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Juan Domingo Argüelles

La cultura en la Cuarta Transfiguración

Con el arribo de López Obrador al poder, sus colaboradores (mimetizados con el transfigurado y revelado “como un personaje místico, un cruzado, un iluminado, un auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria”: Muñoz Ledo dixit), compiten entre ellos para ver quién lo merece más y quién descubre mejor el agua tibia. Rotundos, seguros de sí, transfigurados también, como el propio Muñoz Ledo y otros más que han participado y se han beneficiado de partidos, gobiernos y regímenes de los que hoy abjuran como si nunca hubieran estado ahí, pero ¿no fue este mismo Porfirio el lisonjero que aduló “el valor moral y la lucidez histórica” del presidente Gustavo Díaz Ordaz, poco después de la matanza de estudiantes en 1968? (No es pregunta retórica; es confirmación histórica.)

Evocación de Jorge Medina Viedas

Jorge Medina Viedas (1945-2018), fundador y animador de Campus, falleció la noche del pasado 28 de noviembre, en vísperas de la aparición del número 781 de este suplemento universitario con el cual celebramos dieciséis años de publicación ininterrumpida. Ya no lo vio impreso, pero su espíritu y su vocación de libertad están presentes en este hebdomadario cuyo propósito fue siempre la reflexión sobre la educación y sus retos y problemas en un país urgido no de escolarización, sino de educación.
Tuve la fortuna de compartir el último tramo de la vida de Jorge, y me sentí honrado de que, con trece años él más que yo, me considerase su amigo: Alguien con quien conversé no sólo sobre educación superior y periodismo, sobre política y vida social, sino también, y yo diría que especialmente, sobre literatura, pues fue un lector entusiasta y empedernido de esos que ya casi no hay porque la mayoría de las personas (incluso viejas) han cambiado la lectura de libros por la escritura de curiosidades y puerilidades en redes sociales.

¿Constitución moral?

No hay cosa que pueda llamarse “Constitución moral” si ya existe la Constitución que es la “ley fundamental de un Estado, con rango superior al resto de las leyes, que define el régimen de los derechos y libertades de los ciudadanos y delimita los poderes e instituciones de la organización política”, tal como la define el diccionario de la lengua española. El Estado y el gobierno nada tienen que hacer en la soberanía del individuo. Una determinada moral, establecida por el poder político, llevaría a hacer realidad la distopía que George Orwell presenta en su novela 1984: El gobierno totalitario fuerza la voluntad del ciudadano hacia un pensamiento único; el Gran Hermano vigila y castiga, con sus Ministerios de la Verdad, del Amor y de la Paz, y con su Policía del Pensamiento. Conocemos el desenlace.

John Stuart Mill, mirones profesionales y prensa fifí

Para Gabriel Zaid; sin clamor popular

John Stuart Mill y la libertad de pensamiento
La crítica jamás le ha gustado al poder, independientemente del signo ideológico que tenga dicho poder. Ya sea de centro, de derecha o de izquierda, el poder identifica a la crítica con el ataque; la discrepancia, con el desacato a su autoridad. De hecho, en la política, la crítica no le gusta a nadie (¡pero menos aún al poder!) en tanto no la tenga a su servicio convertida en turiferaria, con lo cual deja de ser crítica para convertirse en adulación.