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Juan Domingo Argüelles

Leer y estudiar son verbos diferentes

Cuando se habla de promover y fomentar la lectura, hay dos cosas que, asombrosamente, suelen perderse de vista: los conceptos mismos de promover y fomentar. Según define estos verbos María Moliner, promover es activar una acción o producir cierto suceso que lleva en sí agitación o movimiento, y fomentar es dar a una cosa calor natural o templado que la vivifique o anime: puede ser sinónimo de avivar (en el sentido de hacer más viva una cosa), pero también, y básicamente, de dar vida a algo. El ejemplo que pone Moliner es excelente: la gallina fomenta los huevos, es decir les da su calor, para que se desarrollen los embriones y eclosionen los polluelos.
No pocas veces he preguntado a personas que se dedican a promover y fomentar la lectura el significado de estas dos acciones, y no las saben definir del todo, o simplemente no las saben, porque, en general, se habla tanto de “promover y fomentar la lectura” (desde las burocracias y los programas educativos institucionales) que estos dos verbos han perdido incluso su significación y su peso: se han convertido en “objetivos” abstractos que, en los programas oficiales, corresponden a muy pálidas y desfiguradas “acciones”.
Si por princi

Historia local de la infamia

Desde hace mucho tiempo la desaparición de cientos (¿miles?) de jóvenes ha dejado de ser parte ocasional de la nota roja para asentarse como asunto cotidiano de las postales políticas y sociológicas de nuestra época. Son estampas de tiempos malditos, forjados lentamente bajo el clima ominoso de la crisis de violencia e inseguridad pública que parece haberse asentado en todo el país, donde el tema de las desapariciones se ha colocado en el centro de los reclamos, preocupaciones y ansiedades de muchas zonas de  nuestra vida pública. Nunca como hoy, los jóvenes desaparecidos, de Ayotzinapa a Guadalajara, pasando por los cientos de casos que  nunca aparecen o capturan poco la atención en los espacios mediáticos virtuales y tradicionales, se han convertido en uno de los puntos críticos de la abultada agenda de los déficits mexicanos contemporáneos.   

Algo más de Las malas lenguas

Vuelvo al tema de Las malas lenguas (Océano, 2018), mi más reciente libro, y comparto con los lectores de Campus otras reflexiones incluidas en el pró-logo. Extensión y complemento de mis libros Pelos en la lengua (2013) y El libro de los disparates (2016), Las malas lenguas recoge cientos de tonterías ni más ni menos graves que las incluidas en esos volúmenes; simplemente se trata de otras que se agregan a la muy larga lista de atropellos al idioma.
Podemos decir con corrección, aunque también con malsonancia, que alguien “se apendejó”, pues el verbo “apendejarse” es pronominal que significa “desprevenirse” o “tornarse pendejo” (“tonto, estúpido”). Ejemplo: Me apendejé y perdí el tren. Pero no debemos decir, en cambio, que alguien “se alentó” porque se tornó lento, pues “alentar” es un verbo transitivo que significa “animar o infundir aliento a alguien o algo” y, en su uso pronominal (“alentarse”), “darse ánimo”. Nada tienen que ver “alentar” y “alentarse” con hacer las cosas con lentitud o hacerse lento alguien o algo, es decir “lentificar” o “ralentizar”, verbos transitivos que significan “imprimir lentitud a alguna operación o proceso, disminuir su velocidad”.

Las malas lenguas destructoras del idioma

Hace un par de meses, el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, “alertó sobre la tentación de regresar hacia atrás”, tal como lo informó MILENIO(15 de febrero de 2018). “Regresar hacia atrás”. Así lo dijo, de manera literal, en la Cámara de Diputados, al inaugurar un foro sobre la “mejora regulatoria”. El funcionario mexicano, miembro del Partido Revolucionario Institucional, tiene estudios doctorales por la Universidad de Pensilvania, pero se nota que no suele consultar el diccionario de la lengua española. Si lo hiciese podría saber que el verbo intransitivo “regresar” significa “volver al lugar de donde se partió” y, siendo así, la expresión “regresar hacia atrás” es feísima redundancia, pues todo “regreso” es un “retroceso” y toda “regresión”, la “acción de ir hacia atrás”.