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Fabulaciones (141)

El mayor riesgo del libro es la banalidad

En relación con la gran literatura, con muy buenas razones, Antón Chéjov pronosticó lo siguiente en 1900: “¡Cuando Tolstói muera todo se irá al cuerno!”. Y explicó: “Cuando la literatura tiene a Tolstói, es muy sencillo y agradable ser escritor; incluso resulta menos terrible reconocer que no has hecho nada y nunca lo harás, ya que Tolstói lo hace por todos. Su actividad justifica las esperanzas y aspiraciones que se ponen en la literatura. [...] Tolstói se mantiene firme, tiene una autoridad enorme y, mientras viva, el mal gusto literario, cualquier trivialidad, impertinente y lacrimógena, cualquier amor propio áspero y enfurecido estarán lejos y recluidos. Sólo su autoridad moral es capaz de mantener a cierta altura las así llamadas tendencias y estilos literarios. Sin él, sería un rebaño sin pastor o un embrollo muy difícil de deshacer”. Da tristeza saber que, ni siquiera en esto, se equivocó Chéjov.

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La cultura en la Cuarta Transfiguración

Con el arribo de López Obrador al poder, sus colaboradores (mimetizados con el transfigurado y revelado “como un personaje místico, un cruzado, un iluminado, un auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria”: Muñoz Ledo dixit), compiten entre ellos para ver quién lo merece más y quién descubre mejor el agua tibia. Rotundos, seguros de sí, transfigurados también, como el propio Muñoz Ledo y otros más que han participado y se han beneficiado de partidos, gobiernos y regímenes de los que hoy abjuran como si nunca hubieran estado ahí, pero ¿no fue este mismo Porfirio el lisonjero que aduló “el valor moral y la lucidez histórica” del presidente Gustavo Díaz Ordaz, poco después de la matanza de estudiantes en 1968? (No es pregunta retórica; es confirmación histórica.)

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Evocación de Jorge Medina Viedas

Jorge Medina Viedas (1945-2018), fundador y animador de Campus, falleció la noche del pasado 28 de noviembre, en vísperas de la aparición del número 781 de este suplemento universitario con el cual celebramos dieciséis años de publicación ininterrumpida. Ya no lo vio impreso, pero su espíritu y su vocación de libertad están presentes en este hebdomadario cuyo propósito fue siempre la reflexión sobre la educación y sus retos y problemas en un país urgido no de escolarización, sino de educación.
Tuve la fortuna de compartir el último tramo de la vida de Jorge, y me sentí honrado de que, con trece años él más que yo, me considerase su amigo: Alguien con quien conversé no sólo sobre educación superior y periodismo, sobre política y vida social, sino también, y yo diría que especialmente, sobre literatura, pues fue un lector entusiasta y empedernido de esos que ya casi no hay porque la mayoría de las personas (incluso viejas) han cambiado la lectura de libros por la escritura de curiosidades y puerilidades en redes sociales.

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¿Constitución moral?

No hay cosa que pueda llamarse “Constitución moral” si ya existe la Constitución que es la “ley fundamental de un Estado, con rango superior al resto de las leyes, que define el régimen de los derechos y libertades de los ciudadanos y delimita los poderes e instituciones de la organización política”, tal como la define el diccionario de la lengua española. El Estado y el gobierno nada tienen que hacer en la soberanía del individuo. Una determinada moral, establecida por el poder político, llevaría a hacer realidad la distopía que George Orwell presenta en su novela 1984: El gobierno totalitario fuerza la voluntad del ciudadano hacia un pensamiento único; el Gran Hermano vigila y castiga, con sus Ministerios de la Verdad, del Amor y de la Paz, y con su Policía del Pensamiento. Conocemos el desenlace.

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Lectoescritura y redes sociales

Nos hemos acostumbrado a hablar de “red” y “redes sociales”, refiriéndonos siempre a la informática, a internet, a las tecnologías de información y comunicación, a tal grado que se nos olvida que las “redes sociales” ya estaban en nuestro mundo muchísimo antes de la llegada de internet, la llamada “red de redes” que no es otra cosa que el acrónimo de la International Network of Computers que designa a la red informática mundial formada por la conexión entre computadoras mediante un protocolo de comunicación.

