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Estación de paso

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Autonomía y poder institucional (IV): Utopía, modernidad y nacionalismo

Con la fundación de las nuevas universidades públicas nacionales en América Latina y El Caribe al inicio del siglo XX, se sentaban las bases de estructuración de  formas modernas de legitimidad política y representación social universitaria en los contextos nacionales. El movimiento estudiantil de Córdoba de 1918, que enarboló las banderas de la autonomía y el co-gobierno, tendría repercusiones continentales al colocar en el centro del debate político e intelectual el papel de las universidades en los procesos de democratización política, pero también su función como fuentes materiales, organizativas o simbólicas del cambio social. El Manifiesto Liminar era un reclamo hacia el orden oligárquico imperante en muchos de las repúblicas latinoamericanas de principios del siglo XX (esas “repúblicas del aire” como las denominó el historiador Rafael Rojas), a pesar de los movimientos de independencia que colocaron en el centro de sus discursos la construcción de sociedades cohesivas, democráticas e igualitarias.

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Autonomía y poder institucional (3): La era republicana

Los movimientos independentistas que se sucedieron con distintos grados de violencia e intensidad en hispanoamérica desde principios del siglo XIX, transformaron profundamente la vida social, económica y política de las sociedades americanas. Inspirados en el movimiento estadunidense de finales del XVIII, y en el contexto del debilitamiento de la monarquía española como producto de la guerra con Francia en 1808, las élites criollas y liberales de las colonias españolas comenzaron a organizar movimientos desde la Nueva España y El Caribe hasta el reino del Perú y el sur profundo del subcontinente, que terminaron por derrumbar el viejo orden colonial para dar paso a la construcción de repúblicas nacionales libres. En ese marco, las instituciones coloniales fueron demolidas por la combinación de las ideas e intereses de los movimientos independentistas, a pesar de las resistencias y oposiciones de grupos conservadores, clericales y defensores de la Corona española.  

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Autonomía y poder institucional (2): La era colonial

En el pasado remoto y reciente de las universidades, la autonomía ha sido una característica fundamental de su vida institucional, tanto en las viejas universidades de  Europa como en las universidades coloniales y en la peculiar modernidad latinoamericana que surgió en el siglo XIX y se consolidó en el XX, en medio de las guerras de independencia y la construcción de los regímenes políticos nacional-populares. Bolonia, París u Oxford desarrollaron desde sus orígenes un acusado celo institucional por el cuidado de sus prácticas académicas, por la organización de sus bibliotecas, o por la selección de sus estudiantes y profesores. Podían negociar con las autoridades locales, monárquicas u eclesiásticas el nombramiento de rectores y decanos, los montos del apoyo financiero a sus labores institucionales, la incorporación de personajes y funcionarios en la supervisión del funcionamiento de las escuelas universitarias. Pero lo que no permitían era que esas figuras intervinieran con demasiada frecuencia en el gobierno universitario (generalmente dominado por los estudiantes o por los profesores), o que llegaran a alterar los contenidos de los programas y de los cursos, la manera en que se organizaban y ejecutaban cotidianamente los misterios del trivium y del cuadrivium, esas formas medievales de organización del saber en las universidades europeas.

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Autonomía universitaria y poder institucional

La autonomía universitaria ha sido desde sus orígenes un tema polémico, azaroso, sujeto a múltiples contingencias, apreciaciones y circunstancias. Su definición —su conceptualización— suele ser ambigua, polisémica, y requiere de cierto esfuerzo analítico para precisar sus contenidos, sus limitaciones y potencialidades. El contexto, los actores, y las fuerzas intelectuales de cada época (zeitgeist), determinan las interpretaciones y las prácticas autonómicas en cada caso. Sin embargo, no es de  suyo evidente el hecho de que estas dificultades conceptuales e interpretativas sean también dificultades prácticas. En otras palabras, que la forma en qué y cómo se piensa la autonomía universitaria tiene implicaciones con las formas prácticas de su ejercicio institucional más o menos cotidiano. La hipótesis que quizá puede explicar esa ambigüedad es que la “idea” de la autonomía de las universidades tiene alguna relación (vaga, imprecisa, contradictoria) con las prácticas autonómicas realmente existentes.

