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Héctor Martínez Rojas

México a través de sus publicaciones oficiales

Con las publicaciones oficiales podemos hablar de todo o bien, de casi todo. Filosofía, sí, Historia, por su puesto, deportes, investigación, ciencia, política, desarrollo, de todo. La biblioteca de Publicaciones Oficiales del Gobierno de la República (BPO), que fue presentada la semana pasada, tiene como misión reunir, clasificar y poner a disposición de la ciudadanía de manera abierta, accesible y gratuita, las obras realizadas por las diversas dependencias y entidades de la Administración Pública Federal (APF) mediante una biblioteca digital en línea y un acervo físico en las principales bibliotecas públicas del país.

Cultura y SEP impulsan talento musical

La Secretaría de Educación Pública (SEP), ahora cuenta con una Orquesta-Coro de música tradicional mexicana, donde cada quien hace armoniosamente lo que le corresponde. La orquesta es única en su tipo; busca generar cohesión social, impulsar desde temprana edad el talento de niños y niñas de hasta ahora 11 entidades. Con sólida experiencia, los maestros del Sistema Nacional de Fomento Musical de la Secretaría de Cultura (SC) seleccionaron de  15 comunidades a los integrantes de este gran proyecto.  
El pasado sábado 18 de noviembre en la Biblioteca Vasconcelos, la Orquesta-Coro de la SEP, cerró una gira de conciertos que incluyó a los estados de Morelos, donde por cierto esta orquesta se hospedó durante una semana en un campamento previo a la gira de conciertos que también se ofrecieron en Hidalgo, Estado de México y Ciudad de México.

Alfonso Reyes: Hombre universal

Uno busca comprender y, con un café en la mano, se puede leer atentamente: “ante las piedras, las flores, las aves y las estrellas, el hombre es el náufrago caído en el océano de la inteligencia” entonces nos entendemos, nos comunicamos, puente que migra la soledad hacia lo otro. Nuestro otro —en este caso— es el autor de “Plano oblicuo”, regiomontano universal, maestro de poetas, escritor sin tregua, compañero y cómplice del esplendor total del mundo.
Alfonso Reyes y yo, nos entendemos, el dice y yo crezco, no sin estremecerme: “Por una parte, el hombre ha hecho al habla; por otra, el habla ha hecho al hombre: dos agentes que se modelan el uno al otro. El que deseaba labrar una estatua hizo un cincel: el cincel lo hizo poco a poco escultor” (A.R. El Lenguaje). Aseveraciones como ésta, hicieron a Jaques Derrida, cumbre de la intelectualidad francesa en los años sesenta, para Alfonso Reyes —décadas atrás— es un párrafo más, entre uno de sus ensayos, titulado, “Nuestra Lengua”, párrafo que se encuentra en el apartado subtitulado, “generalidades”. ¡Que generalidad más bella! Sin embargo, de qué nos habla, entonces, nuestro poeta, dramaturgo, ensayista, diplomático, escritor. “¿Cuál es el campo de su autoridad? — se pregunta Gabriel Zaid— Escribe bien, pero de todo. No puede ser”.

