter a los otros a las “verdades” propias, como únicas fuentes correctas de interpretación de la realidad. “Luz de gas” es una manera de designar el comportamiento de los demagogos en el ámbito político y de los psicópatas en el ámbito social, la manera en que un déspota, un dictador o un autócrata se presenta a sí mismo como poseedor único de verdades ocultas, como el elegido para representar los intereses del pueblo pero también el profeta de los designios de la Historia, del Destino Manifiesto, de Dios.
Frente a la tormenta, el poder intelectual de las universidades puede contribuir simbólicamente a combatir los efectos del temporal que se avecina. Pero el poder simbólico puede ayudar a definir escenarios, a redefinir agendas, a perfilar alternativas, a desmentir dichos, a contrastar la metafísica del trumpismo y lo que representa para México con la racionalidad de las evidencias y los argumentos. Las universidades mexicanas y sus organizaciones (ANUIES, por ejemplo) pueden ser parte de los muros de contención de los efectos destructivos de Trump y sus corifeos. El poder intelectual, simbólico, de las universidades puede ayudar a disipar los efectos de la luz de gas que hoy flota  sobre las frías aguas del Potomac.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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