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Jorge Medina Viedas

Javier Barros Sierra: el rector de la autonomía y la dignidad universitaria

El ingeniero Javier Barros Sierra, rector de la UNAM, durante el movimiento de 1968, correspondió con hombría inteligente, dignidad académica y responsabilidad ciudadana, a los retos de aquel crucial momento de la historia de México.
En los meses del verano de 1968, ninguna figura pública fue exigida  tan gravemente y en condiciones de adversidad   política como el rector de la UNAM.
Son los grandes retos los que prueban al hombre: el injustificado y criminal bazucazo  contra la puerta de la Preparatoria de San Ildefonso el 30 de julio, donde grupos de estudiantes y profesores perseguidos por los granaderos de la policía capitalina habían encontrado refugio durante las refriegas que desde el 26 de julio habían invadido el barrio universitario, fue uno de los  momentos decisivos en la vida del descendiente del fundador de la moderna Universidad Nacional de México, don Justo Sierra.

Amarillismo y rencor oficial contra el 68: Gilberto Guevara Niebla

La generación de 1968 cambió el destino de México que parecía navegar apaciblemente, eternamente, hacia un régimen autoritario. Las élites pregonaban ese deseo. No escuchaban a quienes pensaban lo contrario, menos dialogaban con ellos. Los estudiantes de esa generación les hicieron ver lo equivocados que estaban. Pero los tardovictoriosos desafiantes pagaron un costo muy alto sometidos a una de las más brutales represiones sufridas en México por grupo social alguno. Y 50 años después lo siguen resintiendo.
Gilberto Ramón Guevara Niebla, uno de los principales protagonistas de aquella epopeya de la juventud mexicana, narra descarnadamente una parte fundamental de esa historia macbethiana que muchos vivieron y que otros siguen sufriendo.

Sobre el Justo Sierra

Hay miriadas de momentos que recordar del auditorio Justo Sierra. Momentos memorables, seguro. El breve pero acuciante reportaje de Blanca Valadez en MILENIO Diario la semana pasada, me hizo recordar de nuevo la fatídica tarde del 10 de junio de 1971.
A esas horas calurosas del Distrito Federal, en el Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras no había un asiento vacío. Muchos jóvenes se acomodaron como pudieron en los pasillos. En medio del proscenio: una mesa sencilla, amplia, cubierta con  el manto azul y oro de la UNAM, la que flanqueaban Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Alvarado, Marco Antonio Montes de Oca, Víctor Flores Olea, y un estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

Hable, señor rector Graue

Sin desconocer que son lugar idóneo para el desarrollo de las ciencias y  los valores, las universidades han sido espacio ocasional para dogmáticos y para profetas del cambio, para desmesurados de todo tipo.
La UNAM, como ninguna otra, ha sufrido las vicisitudes de los que han querido destemplarla y llevarla de la gloria a las orillas del infierno. Por causa de seres delirantes, grupúsculos dementes, ha enfrentado momentos terribles. Su  naturaleza, su poder académico, su historia, la vuelven vigorosa  para constituir socialmente toda una experiencia que le da capacidad de resistir, de frenar a enemigos. En los años setenta y ochenta, se hablaba de ellos, “los enemigos”. Los había en el gobierno y en el púlpito.