Encuentros con el infinito

La cultura es un concepto abstracto, en un momento determinado o para un grupo especifico de personas puede ser entendida como el gusto, la atracción, ejercitarse en las bellas artes y en las humanidades; en las páginas de Campus hemos abordado distintas presentaciones, exposiciones y lecturas con respecto a esta vertiente, pero en esta ocasión, hablaremos de la cultura como ese conjunto de saberes, creencias y pautas de conducta que identifican y definen a una sociedad. Por la fecha tan señalada, adivinó usted lector querido: la muerte. Un tema apasionante y misterioso como la vida misma. “Las razones que tenemos para morir son las mismas razones que tenemos para vivir”, aseguraba Octavio Paz.
En México, después de la Conquista, los primeros dos días de noviembre los dedicamos al recuerdo de nuestros muertos, en épocas prehispánicas se hacia durante todo el mes de agosto. El tema de la muerte es inmanente al ser humano, de tal forma que, difícilmente alguna narrativa en cualquier parte del mundo puede escapar a él. Por ejemplo, en la serie creada por David Benioff y D. B. Weiss, Juego de Tronos, al negociar una alianza de guerra con un enemigo natural, en beneficio de la simple y llana supervivencia, el negociador, Jon Snow, apela con sus interlocutores y les expone: “yo no pido que olviden a sus muertos, yo jamás olvidaré a los míos”.
De una u otra forma, la muerte está en nuestra raíz y en nuestro destino. No por nada en la mitología de los pueblos prehispánicos, Quetzalcóatl va por la materia prima de los hombres (los huesos) al Mictlán, al reino de las sombras, al reino de la muerte, pero al mismo tiempo, el reino que genera nuestra especie. La muerte es un tema en la cultura universal, desde la “petite mort” de los franceses hasta “ensayar la muerte” de las culturas originarias; y no olvidemos que es sobre los muertos que descansa no sólo nuestra patria, sino todas las naciones.
 En el imaginario mexicano, se dio un paso del dios Mictlantecuhtli a “La Catrina”, que popularizó el ilustrador y caricaturista José Guadalupe Posada. Son flores nuestros cuerpos, solo un poco aquí en esta tierra, venimos de paso, soñamos, pero en la muerte encontraremos la vida plena, está vida más que destino es tránsito, son las ideas de los cantares del México ancestral. Ahora, en las universidades, en las Secretarías, en las empresas, en los hogares se rinde culto al recuerdo de lo que sembramos en nuestro paso por el mundo. Todos tenemos muertos, algunos entrañables, es a través de ellos que nos encontramos con el infinito.  
 
La muerte y el hombre de conocimiento
Hace trescientos veinte millones de años éramos pronóstico, hoy lindamos con ser recuerdo. Y eso el hombre lo sabe, no es casualidad que las civilizaciones antiguas se hayan ocupado tanto de la muerte. Tal es el caso del linaje Tolteca que se describe en la saga “Las enseñanzas de don Juan”, para quien “la idea de la muerte es lo único que templa nuestro espíritu”.  De tal modo que, entre el día de hoy y el instante de nuestra muerte, con nuestros doscientos seis huesos habremos de andar por la vida, en un mundo cuyo rumbo ha dejado de ser promisorio y marcha firme hacia la incertidumbre oscura; sin embargo, el provisional andar de nuestros pasos, es lo que puede construir el camino, si aún así vamos a morir, qué más da, pensemos en utopías.
En el mundo de don Juan —ese indio yaqui—, la muerte más que temerle, se le toma como la mejor de las consejeras, de tal suerte que: no hay decisiones pequeñas ni grandes, todo son decisiones de cara a nuestra muerte: “la idea de la muerte es lo único que templa nuestro espíritu”, asegura don Juan. El paralelismo bíblico es evidente, no somos más ni menos que cualquier otro ser viviente, el viento nos es común, la muerte nos iguala.
“Todos caminan hacia una misma meta;
Todos han salido del polvo
Y todos vuelven al polvo”.
 Se lee en Eclesiastés 3:20, pero en nuestros poetas, como en el tabasqueño José Gorostiza, encontramos también la sublime metafísica del verbo encarnado en…
…este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva,
¡oh Dios! que te está matando
en tus hechuras estrictas,
en las rosas y en las piedras,
en las estrellas ariscas
y en la carne que se gasta
como una hoguera encendida,
por el canto, por el sueño,
por el color de la vista.
 “Esa sacudida (que plantea Gorostiza en su poema Muerte sin fin), ese impacto de la belleza, es el acecho”, asegura don Juan y es que el hombre de conocimiento tiene herramientas como el acecho, pero es un tema que quizá abordemos en otra ocasión. Como dice La Martiniana: No me llores, no / Porque si lloras yo peno / En cambio si tu me cantas / Yo siempre vivo / Y nunca muero.
 
La muerte y la semilla
 El reino de los cielos es semejante a una semilla de mostaza, es la enseñanza; para nacer hay que morir. Sólo un poco aquí, sólo un poco. La idea de observar detenidamente los ojos vertiginosos de la muerte es —en esencia— para abrazar apasionadamente la vida y dejar atrás la idea con la que andamos casi todo el tiempo, al postergar abrazos, aplazar encuentros y sonrisas, como si tuviéramos la firme convicción de que somos inmortales, que tenemos la vida comprada y siempre tendremos tiempo para hacer aquello que dejamos para después. Recordemos a nuestros difuntos, abracemos a nuestros seres vivos y queridos.  

Héctor Martínez Rojas

Periodista

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