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Estación de paso

Estación de paso (100)

Tiranía de la contingencia: 500 palabras

…El sagrado instinto de no tener teorías…
    —Fernando Pessoa, Libro del desasosiego

Los desastres naturales son misteriosos, dolorosos, incomprensibles y sus efectos sociales, lo sabemos muy bien, devastadores. En México, lo ocurrido con los sismos de nuestro septiembre negro (el del 7 y el del 19), nos vuelven a confirmar la fragilidad del suelo bajo nuestros pies, la reiteración del riesgo y la destrucción como costumbres fatales, ancestrales, parte de nuestras señas de identidad.

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Sociología de la desigualdad (2)

Puede leer la primera entrega aquí.

Diversos estudios muestran cómo uno de los efecto simbólicos y prácticos del acceso a la educación superior es el desvanecimiento de las “marcas de clase” de estudiantes de origen social diverso, un efecto particularmente claro en el caso de las universidades públicas a raíz de su consolidación como modernas instituciones mesocráticas. El acceso a una carrera universitaria en espacios públicos permite a los individuos el ingreso a un espacio poli-clasista, habitado por jóvenes pertenecientes a diversos estratos sociales, que interactúan cotidianamente en campus universitarios donde aprenden rápidamente a formarse, de manera paralela, como adultos,  como ciudadanos y como profesionistas. Las experiencias de socialización académica son también trayectorias de socialización intelectual y política, y la experiencia universitaria suele ser, en un sentido amplio y profundo, una experiencia cultural, enriquecedora y formativa social e individualmente.

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Sociología de la desigualdad

Lo sabemos desde hace tiempo: las posibilidades de que los hijos de las familias mexicanas más pobres lleguen a cursar estudios universitarios son muy bajas. Si, además, esos niños y niñas nacen en el seno de familias indígenas que viven en condiciones de aislamiento geográfico,  que repiten una y otra vez las características de pobreza alimentaria, patrimonial y de ingreso durante generaciones enteras, las posibilidades son francamente remotas. La herencia negra de la desigualdad es justamente esa: la pobreza crónica de millones de familias urbanas y rurales mexicanas coloca a las nuevas generaciones en condiciones de muy difícil acceso a los beneficios teóricos y prácticos que proporciona la educación superior: estatus, ingreso, movilidad social ascendente, mejores condiciones de adaptación a entornos laborales inestables, mayores posibilidades de compartir los costos y beneficios de la participación política y el desarrollo social.

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Groucho Marx: El humor como recurso civilizatorio

Hace unos días (el 19 de agosto) se cumplieron 40 años de la muerte de uno de los íconos culturales estdunidenses del siglo XX: Groucho Marx.
Siendo, literalmente, un hombre de extremos (nació en Nueva York en 1890 y murió en Los Ángeles en 1977), la trayectoria del más famoso de los hermanos Marx  representa como pocas la combinación de inteligencia y curiosidad con el humor y el sentido común. A través de sus películas, del teatro, de la radio, pero también de los periódicos, las revistas y los libros, el humor excepcional de Groucho —así hay que llamarlo para diferenciarlo del viejo Karl— es una luz en las sombras de la sobre-ideologización de lo cotidiano que invadió la radicalización de la vida política norteamericana antes, durante y después de la guerra fría, una voz sarcástica frente la moralina religiosa y el imperio del cálculo egoísta de capitalismo americano, y un llamado a la prudencia y el realismo frente los horrores de las dos grandes guerras mundiales y de la devastadora crisis económica que les unió en la década de los veinte.

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Universidad y trabajo: vidas cruzadas

Las relaciones entre escuela y trabajo se pue-den resumir en una afirmación general: ambas actividades educan a los individuos. La escuela, desde la básica hasta la universitaria, educa a través de la formación de habilidades, destrezas, el acceso a los conocimientos, la formación de hábitos de aprendizaje donde el pensamiento complejo encuentra algunas de las herramientas necesarias para el desarrollo cognitivo de los individuos. Pero el trabajo, la experiencia laboral, sobre todo durante los años de la juventud universitaria, también educa al proporcionar disciplina, capacidad de aprendizaje en entornos inestables, adaptación de los individuos a rutinas y ritmos de trabajo, pero también para enfrentar incertidumbres y desafíos específicos.

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Educación superior: el mapa y el territorio/ II

En la anterior colaboración se propuso que la educación superior contemporánea en México es un territorio que requiere de cartógrafos hábiles en la elaboración de brújulas y mapas. Es un ejercicio siempre útil para identificar problemas, causalidades y alternativas de posibles intervenciones institucionales, públicas o privadas. Luego de revisar el tema del financiamiento, es necesario contextualizar ese punto en el contexto de los otros tres temas cardinales del mapa imaginario de la educación superior: gobierno, autonomía y calidad.

