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Fabulaciones (118)

El placer de la lectura: Más allá del entretenimiento y de la literatura

El primer día de este mes participé en el Seminario de Investigación de Lectura “De la Lectura Académica a la Lectura Estética en la Biblioteca Universitaria”, organizado por la doctora Elsa Margarita Ramírez Leyva, gran lectora, investigadora, promotora de la lectura y directora general de Bibliotecas de la UNAM. Comparto con los lectores de Campus un fragmento de mi conferencia sustentada en el Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información (IIBI) de la UNAM, que dirige la doctora Araceli Torres Vargas.
Quizá debamos admitir que, como discípulos entusiastas de Daniel Pennac, fuimos demasiado ingenuos, o algo desprevenidos, en nuestro muy optimista activismo en pro del fomento y la promoción de la lectura, cuando, junto con el derecho a leer, reivindicamos enfáticamente, y sin matices, el concepto “placer de la lectura”.

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Lectura e incongruencia

Uno de mis libros que más me han acercado a los profesores y promotores de la lectura lo publiqué por vez primera en 2011 y ha sido reimpreso en varias ocasiones, la más reciente a fines del año anterior en formato de bolsillo. Lleva por título Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes, y por subtítulo Breve antimanual para padres, maestros y demás adultos (México, Océano Exprés, 2017). En sus diecisiete capítulos y en sus doscientas páginas no pretendo dar recetas para formar lectores; busco, sí, compartir reflexiones de sentido común que solemos pasar por alto cuando pretendemos que nuestros hijos o nuestros alumnos se aficionen a la lectura. Con motivo de la reimpresión más reciente de este librito entrego a los lectores de Campus algunos fragmentos de los capítulos séptimo y octavo que pueden ser de su interés.

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¿Todo es cultura?: Distinguir y comprender los niveles culturales

Para el proyecto editorial Encuentros 2050 que desarrolla Malena Mijares en la Coordinación de Humanidades de la UNAM, animado por ella escribí mi versión sobre el tema cultural, misma que, con algunas adecuaciones de espacio, comparto ahora con los lectores de Campus. La cultura, digámoslo en primer término, es lo que menos les importa a los políticos, y en vísperas de elecciones esto puede constatarse. Los candidatos a la presidencia del país no tienen siquiera una mínima definición de ella.
En Los siete saberes necesarios para la educación del futuro (2001) Edgar Morin plantea la cultura como generalidad y las culturas como especificidades: Pluralidad y singularidad; el todo y sus partes. Explica: “Se dice justamente La Cultura, se dice justamente las culturas. La cultura está constituida por el conjunto de los saberes (reglas, normas, interdicciones, estrategias, creencias, ideas, valores, mitos) que se transmiten de generación en generación; se reproduce en cada individuo, controla la existencia de la sociedad y mantiene la complejidad psicológica y social. No hay sociedad humana, arcaica o moderna, que no tenga cultura, pero cada cultura es singular. Así, siempre hay la cultura en las culturas, pero la cultura no existe sino a través de las culturas”.

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Literacidad: Más allá de la decodificación textual

El término “literacidad” no está incluido en el Diccionario de la Real Academia Española, y no lo está porque es neologismo que llegó con las tecnologías de la información, al igual que han llegado otros términos más o menos aceptados, hoy, en una adaptación fonética y una representación gráfica en nuestra lengua. Cabe añadir que no aparece siquiera en el Diccionario de lectura y términos afines de la Asociación Internacional de Lectura, que publicó en español, en 1985, la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. La razón es la misma: el término es reciente; por ello, acerca de él y lo que representa para el fenómeno de la lectura, hay que decir algo al respecto.

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¿“Ciudad de México” y “la ciudad de México”?: Más razones y evidencias

Quien fuera investigador emérito del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM y director de la Academia Mexicana de la Lengua (2003-2011), distinguido en 2008 con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura, el lingüista José G. Moreno de Alba (1940-2013), advirtió lo siguiente en 2000, a propósito del necio uso español “Ciudad de México” para nuestra capital: “No conozco decreto ni ordenamiento alguno de autoridades competentes que señale que el nombre oficial de la capital del país es el de Ciudad de México”. ¡Ni siquiera de autoridades incompetentes, habría que añadir! Y es que hasta el 5 de febrero de 2017 no lo había.

