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Fabulaciones (133)

Porras, porros, porrismo y violencia porril

El Diccionario de mexicanismos (Siglo XXI, 2010), de la Academia Mexicana de la Lengua (AML), tan laxo, tan guango, tan lleno de vocablos muy distantes de ser mexicanismos, no incluye en sus páginas el adjetivo y sustantivo “porro”, éste sí mexicanismo sin duda, cuyo exacto significado registra incluso la Wikipedia y, con algo de inexactitud, el Clave: Diccionario de uso del español actual. En éste leemos: “porro. coloquial. En zonas del español meridional, persona a la que se paga para provocar un desorden público”. Y hasta pone un ejemplo: Los porros golpearon a varios estudiantes en el mitin, pero en el noticiero no lo dijeron. La definición es correcta, pero el origen y el uso más extendido de esta voz no se dan “en zonas del español meridional” (¿en Andalucía, en Sudamérica?), sino en México.

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El 68: impunidad, poesía y memoria

Hace unos meses, en una entrevista (El Universal, Teresa Moreno y Pedro Villa y Caña, 03-04-2018), uno de los más destacados líderes del movimiento estudiantil de 1968, integrante del Consejo Nacional de Huelga, víctima de represión y encarcelamiento luego de la masacre del 2 de octubre, Gilberto Guevara Niebla, dijo lo siguiente acerca de los 50 años de este episodio histórico que se cumplen en estos días:
“Nunca ningún funcionario mexicano pidió perdón por el crimen que cometieron. Nunca, ni uno solo de los verdugos de Tlatelolco ha sido procesado, sentenciado o castigado. Fue un crimen brutal, descomunal el que se realizó con total impunidad. Por el contrario, los verdugos fueron premiados, ocuparon posiciones de privilegio dentro del Estado”.

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¿Nueva pedagogía o deseducación?

En El País Semanal (25/08/2018), Cristina Galindo, redactora de Economía del diario español El País, entrevista, con agudeza, a la hispanista y pedagoga sueca Inger Enkvist (1947), autora, entre otros libros, de La buena y la mala educación (2011) y Educación: Guía para perplejos (2014), quien no teme contradecir a los “expertos” que hoy afirman que la escuela tradicional ya no sirve y que, por lo mismo, hay que cambiar no únicamente los postulados de la pedagogía, sino también, y, sobre todo, las formas de enseñar y de aprender, la autoridad del maestro y hasta la disposición de los pupitres en el aula para hacer de la escuela un lugar más parecido a un sitio de holganza que a un ámbito escolar.

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La sociedad de los lectores muertos

Si el activismo denominado “promoción y fomento de la lectura” continúa con su escalada de banalidades y frivolidades, con la superficialidad y la ñoñez como herramientas iniciáticas y con la futilidad que ya es habitual entre escritores y promotores, que no nos extrañe que muy pronto aparezcan, como novedades editoriales, los éxitos de librería ¡Quiúbole con la lectura! y ¡Qué pecs con los libros!, y no precisamente amparados con la firma del superventas Yordi Rosado, sino con el renombre deslumbrante, apantallador, de autores que hoy se consideran, ellos mismos al menos, infinitamente superiores a Rosado, aunque en realidad, a juzgar por lo que escriben, no den muestras de ello.

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Las tecnologías digitales son más contaminantes que el papel

Desde que surgió internet se difundió la mentira de que, mediante las tecnologías de información y comunicación (TIC), se beneficiaba al medioambiente porque, en lugar de tumbar árboles y arrasar bosques para hacer papel y publicar libros, las computadoras sustituirían, gracias a las pantallas, los viejos y rebasados sistemas de impresión, y, además, con energía limpia. Muchos lo creyeron, pero las tecnologías digitales no sólo no son más limpias que la tecnología del libro tradicional, sino que el papel es biodegradable en plazos muy cortos y, además, fácilmente reciclable.

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Por un retorno a la lectura salvaje

Mucha gente tiene la absurda creencia de que, en literatura, los comentarios y la interpretación sustituyen a la obra. En parte, esto es consecuencia de los estudios profesionales que han privilegiado la exégesis y la crítica en detrimento de los valores de la obra, y le han hecho creer, consciente o inconscientemente, al estudiante o al lector incipiente, e insipiente, que la interpretación es más importante que la obra misma. Italo Calvino, ya advertía sobre esto en Por qué leer los clásicos: “La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario”.