Gobierno. Uno de los puntos permanentemente aludidos pero sistemáticamente eludidos de la discusión sobre la coordinación de las acciones y políticas de la educación superior mexicana es el tema del gobierno del sistema. La gobernabilidad y la gobernanza de las IES  son las dos dimensiones principales del tema general Es decir, por una lado, como evitar “que todos los actores se pongan bravos al mismo tiempo”, como se puede definir en términos coloquiales el concepto de gobernabilidad; por el otro, como identificar objetivos, estrategias y acciones comunes que permitan articular un sistema que, en términos estrictos, no existe, sino que es un conglomerado confuso de instituciones y establecimientos cuyas algunas partes están más o menos coordinadas que otras.

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Educación superior: El mapa y el territorio

El inminente inicio de las campañas electorales del 2018 en nuestro país significa la vuelta al primer plano de una etapa de rituales que culminará, si todo sale bien, en la elección de un nuevo presidente y quizá de un nuevo oficialismo político a partir del 1 de diciembre del próximo año. En esa  movilización rutinaria  de partidos, grupos políticos formales y fácticos, medios y ciudadanos, organizaciones sociales y militantes de las más diversas causas, se configurarán agendas,  se promoverán intereses, se prometerán ilusiones y se ofrecerán compromisos sobre (casi) cualquier cosa. Las ocurrencias y los arrebatos retóricos, la demagogia y los buenos deseos, las inefables estupideces y, quizá, algunas ideas interesantes, se constituirán como el ruido de fondo de campañas de partidos y candidatos.  La educación en general, y la superior en particular, se constituirán como arenas de debate que perfilarán propuestas y programas para el período 2018-2024.

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Libertad académica y legitimidad política: La batalla de Budapest

La veloz expansión de la educación superior privada en el mundo ha revivido polémicas viejas con anteojos nuevos. La dicotomía público-privado, que usualmente se asociaba a la dicotomía mayor Estado-Mercado, se desvaneció aceleradamente en el curso de las reformas estatales y de los mercados desde finales del siglo pasado. Hoy, muchas universidades privadas cumplen funciones públicas y no pocas universidades públicas se comportan como si fueran privadas  La dicotomía se ha vuelto un continuum, en donde la posición en el eje público-privado es una cuestión de grado, no una posición fija e invariable en uno u otro extremo.

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Cofrecillos de dos llaves

En el origen de las universidades está la disputa por los reconocimientos y los privilegios asociados al prestigio y a las relaciones de poder de unos sobre otros. Títulos y diplomas, sellos y borlas, togas y birretes, simbolizan el acceso de ciertos individuos a los secretos del saber universitario.  
Por ello, hoy como ayer,  concluir estudios universitarios es motivo de una celebración, de una fiesta compartida entre los egresados universitarios y sus amigos y familiares. La obtención de un título es el símbolo de un trofeo de poder (una licencia para ejercer una profesión), fruto de las oportunidades sociales y de los méritos individuales, la construcción de un estatus que puede y debe ser exhibido y compartido, un ritual que mezcla costumbres arraigadas y “tradiciones inventadas”, como les llamaba Hobsbawn.