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“Ciudad de México”: Sí, pero no

No lo entienden en el “Gobierno de la Ciudad de México”. No entienden que si “México”, la capital del país, nunca se llamó, oficialmente (antes de la reforma política del Distrito Federal, de 2016, y de la promulgación de la Constitución política local, en 2017), “Ciudad de México”, sino simplemente “México” y “México, D. F.”, ahora que, con la reforma y con la promulgación de la Constitución local, se llama, oficialmente, “Ciudad de México”, el artículo determinado (“la”) sale sobrando, está de más. Es una torpeza que aparece incluso en el texto constitucional promulgado por Miguel Ángel Mancera Espinosa, “jefe de Gobierno de la Ciudad de México”, en la “Gaceta Oficial de la Ciudad de México”, el 5 de febrero de 2017 en “la Ciudad de México”.

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Cuando los correctores de la lengua se equivocan

La publicación de un reciente libro (México bizarro, 2017), de Alejandro Rosas y Julio Patán, ha puesto el tema de la bizarría sobre la mesa. Hay quienes creen que, de acuerdo con el significado que le dan los autores a este adjetivo, están cometiendo un disparate. Sin embargo, no pocas veces los voluntarios (y a veces voluntariosos) correctores de la lengua también se equivocan, porque su equivocación parte del yerro de origen de una academia de la lengua (la Real Academia Española) cuyo Diccionario está lleno de barbaridades, como lo he mostrado en mis libros Pelos en la lengua (2013) y El libro de los disparates (2016). En la lengua, al igual que en otras muchas cosas, lo importante no es tener razón, sino ser razonables.

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Los universitarios y El libro vaquero

Con motivo de la nueva edición, definitiva, de mi libro ¿Qué leen los que no leen? (Editorial Océano, 2017), me han hecho varias entrevistas, y una de ellas, muy incisiva, fue la del programa “Primer Movimiento” de Radio UNAM. Explico esto porque, ahora en Campus, retomo uno de los temas abordados en esa conversación. Cuando me referí a Jaime Rodríguez Calderón, “El Bronco”, gobernador de Nuevo León (quien ahora quiere ser Presidente de México), mencioné el hecho vergonzoso de que, en su caso, haya pasado por la universidad, por la educación superior (es agrónomo por la UANL), y que, pese a ello, su lectura favorita, pregonada por él mismo, sea el cómic El Libro Vaquero. Se enorgulleció de ello cuando era candidato y luego lo reiteró en la 29 Feria Internacional del Libro de Monterrey ya como gobernador.

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Nuevamente, ¿Qué leen los que no leen?

En estos días ha comenzado a circular la edición definitiva (corregida y aumentada) de uno de mis libros que mayor felicidad me ha deparado en la conversación y la discusión cultural con los lectores. Se trata de la séptima edición de ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017), volumen que apareció por vez primera hace ya casi tres lustros. Es un libro que, desde su epígrafe, que tomé prestado al indispensable Gabriel Zaid, plantea el diálogo y admite el debate:
“¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: yo solo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero, ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.”

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Pensar y dudar en la escuela

Max Black, citado por Harry G. Frankfurt en On Bullshit: Sobre la manipulación de la verdad (Paidós, 2006), define la paparrucha como la tergiversación engañosa próxima a la mentira, especialmente mediante palabras o acciones pretenciosas, de las ideas, los sentimientos o las actitudes de alguien. Pocas definiciones como ésta son tan apropiadas para referirnos al humo que venden muchos “expertos” charlatanes y que suelen consumir los sistemas en el mundo a partir de la entronización de la tecnocracia.
La célebre frase latina Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo) que resume la filosofía de René Descartes tiene antecedentes en Cicerón (Vivere est cogitare: vivir es pensar). Pero ni siquiera esta frase, aparentemente tan firme y tan precisa en su interpretación (existo, puesto que pienso) es incontrovertible, pues José Ortega y Gasset, ni más ni menos, la puso en duda: “La verdad —escribió— es que no existo porque pienso sino al contrario, pienso porque existo, porque la vida me plantea crudos problemas inexorables”.
Ortega y Gasset nos enseña, como nos lo debe enseñar todo buen filósofo, que ninguna afirmación es definitiva e irrebatible por muy notable que sea la autoridad intelectual que la haya establecido, y que lo importante del pensamiento es la reflexión, la duda y la desconfianza para que comprendamos mejor. En su Leviatán, Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, casi contemporáneo de Descartes, parece que remeda al autor del Cogito, ergo sum, cuando dice Primum vivere, deinde philosophare (primero vivir, después filosofar).

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