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John Stuart Mill, mirones profesionales y prensa fifí

Para Gabriel Zaid; sin clamor popular

John Stuart Mill y la libertad de pensamiento
La crítica jamás le ha gustado al poder, independientemente del signo ideológico que tenga dicho poder. Ya sea de centro, de derecha o de izquierda, el poder identifica a la crítica con el ataque; la discrepancia, con el desacato a su autoridad. De hecho, en la política, la crítica no le gusta a nadie (¡pero menos aún al poder!) en tanto no la tenga a su servicio convertida en turiferaria, con lo cual deja de ser crítica para convertirse en adulación.

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José Vasconcelos en Piedras Negras

Hace unos días estuve en Sabinas, Coahuila, y pasé por Piedras Negras. Mien-tras viajaba, de Piedras Negras a Sabinas, recordé las apasionadas impresiones del impar José Vasconcelos (1882-1959) en las primeras páginas del Ulises criollo (1936). El niño José Vasconcelos vivió en Piedras Negras y estudió en Eagle Pass, Texas, Estados Unidos, entre 1888 y 1895, cuando su padre trabajó allá como empleado aduanal y con él se trasladó toda la familia.
José Joaquín Blanco, en Se llamaba Vasconcelos: Una evocación crítica (1977), escribe: “En 1888 la familia se trasladó de Sásabe [en Sonora] a Piedras Negras, un poblado mayor. Ahí prosperó rápidamente por los porcentajes que el padre ganaba sobre las multas al contrabando y los privilegios de zona libre de comercio internacional”. Y explica: “El puesto fronterizo mexicano en que trabajó su padre y residió su familia se convirtió para él en un símbolo obsesivo de la patria: un bastión pequeño e improvisado como única civilización en mitad del desierto”.

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Anecdotario epigramático

Nunca he llevado propiamente un diario, pero sí, a lo largo de los años, muchas libretas en las que anoto cosas leídas y vividas que, algunas veces, se transforman en textos más elaborados, pero que, otras tantas, se quedan en fragmentos. Ya publiqué, de hecho, en 2010, un tomito con esas menudencias, bajo el título explicativo Fragmentario parcial: Trazos de un diario trunco/ Parte de vida/ Casi aforismos (México, Ediciones del Ermitaño). Fragmentario parcial, porque no es total, sino tan solo una muestra de 160 brevedades. Mis libretas siguen recibiendo, en aluvión, esos sedimentos. Pedacería de espejo llamó a las suyas el gran Ricardo Garibay. Y esto es, exactamente: pedacería del reflejo de lo que somos. Como los cuadernos se llenan con textos que no irán más allá, de vez en cuando rescato algunos que pueden compartirse con los lectores. Es el caso de los siguientes.

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Porras, porros, porrismo y violencia porril

El Diccionario de mexicanismos (Siglo XXI, 2010), de la Academia Mexicana de la Lengua (AML), tan laxo, tan guango, tan lleno de vocablos muy distantes de ser mexicanismos, no incluye en sus páginas el adjetivo y sustantivo “porro”, éste sí mexicanismo sin duda, cuyo exacto significado registra incluso la Wikipedia y, con algo de inexactitud, el Clave: Diccionario de uso del español actual. En éste leemos: “porro. coloquial. En zonas del español meridional, persona a la que se paga para provocar un desorden público”. Y hasta pone un ejemplo: Los porros golpearon a varios estudiantes en el mitin, pero en el noticiero no lo dijeron. La definición es correcta, pero el origen y el uso más extendido de esta voz no se dan “en zonas del español meridional” (¿en Andalucía, en Sudamérica?), sino en México.

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El 68: impunidad, poesía y memoria

Hace unos meses, en una entrevista (El Universal, Teresa Moreno y Pedro Villa y Caña, 03-04-2018), uno de los más destacados líderes del movimiento estudiantil de 1968, integrante del Consejo Nacional de Huelga, víctima de represión y encarcelamiento luego de la masacre del 2 de octubre, Gilberto Guevara Niebla, dijo lo siguiente acerca de los 50 años de este episodio histórico que se cumplen en estos días:
“Nunca ningún funcionario mexicano pidió perdón por el crimen que cometieron. Nunca, ni uno solo de los verdugos de Tlatelolco ha sido procesado, sentenciado o castigado. Fue un crimen brutal, descomunal el que se realizó con total impunidad. Por el contrario, los verdugos fueron premiados, ocuparon posiciones de privilegio dentro del Estado”.

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