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Olor a establo

Flota la impresión de que, hasta no hace mucho tiempo,  la política era un asunto de profesionales. Difícilmente ingresaban a la política abierta y militante aquellos cuyos intereses vitales, intelectuales o laborales, estaban situados en otros horizontes, actividades o espacios. La constitución de una “clase política” dedicada de manera casi exclusiva a vivir del ejercicio del gobierno y de la gestión de la incertidumbre y los conflictos  es un dato histórico. Sin embargo, la modernización de la actividad a partir de la existencia de instituciones públicas, ideologías y partidos es producto del prolongado siglo XX, con sus revoluciones, sus utopías y distopías, sus democracias, autoritarismos y dictaduras.
Pero desde finales del siglo pasado experimentamos un acelerado proceso de desprofesionalización política en la vida social, no sabemos si como causa o como efecto del desvanecimiento de las estructuras de relaciones simbólicas y prácticas entre gobernantes y gobernados, para decirlo en lenguaje antiguo. La irrupción de empresarios, académicos, intelectuales, periodistas, comerciantes, actrices, actores o payasos (de oficio) en la vida política parece obedecer a un cambio lento, estructural y persistente en la naturaleza misma de la política y sus formas organizadas. Esa irrupción no es completamente nueva, pero parece haberse incrementado de manera significativa en los años de la transición y el cambio político del autoritarismo  a lo que sea que hoy tenemos.  El combustible de la desconfianza en la política y en los políticos tradicionales (con sus escándalos de corrupción, ineficiencia y abusos) parece alimentar de lejos ese fenómeno de desprofesionalización. Sus resultados son más o menos evidentes: el imperio de  los políticos-amateurs ha llegado para sustituir al antiguo reino de los políticos-profesionales.
La profesionalización política es, o era, producto de un lento proceso de socialización política, de acumulación de aprendizajes y experiencias individuales y colectivas. Un político profesional no suele ni solía ser aquel que estudió la ciencia política o la filosofía política, aunque no pocos de los motivos que expresan los estudiantes que hoy deciden inscribirse a esas carreras universitarias tienen que ver con la (ingenua) posibilidad de que, conociendo las teorías o los métodos de las ciencias políticas y del gobierno, se puedan construir trayectorias profesionales justamente en el campo político.  
En realidad, la formación política exige más conocimiento surgido de las experiencias vitales en la gestión de conflictos que del conocimiento académico de la política como fenómeno social. Son legendarios los casos donde filósofos o politólogos brillantes suelen ser pésimos políticos. Igualmente, son probados los casos donde ex líderes sindicales, campesinos o estudiantiles, caudillos carismáticos o caciques de pueblo con pocos o nulos niveles de escolarización suelen acabar siendo buenos políticos profesionales. Hay por supuesto distintas combinaciones y tipos de políticos: el político ilustrado y sofisticado, el político bravucón e ignorante, el político oportunista, el corrupto, el pragmático, el ingenuo, el honesto, el utópico, el mesiánico.
Pero tanto profesionales como amateurs alimentan la ilusión del cambio, de la prosperidad, del bienestar, de que representan mejor que nadie las aspiraciones y expectativas de los ciudadanos. Muchos se asumen como prestadores de un servicio cuasi-filantrópico a la comunidad, como “facilitadores” entre ciudadanos y gobierno para resolver problemas, derechos y demandas. Pero los profesionales de todos los tiempos suelen distinguir con alguna claridad a la política (sus valores, sus mecanismos, sus reglas, sus prácticas) como el espacio de lo posible, no como el reino de lo deseable. Los amateurs, por el contrario, suelen navegar con las banderas coloridas del voluntarismo como instrumento de construcción de lo deseable, con la retórica de la pureza volitiva como mecanismo casi único y exclusivo de transformación social.    

El estorbo de la política
Por ello, los políticos alemanes de la posguerra solían asociar los procesos de socialización política al “olor a establo” de sus correligionarios para distinguirlos de los oportunistas y arribistas que nunca faltan. El olor como filtro y mecanismo de distinción, como frontera simbólica que aseguraba la cohesión y  la confianza de las organizaciones políticas. Hoy, la crisis de representación de partidos y políticos profesionales ha cambiado la regla y de lo que se trata es de desinfectar cualquier olor a establo de los espacios políticos. La política ha dejado de ser un oficio para convertirse en un estorbo. Nadie quiere asumirse como político sino como ciudadano. La “ciudadanización” del poder político, (el “empoderamiento” ciudadano)  es el discurso emblemático de una ilusión que vende bien desde hace tiempo, una caracterización que aleja el olor añejo y rancio (para muchos, nauseabundo) de la política profesional-tradicional, para dar paso a la política-amateur noble, pura y bienintencionada. El viejo y buen Maquiavelo en el siglo XVI, o el acucioso observador que era Gaetano Mosca a finales del siglo XIX, sustituidos en el siglo XXI por los entusiastas promotores del marketing político, el arte de vender imágenes y frases de éxito,  la oferta de la búsqueda de la felicidad de los ciudadanos.
El problema, si lo hay, es  que amateurs o profesionales, los políticos son, como lo han sido siempre, una “minoría organizada”, como les denominaba Mosca. Como tal, los políticos conforman el núcleo dirigente de la “clase gobernante”, distinta de las “clases gobernadas”. En tal carácter, los políticos tienen que lidiar con burocracias, intereses y pasiones de otros políticos y muchos ciudadanos, con las dificultades prácticas de la separación de los poderes, el engorroso cumplimiento de leyes y reglamentos, el cumplimiento de acuerdos, el ejercicio cotidiano de protocolos y rituales, navegando siempre en las aguas turbias de la incertidumbre y bajo la determinación de las grandes fuerzas invisibles de las estructuras.
Pero hoy los gobernantes que se asumen como no-políticos intentan prescindir de partidos, ideologías y programas. Lo suyo no son las ideas sino las frases de toda ocasión, pescadas al vuelo en filosofías de farmacia. Rehuyen el debate, se mofan de la historia, se burlan de sus adversarios y antecesores. Creen estar inventando una nueva Historia, eficiente, diáfana, siempre coyuntural, superficial, simple, paradójicamente, anti-política. Es el tiempo de los nuevos ilusionistas.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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