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Juan Domingo Argüelles

Leer es un asunto personal

La lectura es una adquisición cultural y, por tanto, un aprendizaje social. Sin embargo, la experiencia lectora de cada cual no sólo es personal, sino íntima: un vicio solitario y, a decir de Valery Larbaud, impune. Lo cierto es que, en la lectura, todo es personal. Y el fracaso de las “cruzadas” de lectura, que insistentemente lleva a cabo el Estado, se debe a que acaba moralizando lo que, estrictamente, es una perdición íntima. “Leer hace buenas a las personas”, dicen, beatamente, quienes, desde el gobierno y sus instituciones, se asumen, obviamente, y con arrogancia, como modelos de bondad. ¡No tienen ni la más remota idea! A finales de 2018, el escritor y promotor Gerardo Segura, de Coahuila, me envió un cuestionario con algunas preguntas que le respondí por escrito, para un libro de entrevistas sobre el tema: Invitación a leer: Conversaciones con gente de libros (Gobierno del Estado de Coahuila), presentado hace unos días, el 4 de marzo, en la FIL Minería 2019. He aquí algunas de mis respuestas.

Otro sexenio, otro programa de lectura

1. Cada sexenio México se reinventa a partir de cero. Nada tiene continuidad. Las obras y programas duran seis años. En la promoción y el fomento de la lectura no es la excepción: se arrumba lo que hicieron otros, y se anuncia, con altavoces, la buena nueva de que ¡ahora sí llegaron los que saben y que están como hachas! El pasado 27 de enero, con tambora y entre ¡vivas!, en Mocorito, Sinaloa, se hizo la presentación del nuevo programa de lectura que ahora se denominó “Estrategia Nacional de Lectura”. De la estrategia (“arte de dirigir un asunto para lograr el objeto deseado”) se dijo muy poco o casi nada, pero se enunciaron los “tres ejes rectores” que tendrá la “Estrategia”: “1°. Quién y cómo lee; 2°. La disponibilidad de lo que puede leer, y 3°. El atractivo que se puede sentir por la lectura”. (Los enunciados son textuales.)

El opio de los intelectuales y la razón de Estado

1. Yerran quienes oponen, intelectualmente, a Octavio Paz y a José Revueltas, ambos de la misma generación (nacieron en 1914). Tenían visiones estéticas distintas, pero las mismas preocupaciones en relación con el poder, la ideología, las utopías y las incongruencias éticas y morales. En su libro Itinerario (FCE, 1993), Paz escribió:
“Nuestro siglo —y con el nuestro todos los siglos: nuestra historia entera— nos ha enfrentado a una cuestión que la razón moderna, desde el siglo XVIII, ha tratado inútilmente de esquivar. Esta cuestión es central y esencial: la presencia del mal entre los hombres. Una presencia ubicua, continua desde el principio del principio y que no depende de circunstancias externas sino de la intimidad humana. Salvo las religiones, ¿quién ha dicho algo que valga la pena sobre el mal? ¿Qué nos han dicho las filosofías y las ciencias? Para Platón y sus discípulos —también para San Agustín— el mal es la Nada, lo contrario del Ser. ¡Pero el planeta está lleno hasta los bordes de las obras y los actos de la Nada! Los diablos de Milton construyeron en un abrir y cerrar de ojos los maravillosos edificios del Pandemónium. ¿La nada es creadora? ¿La negación es hacedora? La crítica, que limpia las mentes de telarañas y que es el guía de la vida recta, ¿no es la hija de la negación? Es difícil responder a estas preguntas. No lo es decir que la sombra del mal mancha y anula todas las construcciones utópicas. El mal no es únicamente una noción metafísica o religiosa: es una realidad sensible, biológica, psicológica e histórica. El mal se toca, el mal duele”.

La cultura en la Cuarta Transfiguración

Con el arribo de López Obrador al poder, sus colaboradores (mimetizados con el transfigurado y revelado “como un personaje místico, un cruzado, un iluminado, un auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria”: Muñoz Ledo dixit), compiten entre ellos para ver quién lo merece más y quién descubre mejor el agua tibia. Rotundos, seguros de sí, transfigurados también, como el propio Muñoz Ledo y otros más que han participado y se han beneficiado de partidos, gobiernos y regímenes de los que hoy abjuran como si nunca hubieran estado ahí, pero ¿no fue este mismo Porfirio el lisonjero que aduló “el valor moral y la lucidez histórica” del presidente Gustavo Díaz Ordaz, poco después de la matanza de estudiantes en 1968? (No es pregunta retórica; es confirmación histórica.)