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El sarcasmo ante un mundo sin valores: Una entrevista recuperada con Sergio Pitol

Hace ya casi tres décadas, en febrero de 1989, tuve el privilegio de entrevistar al gran escritor mexicano Sergio Pitol (1933-2018), fallecido el 12 de abril del presente. En estos días que se le rinde, póstumamente, un más que merecido homenaje nacional, recupero dicha entrevista muy reveladora de su vocación y su ejercicio literario. Autor de libros de cuentos, ensayos y novelas de primer orden en la literatura de lengua española, sus obras fueron traducidas a múltiples idiomas, y mereció diversos reconocimientos nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Nacional de Letras, el Premio Internacional Juan Rulfo, el Premio Internacional Alfonso Reyes y el Premio Miguel de Cervantes, máximo galardón que se entrega a un escritor de lengua española. Fue también un traductor espléndido que divulgó en español a los mejores autores, en una colección ya emblemática de la Universidad Veracruzana (“Sergio Pitol Traductor”). Conversé con él cuando, después de varias décadas de vivir en el extranjero, retornó definitivamente a México. He aquí la entrevista.

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Gabriel Zaid: palabras y congruencia

Cuando uno termina de leer el libro Mil palabras (México, Debate, 2018), de Gabriel Zaid, y lo cierra, lo primero que hace es obedecer el deseo de volver a él: de regresar a las páginas marcadas, releer los argumentos esgrimidos, detenernos y disfrutar, otra vez, la excelencia de la prosa llena de giros de aguda ironía, el paladeo del idioma, la gracia del humor y la luminosa inteligencia.
Dan ganas de escribir un libro así, como el que se ha leído. Y esto es lo mejor que le puede pasar a un lector. Dan ganas, también, de decirle al primer lector que uno se encuentre que hay un nuevo libro de Zaid, que hay un reciente fruto de su inteligencia, para viejos y nuevos lectores que deseen realmente aprender en el ejercicio de la crítica, la experiencia del análisis y el placer de saber.

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Leer y estudiar son verbos diferentes

Cuando se habla de promover y fomentar la lectura, hay dos cosas que, asombrosamente, suelen perderse de vista: los conceptos mismos de promover y fomentar. Según define estos verbos María Moliner, promover es activar una acción o producir cierto suceso que lleva en sí agitación o movimiento, y fomentar es dar a una cosa calor natural o templado que la vivifique o anime: puede ser sinónimo de avivar (en el sentido de hacer más viva una cosa), pero también, y básicamente, de dar vida a algo. El ejemplo que pone Moliner es excelente: la gallina fomenta los huevos, es decir les da su calor, para que se desarrollen los embriones y eclosionen los polluelos.
No pocas veces he preguntado a personas que se dedican a promover y fomentar la lectura el significado de estas dos acciones, y no las saben definir del todo, o simplemente no las saben, porque, en general, se habla tanto de “promover y fomentar la lectura” (desde las burocracias y los programas educativos institucionales) que estos dos verbos han perdido incluso su significación y su peso: se han convertido en “objetivos” abstractos que, en los programas oficiales, corresponden a muy pálidas y desfiguradas “acciones”.
Si por princi

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Algo más de Las malas lenguas

Vuelvo al tema de Las malas lenguas (Océano, 2018), mi más reciente libro, y comparto con los lectores de Campus otras reflexiones incluidas en el pró-logo. Extensión y complemento de mis libros Pelos en la lengua (2013) y El libro de los disparates (2016), Las malas lenguas recoge cientos de tonterías ni más ni menos graves que las incluidas en esos volúmenes; simplemente se trata de otras que se agregan a la muy larga lista de atropellos al idioma.
Podemos decir con corrección, aunque también con malsonancia, que alguien “se apendejó”, pues el verbo “apendejarse” es pronominal que significa “desprevenirse” o “tornarse pendejo” (“tonto, estúpido”). Ejemplo: Me apendejé y perdí el tren. Pero no debemos decir, en cambio, que alguien “se alentó” porque se tornó lento, pues “alentar” es un verbo transitivo que significa “animar o infundir aliento a alguien o algo” y, en su uso pronominal (“alentarse”), “darse ánimo”. Nada tienen que ver “alentar” y “alentarse” con hacer las cosas con lentitud o hacerse lento alguien o algo, es decir “lentificar” o “ralentizar”, verbos transitivos que significan “imprimir lentitud a alguna operación o proceso, disminuir su velocidad”.

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