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Luz de gas

El contexto mexicano es desde hace tiempo el escenario de varias crisis específicas. La incertidumbre, el temor, la insatisfacción, parecen haberse adueñado del ánimo público y no existe en el horizonte político ni de políticas alguna claridad sobre como enfrentar los asuntos que se acumulan en la vida republicana. Un gobierno rápida y prematuramente desgastado por la gestión de la crisis económica, por la multiplicación de las bestias negras de la inseguridad y la violencia criminal, o por los vientos en contra que soplan desde el norte, que amenazan las apuestas estratégicas construidas desde hace más de dos décadas en torno a la globalización, la liberalización o la democratización, son asuntos que aguardan con impaciencia una agenda renovada, con opciones y decisiones estratégicas para tiempos (otra vez) difíciles.
La amenaza mayor, de carácter coyuntural y acaso estructural, es la que se cierne sobre México desde la Casa Blanca. El viejo y de suyo agotado decálogo del “Consenso de Washington” parece haber sido arrinconado y enterrado por el monólogo imperial, nacionalista y patriotero del nuevo “Disenso de Trump”. Las ilusiones y entusiasmos con las reformas de mercado que nos conducirían tarde o temprano al progreso, la competitividad y la equidad social, y la mecánica del cambio político asociado a las reformas electorales y democratizadoras experimentadas  durante los años noventa, fueron disipándose entre contradicciones y efectos perversos de las propias reformas. La desigualdad y la corrupción, la injusticia y la inseguridad, la desconfianza social en la política y en los políticos, la precariedad laboral, el pesimismo generalizado, la sensación o la certeza de que “peor” siempre es un concepto elástico, se amontonan en el escenario y las circunstancias de todos los días.
Pero sin duda la fuente más potente que domina el presente y al futuro es el trumpismo emergente, vociferante y amenazante, instalado estrambóticamente frente  a los jardines del National Mall, en la capital de los Estados Unidos. Por las evidencias y las expectativas, por las señales y los hechos consumados, el gobierno y la sociedad mexicana tendrán que adaptarse rápidamente a vivir una temporada en el infierno.   
La lógica del trumpismo es harto conocida y más o menos previsible. Se trata de golpes discursivos, gobernados por frecuentes ataques de incontinencia verbal que, montados en una oscura colección de prejuicios xenófobos e hiper-nacionalistas, apuntan directamente hacia México como fuente de experimentación y legitimación de las promesas de campaña y a la vez como escarnio para el resto de los países.  Trump ha colocado a México como cabeza de turco de sus relatos, como el enemigo perfecto de sus intereses y proyectos. No se recuerda en la memoria reciente un caso similar, donde los reflejos antisistémicos siempre latentes en la sociedad norteamericana se hayan trasladado con nombre y apellido a vivir en la silla presidencial misma, justo a las orillas del río Potomac.

Poder de destrucción
La estridencia vociferante del trumpismo va de la mano de su potencial destructivo. Es una estrategia dirigida a imponer, no a negociar; a engañar, no a convencer; a pontificar, no a dudar. Se trata de mostrar “hechos” e “información alternativa” como fuentes privilegiadas y exclusivas de ejercicio de las decisiones del poder presidencial, más que discutir desde la información pública —científica y técnica— argumentos, posiciones y decisiones. El antiintelectualismo de Trump y de su gobierno va ligado a su profundo desprecio por los medios y las fuentes convencionales de información, de su desconfianza hacia medios y personas, su pragmatismo salvaje y, como afirma Aaron James, de su imbecilidad primaria (Trump. Ensayo sobre la imbecilidad, Malpaso, 2016, Barcelona)
Esa lógica (de alguna manera hay que llamarle) utiliza como recurso rutinario el de la “luz de gas” (gaslighting), un anglicismo que se refiere a la manipulación de las certezas, opiniones y creencias de otros para hacerlas parecer como falsas, como alucinaciones sin fundamento, como apreciaciones que no existen en la realidad. Se trata de un recurso de engaño y falsedad, para tratar de someter a los otros a las “verdades” propias, como únicas fuentes correctas de interpretación de la realidad. “Luz de gas” es una manera de designar el comportamiento de los demagogos en el ámbito político y de los psicópatas en el ámbito social, la manera en que un déspota, un dictador o un autócrata se presenta a sí mismo como poseedor único de verdades ocultas, como el elegido para representar los intereses del pueblo pero también el profeta de los designios de la Historia, del Destino Manifiesto, de Dios.
Frente a la tormenta, el poder intelectual de las universidades puede contribuir simbólicamente a combatir los efectos del temporal que se avecina. Pero el poder simbólico puede ayudar a definir escenarios, a redefinir agendas, a perfilar alternativas, a desmentir dichos, a contrastar la metafísica del trumpismo y lo que representa para México con la racionalidad de las evidencias y los argumentos. Las universidades mexicanas y sus organizaciones (ANUIES, por ejemplo) pueden ser parte de los muros de contención de los efectos destructivos de Trump y sus corifeos. El poder intelectual, simbólico, de las universidades puede ayudar a disipar los efectos de la luz de gas que hoy flota  sobre las frías aguas del Potomac.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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Zygmunt Bauman la experiencia líquida

