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Juan Domingo Argüelles

Cuando los correctores de la lengua se equivocan

La publicación de un reciente libro (México bizarro, 2017), de Alejandro Rosas y Julio Patán, ha puesto el tema de la bizarría sobre la mesa. Hay quienes creen que, de acuerdo con el significado que le dan los autores a este adjetivo, están cometiendo un disparate. Sin embargo, no pocas veces los voluntarios (y a veces voluntariosos) correctores de la lengua también se equivocan, porque su equivocación parte del yerro de origen de una academia de la lengua (la Real Academia Española) cuyo Diccionario está lleno de barbaridades, como lo he mostrado en mis libros Pelos en la lengua (2013) y El libro de los disparates (2016). En la lengua, al igual que en otras muchas cosas, lo importante no es tener razón, sino ser razonables.

Los universitarios y El libro vaquero

Con motivo de la nueva edición, definitiva, de mi libro ¿Qué leen los que no leen? (Editorial Océano, 2017), me han hecho varias entrevistas, y una de ellas, muy incisiva, fue la del programa “Primer Movimiento” de Radio UNAM. Explico esto porque, ahora en Campus, retomo uno de los temas abordados en esa conversación. Cuando me referí a Jaime Rodríguez Calderón, “El Bronco”, gobernador de Nuevo León (quien ahora quiere ser Presidente de México), mencioné el hecho vergonzoso de que, en su caso, haya pasado por la universidad, por la educación superior (es agrónomo por la UANL), y que, pese a ello, su lectura favorita, pregonada por él mismo, sea el cómic El Libro Vaquero. Se enorgulleció de ello cuando era candidato y luego lo reiteró en la 29 Feria Internacional del Libro de Monterrey ya como gobernador.

Nuevamente, ¿Qué leen los que no leen?

En estos días ha comenzado a circular la edición definitiva (corregida y aumentada) de uno de mis libros que mayor felicidad me ha deparado en la conversación y la discusión cultural con los lectores. Se trata de la séptima edición de ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017), volumen que apareció por vez primera hace ya casi tres lustros. Es un libro que, desde su epígrafe, que tomé prestado al indispensable Gabriel Zaid, plantea el diálogo y admite el debate:
“¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: yo solo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero, ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.”

Pensar y dudar en la escuela

Max Black, citado por Harry G. Frankfurt en On Bullshit: Sobre la manipulación de la verdad (Paidós, 2006), define la paparrucha como la tergiversación engañosa próxima a la mentira, especialmente mediante palabras o acciones pretenciosas, de las ideas, los sentimientos o las actitudes de alguien. Pocas definiciones como ésta son tan apropiadas para referirnos al humo que venden muchos “expertos” charlatanes y que suelen consumir los sistemas en el mundo a partir de la entronización de la tecnocracia.
La célebre frase latina Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo) que resume la filosofía de René Descartes tiene antecedentes en Cicerón (Vivere est cogitare: vivir es pensar). Pero ni siquiera esta frase, aparentemente tan firme y tan precisa en su interpretación (existo, puesto que pienso) es incontrovertible, pues José Ortega y Gasset, ni más ni menos, la puso en duda: “La verdad —escribió— es que no existo porque pienso sino al contrario, pienso porque existo, porque la vida me plantea crudos problemas inexorables”.
Ortega y Gasset nos enseña, como nos lo debe enseñar todo buen filósofo, que ninguna afirmación es definitiva e irrebatible por muy notable que sea la autoridad intelectual que la haya establecido, y que lo importante del pensamiento es la reflexión, la duda y la desconfianza para que comprendamos mejor. En su Leviatán, Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, casi contemporáneo de Descartes, parece que remeda al autor del Cogito, ergo sum, cuando dice Primum vivere, deinde philosophare (primero vivir, después filosofar).

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