La semana pasada Roberto Rodríguez y Humberto Muñoz publicaron oportunamente en Campus sendos textos en torno a la trayectoria y obra del recientemente fallecido sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017). Se trata del último de los intelectuales crecidos y madurados en el contexto  político, económico y cultural del siglo XX, esa generación que experimentó en carne propia los horrores de las guerras, el ascenso y caída de los totalitarismos, la construcción de los grandes estados sociales europeos y de los relatos exitosos sobre el bienestar, la justicia y la igualdad; pero es también el último de los grandes teóricos postmarxistas que atestiguaron la crisis de legitimación del capitalismo, el desgaste de las democracias liberales y representativas de los años setenta y ochenta, el ascenso del paradigma neoliberal como modelo dominante de gestión de las crisis económicas, y las secuelas de la globalización del capitalismo de casino que gobierna las economías y las sociedades nacionales desde los años noventa y las primera década del siglo XXI.

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El poder de la estupidez

El señor T. se mueve bajo un halo de decorosa estupidez;
una estupidez minuciosa, de meticulísima pompa.
—Leonardo Sciascia,
El señor T. protege al pueblo (1947)

La estupidez, junto con la inteligencia, es uno de los grandes temas de las sociedades antiguas y contemporáneas. El punto de partida de muchas de las discusiones sobre el asunto tiene que ver con el hecho de que en todas las épocas y en todas las sociedades hay estúpidos, al igual que hay listos y tontos, oportunistas e ingenuos. Su distribución no respeta raza ni nacionalidad, posición social o género. Ambos conjuntos se superponen, coexisten y traspasan continuamente sus fronteras. El problema es definir qué es la estupidez, y construir esa definición constituye un desafío formidable para el sentido común, pero también para la psicología, la filosofía o para las ciencias sociales en general. Dostoievsky, que algo sabía de la naturaleza humana, en algún momento escribió: “El hombre es estúpido, fenomenalmente estúpido”.

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La respuesta no está en el viento

La sorprendente y preocupante victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos ocurrida la semana pasada cierra prematuramente un annus horribilis para las democracias contemporáneas. Luego del triunfo del Brexit en Gran Bretaña y del No por la paz en Colombia, y en el contexto del resurgimiento de microclimas  neo puritanos y no democráticos en distintas sociedades locales,  el panorama luce desolador para las fuerzas de la izquierda, pero también para intelectuales, medios de comunicación y políticos más o menos tradicionales. Ningún esfuerzo de economía explicativa es capaz de ofrecer una visión comprensiva de lo que ocurre hoy en el mundo de las relaciones entre política y cultura, entre estado y sociedad, en distintas partes del mundo y con diversas circunstancias locales y nacionales. La perplejidad, la incredulidad y el asombro se consolidan como signo de los tiempos.

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Los profetas de Silicon Valley

De cuando en cuando diversas voces anuncian en buen tono dramático el fin de la universidad. Decepción y entusiasmo se entremezclan en proporciones imprecisas en los mensajes que viejos y nuevos profetas realizan sobre el fin de las universidades en el futuro inmediato, argumentando su inviabilidad económica, su irrelevancia social, o su incapacidad institucional (pedagógica, académica, organizativa) para adaptarse a las circunstancias, los retos o los desafíos globales o locales. Siendo instituciones medievales —como las catedrales o el parlamento—, con casi mil años de existencia, las universidades son objeto de desahucio intelectual con relativa frecuencia. Pero con distinta intensidad, esas voces se han multiplicado en los últimos años bajo el clima del fetichismo nanotecnológico que a lo largo del siglo XXI se ha adueñado de los discursos e imaginarios de políticos, empresarios y técnicos relacionados con la educación superior.

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Bob Dylan: Música para infieles

¿Que cómo son mis canciones? Pues mire usted, tengo canciones de muchas clases. Aunque no lo crea, tengo canciones de cinco, de seis, de siete, de ocho y de diez minutos.
—Bob Dylan, 1965

 El Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan ha encendido viejas polémicas sobre los criterios con que se adjudica el Premio. Sin embargo, parafraseando al clásico, premio dado ni dios lo quita. Por ello, actualizo un texto que escribí en 2012 con motivo de los 70 años de Dylan, y que fue publicado originalmente en el suplemento Tapatío del periódico El Informador, de Guadalajara.
—O—
Hace medio siglo, en la primavera de 1962,  un joven tímido, que apenas pasaba de los veinte años, de aspecto descuidado y, para más señas,  oriundo de Minnesota, lanzaba al mercado un disco titulado escuetamente Bob Dylan. El acetato incluía 13 canciones dominadas por una voz de sonoridad extraña, guitarras y armónica, 11 de las cuales eran versiones de temas de  autores clásicos del folk y del blues como Woody Guthrie y Robert Johnson, y sólo 2 eran creación de un tal Robert Zimmerman.

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